Stéphane Hessel, el indignante

Su opúsculo “Indignez-vous” (Indignaos) está en el origen de los actuales movimientos de indignación social, acordes con una sociedad ultramediática, generadora y dependiente de noticias espectaculares y someras a la vez -condiciones ambas necesarias- y que tengan un impacto globalizante y globalizador, condición esta suficiente de por sí.

Stéphane Hessel denuncia cómo los grandes principios democráticos que brillaron tras la derrota de los totalitarismos fascistas (que no del comunista) y cuya máxima expresión se culminó con la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la que él mismo, como tanto gusta de recordar -y tiene motivos para sentirse orgulloso- tomó parte, se han ido desvirtuando progresivamente en una sociedad que ha ido sancionando, de facto y de espaldas a sus propios principios y proclamas retóricas, la desigualdad y la injusticia sociales. Hessel habla y analiza, con bastante liviandad por otra parte, desde una perspectiva humanista, cargada de buenas intenciones. Hasta aquí sus virtudes.

Pasando a los defectos, digamos que su visión es bastante simplista y su discurso, carente de unidad y de auténtica coherencia, se muestra falto de una auténtica visión de conjunto o de sentido de la historia. A este respecto su volátil explicación de Hegel y del progreso es menos que escolar, menos que de Telediario. Otro tanto ocurre con la explicación de su supuesta contrapartida, cifrada por él en Walter Benjamin: pobre y casi estrambótica, con un dibujo de Paul Klee de por medio, traído por los pelos.

Peor que todo ello es que de sus líneas emana un optimismo natural que recuerda demasiado al “optimismo antropológico”, insustancial y fantasmagórico, que bien conocemos por estos pagos.

Stéphane Hessel es indignante. Doblemente. En primer lugar porque su opúsculo ha creado indignados, esto es personas que muestran su indignación. En segundo lugar porque, cuando aborda la cuestión del terrorismo, sus argumentos habrán de crear en el lector desasosiego, primero, y luego, verdadera indignación. Se ha dicho que el movimiento indignado era, en el fondo, acrítico. Creo que sea crítico con parcialidad. Como el propio Hessel.

A raíz de una reciente visita suya a Gaza, condena la política israelí. Habría mucho que matizar, pero su postura es legítima en términos generales o absolutos. El problema, junto con nuestra duda o sospecha, surge cuando afirma: “Lo sé, Hamás, que había vencido en las últimas elecciones legislativas, no ha podido evitar el lanzamiento de cohetes contra ciudades israelíes, como respuesta…” “No ha podido evitar”…Merece un SIC con mayúsculas y sin paréntesis.

La mención de este conflicto y su rápida descripción le meten de lleno en harina. Tomando como referente a Sartre, afirma: “Y es aquí donde me sumo a lo expresado por Sartre: no se puede excusar a los terroristas que ponen bombas. Se les puede comprender.”

¿Qué esconden estas palabras? Hay varias posibilidades y desde luego la siguiente lista no es exhaustiva:

• Yo no pongo bombas, yo no mato; respeto la vida del prójimo… pero digo yo que por algo se pondrán bombas.

• Como no participo del problema, que lo veo de lejos, tan sólo opino y enjuicio, no actúo; ahora bien, quien esté allí, donde se cuece el conflicto, hace bien en poner bombas y asustar un poco.

• Yo mataría, pero me asustan las consecuencias de mi acto: cárcel, tortura, muerte propia, etc. y por tanto me abstengo de la acción directa.

• Podría matar, incluso debería, pero no lo hago por comodidad; no me compensa.

• Yo no voy a matar porque es muy desagradable, pero desde mi despacho, desde mi cátedra, desde mis artículos o libros, desde mis discursos, etc. voy a animar a que otros atenten por mí; tiraré la piedra dialéctica, pero esconderé la mano para que otros tiren la piedra real.

¡Cuántas veces no habremos escuchado eso de que “no comparto el terrorismo, pero lo comprendo”, a propósito de la OLP o de Hamás o de Hezbolá; o del IRA; o de “Sendero Luminoso”; o de la “Baader-Meinhoff” y las Brigadas Rojas; o de nuestra ETA… incluso.

La acción directa, el atentado, el terrorismo son lo propio, según nos enseña Ortega y Gasset, del totalitarismo y del hombre-masa, base social y consecuencia política de ese mismo totalitarismo. El hombre-masa no reflexiona, es violento y expeditivo; quiere resultados tangibles y los quiere y exige deprisa pues la paciencia requiere reflexión, respeto, estudio. El hombre-masa es radicalmente inmoral: no se pregunta por los medios; su fin, el fin compartido con los demás hombres-masa, es cuanto le afecta e importa.

Se gana o se pierde, mas siempre habría de ser en buena lid, con fair play, con deportividad, como diríamos ahora. Es la postura hidalga ante el rival, ante el enemigo, ante el problema, ante la división de opiniones, ante el conflicto, ante la guerra, ante cualquier lucha, sea de la índole que sea. Es la postura que reivindica el moral Montaigne, quien comentando cómo el romano Lucio Marcio venció a Perseo, rey de Macedonia, valiéndose de una treta, dice: “Los ancianos del Senado (romano), pues recordaban las costumbres de sus padres, denunciaron esa práctica como enemiga de las formas de antaño, que eran las de combatir desde la virtud, no desde la astucia, ni por sorpresa o mediante emboscadas nocturnas, ni por huídas fingidas o escaramuzas inopinadas, no trabando guerra más que después de declararla e incluso después de haber asignado hora y lugar de la batalla.” Moral del auténtico soldado frente a toda marrullería, siempre cobarde, siempre traición.

Montaigne, estoico, tan sólo concibe el ataque “en corto y por derecho”, por emplear la terminología taurina; atacar y defenderse de frente y con arrojo. Trasladando las palabras y las opiniones del pensador francés a nuestros tiempos, si ya la guerrilla es claramente censurable, ¿qué no diría del terrorismo? “La contrariedad y diversidad tensan y aprietan en uno mismo la conducta recta y la inflaman por el celo de la oposición y de la gloria”. La ética del estoico, la nobleza del hombre cabal y una auténtica estética, la conciencia del comportamiento bello, el sentido de lo bello. En la masa y en el hombre-masa, ni ética ni estética. Pero claro, Montaigne escribe en el siglo XVI; Ortega en pleno apogeo de totalitarismos comunista y fascista, y en los albores del nacional-socialista.

Los orígenes del terrorismo podrían cifrarse en los primeros atentados del nihilismo ruso, movimiento “endemoniado”, que es el título (“Los endemoniados”) que da Dostoievski a la estremecedora novela en que describe a esos sus protagonistas en sus actos y en su contexto social. Toma el relevo el anarquismo internacional pues hay que hacer tabula rasa del mundo antiguo para construir el nuevo y para ello hay que destruirlo todo previa e inevitablemente. Con los totalitarismos luego, el terrorismo se afina, tornándose sibilino y calculador. “Matar a uno para amedrentar a mil”, reza un proverbio chino. “Doctor Mabuse”, de Fritz Lang, es la traslación a la ficción del ascenso del nacionalsocialismo en la realidad. La multiplicación de atentados genera tanto temor en la población que ésta se entregará en cuerpo y alma al primero que le garantice la seguridad de sus vidas, en primera instancia, y a ser posible también de sus haciendas. Llegamos luego a los terrorismos nacionalistas y de “liberación” patriótica: palestino, irlandés. Mayo del 68 generará la banda Baader-Meinhoff alemana y las Brigadas Rojas italianas cuya alma mater será un profesor universitario. En España tenemos a la ETA. Surge también el terrorismo teocrático: todos los que no habiendo sido ajusticiados ya o no estén pudriéndose en las cárceles del país, por haber podido escapar a tiempo, todos los que con Jomeini derribaron al Sha, con intención de fundar una Persia democrática, serán eliminados uno a uno por la larga mano del Teherán teocrático e inquisidor. No olvidemos tampoco el espantoso terrorismo de extrema izquierda, generalmente de inspiración maoísta, en Hispanoamérica, que a su vez generará contraterrorismo no menos brutal por obra de paramilitares. Y dejando en pañales a todos, el fundamentalista islámico actual: Al Qaeda en primer lugar, talibanes, espontáneos afines y el checheno que no ha respetado ningún tabú de “inocentes” pues se ha cebado en enfermos y viejos (secuestrando y matando en un hospital), así como en niños (secuestrando y matando en una escuela).

Ahora bien, en una amplia perspectiva histórica, el más claro precedente del terrorismo como tal es el magnicidio, que existe desde que hay hombre y desde que hay poder. No en vano, para Freud, la culpa, el sentimiento de culpa, nace filogenéticamente con la muerte del macho dominante a manos de los otros machos, más jóvenes e inferiores en rango. En pleno siglo XVI, el prestigioso teólogo jesuita padre Mariana, en su obra “La institución de la dignidad real”, teoriza sobre el tiranicidio. Partiendo de la premisa de la libertad inalienable del pueblo y argumentando que el sistema monárquico es el mejor por ser el más conforme al gobierno de la naturaleza y aunque el asesinato sea siempre un crimen, postula que, a falta de otros medios, dejará de serlo e incluso pueda glorificarse si se da muerte a un rey injusto y violento, convertido en tirano pues que “los reyes son para la sociedad y no la sociedad para los reyes”. Y entonces, frente el monarca sublevado ante sus obligaciones, la sociedad no sólo tiene ya el derecho, sino el deber, de castigarle. Mediante la muerte incluso.

El padre Mariana es un intelectual. Vive en las alturas. Su constructo es teórico, su argumentación es la de la razón crítica. ¿Pensó él realmente, previó él que su obra pudiera dar pie a una materialización, al acto en sí? ¿Pudo prever Nietzsche que su superhombre, ente personal, íntimo, aguerrido, voluntad de poder frente a sí mismo, fuera tan mal y aviesamente malinterpretado por el nacionalsocialismo y convertido en mito racial y ultranacionalista, irracional, colectivo, voluntad de poder asesina y popular. (A este propósito puede ser muy ilustrativa la película de Hitchcock, “La soga”, en que dos estudiantes, de gran torpeza intelectual y fanatismo en definitiva, deciden eliminar a un compañero “inferior” para llevar a la práctica (asesina, claro) las ideas, asaz nietzscheanas y teóricas, de su profesor de facultad.) Las ideas de Mariana, privadas de su sustancia teórico-intelectual, arrancadas a su contexto universitario y teológico, llegan a oídos de seres vesánicos e intransigentes para quienes todo se reduce a que hay que matar para salvar a un pueblo amenazado -que, por otra parte, suele ser el elegido-, o una idea -siempre la justa-, o una religión -la única y verdadera-. Y así Jacques Clément asesinará a Enrique III de Francia y Ravaillac al buen cínico de Enrique IV. Para salvar al catolicismo. Tanto es así que el libro de Mariana se quemará públicamente en París pues se pensó que pudo haber sido causante y justificación de aquellos dos regicidios.

Sea como sea, y a pesar de todo, el jesuita padre Mariana es un intelectual como la copa de un pino.

Tornemos a Hessel: “No se puede apoyar a los terroristas… No es eficaz y el propio Sartre acabará por preguntarse al final de sus días por el sentido del terrorismo y acabará también por dudar de su razón de ser. Decirse que “la violencia no es eficaz” es mucho más importante que saber si se debe condenar o no a quienes la practican. El terrorismo no es eficaz.”

1967. Un año antes del célebre mayo del 68. Godard rueda “La chinoise”. Un grupúsculo maoísta ha de llevar a cabo un asesinato político. La protagonista se entrevista en un tren con un profesor de la facultad en la que estudió, ¿en alusión a Jean-Paul Sartre? La terrorista en ciernes quiere su opinión. El profesor le desaconseja el atentado porque lo considera ineficaz e incluso contraproducente para la revolución. No obstante lo llevará a cabo, pero lo que aquí interesa es que el profesor tan sólo considere el acto bajo el prisma práctico, esto es si sirve o no para la causa, que desde luego no se cuestiona por ser verdad irrebatible, la de la revolución, la del mundo nuevo. La perspectiva moral, la del padre Mariana, ni se vislumbra. No es pertinente. ¿Es lícito matar? ¿Habría una casuística del magnicidio? Eso son cosas de cura reaccionario. Sólo hay una moral y es la revolucionaria. Y es lícito pues eliminar todo obstáculo y esto sea como sea y al precio que sea. Sin sentimentalismos. (Cabe aquí sacar a colación la película de Marco Bellocchio, “Buongiorno, notte” (2003), que recrea el secuestro y posterior asesinato de Mariano Rumor, a cargo de las Brigadas Rojas. Los breves diálogos entre el político y sus captores evidencian no sólo la sensatez de aquél y la sinrazón de éstos, sino también cómo el político secuestrado representa realmente al pueblo, mientras que los raptores sólo se representan a sí mismos.)

Recuerdo que al principio de los años 80 nuestra ETA asesinó por equivocación a una persona. El M.C. (Movimiento Comunista), de inspiración maoísta, con una cierta implantación en el ambiente universitario de la época y que luego se integraría en el País Vasco en la trama de la ETA, lamentó la confusión. Eso fue todo. De lo cual se concluye que hubiera sido lícito matar a la persona indicada, es más, que fue lástima haber errado el tiro tan torpemente.

En una asamblea de mi facultad para tratar de no recuerdo ya qué agresión, ante la afirmación de uno de los allí presentes de que había que condenar los crímenes de ETA, el “moderador”, que era del M.C., afirmó “sin que se le moviera un pelo” que no se podían equiparar las agresiones del poder represivo con las llevadas a cabo contra los agentes de esa misma represión y que el pueblo tenía que hacer por defenderse.

Y basten ya los recuerdos personales.

Para el señor Hessel no es cuestión de condenar el terrorismo como tal y por lo que supone: asesinato, desprecio de la vida y de la libertad en general como valores absolutos, así como de la vida del prójimo en particular, amén de ser la más fehaciente muestra de intolerancia posible. No, El señor Hessel es maquiavélico: el fin justifica los medios. El terrorismo es ineficaz, no vale para la consecución de los objetivos marcados y por tanto debe dejar de practicarse; mas entonces, si fuera eficaz, nada debería impedir el ejercerlo. El recurso al terrorismo quedaría justificado.

Todo terrorismo, por totalitario, conduce inexorablemente a una dictadura. Quizá se trate entonces de llegar a ella con mayor efectividad. Quizá haya otras maneras mejores de generar pánico puntual que se convierta en temor generalizado luego; quizá haya otras maneras para pudrir moralmente a la sociedad. Ambos son medios que abocan a la tiranía, el fin último.

Que el terrorismo sea también intoxicación moral que nubla la capacidad de distinción entre el bien y el mal, tampoco es relevante. Lo que importa es ser prácticos. Por otra parte, quizá palabras y conceptos como bien y mal carezcan de glamour progresista, huelan demasiado a carca.

Al final del opúsculo, y contradiciéndose, Hessel afirma: “Ha sonado la hora de que la preocupación ética, de justicia… sea prevaleciente.”, pero son palabras que llegan tarde y que por ello suenan a falsedad. Por ello, cuando usted recalca que nada con violencia y en sus declaraciones a televisiones y prensa insiste en ello, amonestando a los jóvenes contra la tentación de la agresión, sus bienintencionadas palabras carecen de crédito, tanto moral como intelectual. Citemos a Benedicto XVI: “(las conductas terroristas son) patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética.” Obviamente, la religión sólo obliga al creyente en las cuestiones de la fe, pero la ética obliga a todos. El obviarlo resulta indignante.

Por otra parte, cómo puede afirmarse que el terrorismo no sea eficaz. No se lo achaco a mala fe, sino a peligrosa ingenuidad. El terrorismo claro que es eficaz. Muchísimo. Si no lo fuera, ya hubiera dejado de practicarse, sobre todo porque es costoso. No es el momento ni el lugar de refutar en la teoría y en la práctica, mediante casos concretos, la liviandad de la afirmación de Stéphane Hessel, pero permítanseme los dos breves ejemplos siguientes, de lo más pedestre y evidente, sin citar otros que requerirían interpretaciones y que no suscitarían quizá unanimidad. Allá van: El terrorismo etarra (amenazas, robos, bombas, secuestros y asesinatos) impidió la construcción y puesta en marcha de la central nuclear de Lemóniz; como también obligó a modificar el trazado inicialmente previsto de la autovía vasca. Basten estos irrebatibles botones de muestra.

Por cierto me extrañó no verle a usted con Gerry Adams, Pierre Joxe y el bueno de Koffi Annan en la conferencia por la paz que tuvo lugar en San Sebastián hace unas pocas semanas. Al fin y al cabo usted piensa que la condena (o no) de los terroristas por sus actos, es cuestión baladí. ¿Qué mejor contexto que aquél para manifestarlo? Y para invitar a Josu Ternera y sus muchachos a deponer las armas porque se han vuelto contraproducentes para la independencia de Euskal Herría ¡Qué ocasión para la gloria que perdió usted! Hubiera sido bello, en una conferencia de prensa posterior, oírle a usted disertar sobre la eficiencia de los medios. Debiera usted haberse dedicado a la economía o a los negocios.

Y ahora en serio, señor Hessel, muy en serio. Usted no es ningún terrorista. Usted realmente ansía el bien para toda la humanidad, pero al escribir ha sido usted víctima de falta de rigor y por ello su opúsculo se resiente, y mucho, de la carencia de dimensión ética verdadera. ¿No ve usted que en ese contexto, sus admirados y también muy admirados por mí y por millones de personas, el general De Gaulle y Jean Moulin, quedan mancillados, por establecer usted con ellos una filiación política o intelectual, dentro de ese contexto de amoralidad? E insisto: lo suyo es achacable a atolondramiento, no a maldad, pero en esto no se puede proceder frívolamente por querer seducir a los jóvenes.

Mariano Aguirre
Actor, dramaturgo, productor teatral y director de “La Troupe del Cretino”.

Amy Winehouse. Su muerte como paradigma (y 3)

Sweet union, Jamaica and Spain (I´m no good)

Bajo el título “La autopsia revela que Amy Winehouse no consumió drogas (a la hora de su muerte)”, en el ABC del 24 de agosto del 2011, a propósito de su óbito, tan reciente aún en aquella fecha, escribe Marcelo Justo lo siguiente: “El mito necesitaba drogas, alcohol y excesos: la fórmula popularizada hasta la muerte por el rock y los 60. Pero el informe de toxicología halló que la muerte de Amy Winehouse no se amoldaba a ese paisaje de talento y destrucción.

Hoy, 27 de octubre, la prensa nos informa de que, como reza la noticia en El País, “el vodka mató a Amy Winehouse”. Firma desde Londres Walter Oppenheimer, quien asegura: “Ese trágico y temprano fallecimiento ha convertido a Amy Winehouse en un mito cultural.”

Hasta el Romanticismo eso de morir joven no es ningún mérito a la hora de enjuiciar a un artista. Tampoco lo es el que se quite la vida. Desde los albores del siglo XIX, sí, convirtiéndose en valores añadidos y, a veces, injustamente desde el punto de vista crítico, en valor, en valor tout court, en valor a secas.

El Romanticismo inaugura, en lo artístico, el mundo contemporáneo y el artista se convierte en un enfermo dentro de una nueva sociedad industrial, neurotizada, que vuelve la espalda al campo y a la tradición, aliena las transacciones sociales en modo extremo y enajena la producción de objetos así como las relaciones entre hacedor, producto y comprador. En este contexto, a partir del Romanticismo, desde muy dentro de él, nace el malditismo con su carga de marginalidad y de desviación de la norma, cifrándose en locura, homosexualidad, consumo de estupefacientes, rebelión, pobreza extrema o miseria moral, etc. como expresiones de la desazón y angustia vitales del artista, que es instrumento e intérprete de una civilización fuera de quicio. La bohemia y el suicidio, a ser posible temprano, son sus culminaciones, aquélla como forma de vida y éste como forma de muerte.

El creador, en cualquier caso, ha de sufrir mucho. Llora, se autocompadece y se quita de en medio. El joven Werther.

Así las cosas, retrospectivamente, se valorará en lo vital mas también indefectiblemente en lo artístico, a creadores de épocas pretéritas que se ajusten al nuevo patrón: Villon, delincuente y homicida, carne de horca; el Tasso, que murió en el manicomio de Reggio Emilia; Caravaggio, de vida airada, etc. Todo cuanto repugnó al siglo anterior, a los ilustrados, es ahora ensalzado. “Nous voulons déraisonner”, dirá un Alfred de Musset insurrecto ante las pelucas empolvadas, la Razón proclamada Universal y el ilusorio ídolo descarnado del Ser Supremo.

Somos aún partícipes de este, llamémosle así, prejuicio y, en mi opinión, si existe una cierta animadversión hacia Víctor Hugo es porque vivió mucho y disfrutó mucho también. Longevidad y felicidad. No se le perdona. Nerval, en cambio, su amigo, se ahorcó (eso está mejor) por una noche de invierno, con su corbata, en la calle de la Linterna de un París que ya no existe, tras abandonar la casa de orates en la que estuvo recluido y en la que, con ansia, esperaba cada noche el sueño para reencontrarse con sus seres queridos y creer en la vida eterna.

Picasso y Modigliani, o incluso, descabalando un tanto las cronologías, Picasso y Van Gogh. El italiano y el holandés, qué duda cabe, bañan en el aura romántica de dolor y desesperación. Picasso no tiene esa aura atormentada; tiene tras de sí el cielo inmenso y feliz de Juan-les- Pins.

Lo que hemos dado en llamar “prejuicio” genera un estereotipo. Todo estereotipo es un riguroso lecho de Procusto en que acostar y, aunque sea a fortiori, ajustar el objeto de nuestras preferencias para que la realidad se conforme como un guante con elastane a nuestros deseos, voluntades o ideas preconcebidas. Si el objeto, la persona, el artista en este caso, sobresalen, se les comprime o mutila hasta que encajen en el tálamo; si se quedan cortos, se los descoyunta para estirarlos y que cuadren, ocupando todo el espacio, sin holgura alguna. En la morgue del tópico literario y biográfico tumbamos el cadáver de Amy para que, dentro de las coordenadas malditistas, su vida y su muerte sean ejemplares. El cliché confirma nuestras creencias y nos tranquiliza.

Amy Winehouse. “Mito cultural” por su “trágico y temprano fallecimiento” (El País). “Mito” por “drogas, alcohol y excesos” (ABC). Bien. Está el patrón y están las reglas. Amy debe coincidir a la perfección con aquél y seguir éstas al pie de la letra. Ahora bien, escribe Marcelo Justo que, ya que al parecer no murió de sobredosis, “la muerte de Amy Winehouse no se amoldaba a ese paisaje de talento y destrucción.” Esta afirmación podría llevar a pensar a un lector ingenuo que “talento y (auto)destrucción” han de darse la mano e incluso colegir que quien se autodestruyera mediante la droga posee talento, es un artista. Dicho modo de ver las cosas está muy arraigado, máxime desde la irrupción del rock, en nuestra visión idealizada del artista y de su relación con las drogas y somos albaceas, por no decir reos, de las biografías turbias de un Hölderlin, de un Coleridge, de un Baudelaire, de un Verlaine, de un Rimbaud, de un Bécquer, de un Larra, del malditismo al fin y al cabo y de la literatura en definitiva.

Siguiendo con nuestro lector ingenuo, podría incluso pensar que bastaría con ser desgraciado para ser artista (“¿Quién no escribió un poema huyendo de la soledad?”, que certeramente cantaba Mari Trini) o que, para crear, haya que drogarse o beber mucho. El pintor y escritor-poeta Henri Michaux, sin embargo, experimentó en sus carnes, casi científicamente podría decirse, esto es en condiciones experimentales (con “grupo experimental” y “grupo de control”: él mismo en situaciones distintas y en tiempos distintos), la creación bajo los efectos del peyote mescalina y la creación exenta de estupefacientes, con objeto de compararlas y extraer deducciones. Llegó a la conclusión de que la droga no aportaba nada, como mucho exacerbaba algunos fenómenos o agudizaba la sensibilidad en algunos extremos y poco más y que en cualquier caso no creaba ex nihilo. En otras palabras la creación reside en el creador.

George Bernard Shaw manifiesta su opinión al respecto: “All the drugs, from tea to morphia, and all the drams, from beer to brandy, dull the edge of self-criticism and make a man content with something less than the best work of which he is soberly capable. He thinks his work better, when he is really only more satisfied with himself… To the creative artist stimulants are specially dangerous.” Así pues, según el autor irlandés, alcohol y drogas rebajan la auto-exigencia del artista y por tanto pueden rebajar la calidad de sus producciones. La droga sería una adulación peligrosa y subrepticiamente insidiosa que va en detrimento del empeño artístico.

Nadie como Thomas de Quincey ha llevado tan lejos ni con tanta fruición, ni de una manera tan regular, paciente y duradera, la introspección del drogadicto en su droga, hasta el punto de que cabría llamarlo el “Montaigne del opio”. Una de las conclusiones a las que llega, y que es la que aquí nos interesa, es aquélla que rebate el espejismo según el cual la droga nos tornará creadores. No, nunca. Y así, bajo los efectos del láudano el artista soñará con arte y el boyero con bueyes. La droga no obra milagros. No sólo no obra milagros, sino que más bien obra contra-prodigios. De ello nos advierte un Baudelaire depauperado por el abuso de paraísos artificiales, al decirnos cómo siente que el ala de la imbecilidad ha rozado su mente.

No, Amy no es mejor. Ni por el crack ni por el vodka, ni por sus desafueros. Por mucho que sus letras reflejen su vida, atroz, tristísima. Su sensibilidad, su sentido del ritmo, ¡su voz!, les son del todo ajenas. Es más: drogas, alcohol, desatinos y estragos le hurtaron la voz, cercenaron su espíritu creativo y menguaron su memoria ¡antes de haber cumplido los veintiocho años! La robaron a sí misma. La animalizaron, primero, y “vegetalizaron” después para postrarla, inerme, irremediable e irreversiblemente derrotada.

Mariano Aguirre
Actor, dramaturgo, productor teatral y director de “La Troupe del Cretino”.

La primera comunión de Amy Winehouse (Amy Winehouse 2)

A pesar de no atenerse a los dictados, ya sean gazmoños, ya sean tiránica y conformistamente sexies de la industria del disco y la música de masas, Amy no sólo no ha cautivado, sino que incluso se ha podido constatar su influencia directa en la moda y así una nueva marca de ropa inspirada claramente en nuestra artista se ha anunciado por primera vez en marquesinas y revistas en este verano del 2011. Y ello, cruelmente, poco antes de su óbito.

La foto publicitaria es, claro está, en blanco y negro y ello no sólo por su mayor poder de evocación sino también por mejor expresar lo retro que caracteriza a nuestra cantante En ella aparece una muy joven muchachita, delgada en demasía, sin pecho -como bailarinas, gimnastas, impúberes mocitas y también ¡ay! drogadictas-, exhibiendo un exuberante cabello negro y reluciente propio de bíblicas Raquel o Judit redivivas y luciendo aún las hinchaditas mejillas infantiles de ingenua peponcilla que contradicen en parte su figura de quebradizo alfeñique. Su labio inferior, encantadoramente bezudo, le otorga el asombro desvalido del cervatillo. ¡Cuantísimo no hay de ello en nuestra Amy!

La niña en cuestión es una idealización, edulcorada, de la áspera Amy, siempre borracha y siempre rozando lo lúbrico. La marca de que hablamos anuncia sus dos sedes de Londres, ciudad natal y de residencia de la Winehouse, y Tokio. Su nombre es Amy Gee. El nombre no es casualidad. Es una cita y despeja toda improbable duda.

Amy Gee es Amy Winehouse en inocente. Amy Gee es Amy Winehouse en el día de su primera comunión, no importa que nuestra cantante sea judía. Amy Gee es cuanto Amy Winehouse nunca podrá volver a ser, la añoranza de una infancia sin etilismos, sin drogas, sin pendencias, sin sordidez.

Mariano Aguirre
Actor, dramaturgo, productor teatral y director de “La Troupe del Cretino”.

Amy Winehouse, la sabiduría de Sileno (Amy Winehouse 1)

Il faut toujours être ivre… enivrez-vous sans cesse! De vin, de poésie ou de vertu, à votre guise. Mais enivrez-vous. Baudelaire, “Petits poèmes en prose”

Don Juan de Mañara asiste a su propio entierro. Y, claro está, acoquinado, cambia inmediatamente de vida, agacha por fin la indómita cabecita, entra en religión y se reconcilia con el Señor. Mérimée, en la novela “Las ánimas del Purgatorio”, y Zorrilla, en el romance del “Capitán Montoya”, narrarán, cada cual a su manera, el episodio sobrenatural. En el vídeo-clip de “Back to black”, Amy también ha de presenciar, desdoblada como en una pesadilla, y por mayor autenticidad en blanco y negro, su entierro, con su comitiva fúnebre a la inglesa, tan grávida y pomposa: ponderosos Rolls, el cementerio ominoso y sublime como un ocaso y la que se intuye postrera cremación de su cuerpo exhausto y caquéctico, calcinación de los huesos. La última imagen recoge la urna conteniendo las cenizas, sujeta por los dedos galgueños y emaciados de la propia Amy. Reza la inscripción: “Here lies Amy´s soul”

Mas Amy, a diferencia de don Juan, no se enmienda. En aquél, la advertencia divina, por inesperada, pondrá espanto. Don Juan, además, cree en Dios. Amy, sin embargo, no puede sorprenderse ante la muerte pues convive con ella desde hace ya mucho tiempo en una relación ambivalente e insoluble de “ni contigo ni sin ti”. Por otra parte, ¿cree Amy en Dios?

No obstante, se tenga o no fe, ¿cómo negar la aseveración metáfórica del rezo católico a María en que se nos llama “los desterrados hijos de Eva” que se hallan “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”? La vida es exilio, qué duda cabe, y prueba de ello es nuestra añoranza del Edén, llámese Tierra del Preste Juan, Santo Grial, Eldorado, Edad de Oro o ideal de “belleza sin igual” como proclama el libre pirata de Espronceda. Ante esta realidad, ante la miseria inevitable de la existencia y el “malestar en la cultura”, sólo caben o bien la resignación civilizatoria con su tristísimo señuelo de Progreso, ya sea social, científico o de cualquier índole; o bien, por el contrario, la conducta asocial, desviante y, si se me apura, parasitaria. Dicha conducta presenta, a su vez, dos vertientes, independientes entre sí, mas ambas profundamente pesimistas: la cínica y la desesperada.

La primera, la cínica, es la del pícaro, tan certeramente expresada por nuestra literatura española y que con tanta clarividencia desengañada resume Guzmán de Alfarache en su “Nacido soy. Paciencia y barajar, que ya está hecho.” Una postura asimismo bien teorizada y expresada por Pasolini en su admiración por el subproletariado, quintaesenciado en el lumpen de Roma, con su célebre lema vital de “Con la Francia o con la Spagna, pur che si magna” (Con Francia o con España, con tal de que se coma)

La segunda, la desesperada, es la del sátiro Sileno. Divinidad de manantiales y fuentes, posee el conocimiento profundo de la existencia que tan sólo otorgan las entrañas de la tierra. Es, no lo olvidemos, el preceptor de Dionisos, dios del vino y la embriaguez hasta perder el sentido.

Para tribulación del rey Midas, Sileno declarará que la vida es siempre mala, que, anticipándose así al Segismundo calderoniano, la mayor desgracia del hombre es la de haber nacido y su mayor dicha la de desaparecer cuanto antes. Consecuente con ello, anda él borracho perpetuo, mas para su desgracia, debido a su esencia divina, está condenado a vivir por siempre.

Amy es discípula de Sileno; Amy es un Sileno con suerte además puesto que es mortal y, si se aplica, podrá morir pronto. Como Sileno procurará estar siempre bebida y drogada, aturdida y olvidada de sí misma. El estado de sobriedad, la cordura, ¿cómo y quién podrá encajarlos?

Por otra parte, desde la “lucidez abismal” de los románticos y el uso, abuso, teorización y exaltación de los estupefacientes por parte de los post-románticos decimonónicos, a Amy no le es menester reivindicar ya la droga como tópico artístico indiscutible pues su estatus goza de inamovible solidez y su esencia es objeto de incuestionable idolatría.

Llama poderosamente la atención lo anacrónico de Amy Winehouse: su voz; el género que cultivara: el soul; así como su apariencia física. Todo en ella es deliberadamente retro. Es un desafío por su parte y una forma más de mostrar su profundo desasosiego e incorfomidad. Veamos, uno a uno, sus ingredientes de anacronismo. Su voz: es de verdad; in maschera, negra, densa, caliginosa, pulposa y a la vez cimbreña, muy sugerente, con buenos reguladores y holgura en la messa di voce, de impecable fraseo, sin recursos a falsetes, portamentos o engolamientos. Su registro, además, puede llegar al de poderosa contralto. Recientemente, en Radio 3, Patricia Kraus, conocedora irrebatible de lo que es la voz tanto cantada como hablada, reivindicaba la facilidad extrema y la calidad de la de Amy. El soul: no hace un pop estólido o convencional. Sus letras no son precisamente amables, sino desgarradas y en ocasiones brutales. Su peinado y maquillaje excesivos nos remiten a pasadas décadas: el moño “Arriba España”, el exagerado rabillo de ojo que deja bien atrás al de faraones y divinidades egipcias, su asilvestrada y semita abundancia capilar. Por otra parte nada hay en ella de los rutinarios contoneos de furcia que exhiben machaconamente las cantantes-estrella al uso. Añádasele lo extremado y enteco de su cenceña menudez frente a lo orondo de cirugías y foto-shops imperante.

Sus canciones son lacerantes: alcohol a raudales y melopeas; drogas; francachelas tristísimas y derrotadas de antemano; amaneceres desangelados y tiritando; las míseras disputas de amor y éste siempre perdedor, humillado y ofendido; el sexo acerado y siempre, siempre, el colofón insoslayable de la soledad más atroz, en fin la sabiduría soterraña de Sileno.

No es pues de extrañar que un escritor católico, apostólico y romano como es Juan Manuel de Prada glosara, e incluso reivindicara, con emoción su figura en un artículo que hizo llorar a mi mujer.

Añadamos algo más a lo que son sus letras. A veces, incluso, como es el caso de You should be stronger than me, Amy se hace eco de forma muy personal e inteligente de la dificultad en la relación hombre-mujer dentro del nuevo contexto de efectiva emancipación económica, social y sexual de la fémina. Una confusa Amy, que en otra canción es aperreada por su chico hasta el extremo de encajar de él una patada en las posaderas, le espeta aquí a su actual amor un incorrecto, ¡y soberbio!, are you gay? (Una curiosidad: su “Fuck me pumps” nos remite claramente en el tono y en el personaje descrito de muchacha esnob y fashionable al “20th Century Fox” de los Doors.)

Por todo ello cuesta comprender cómo una artista tan personal y de tanta calidad haya podido cosechar tanto éxito, especialmente entre los jóvenes, en la era de la mercadotecnia, lo barato, lo repetidamente anodino e insustancial y lo obligatoriamente sexy, hebén siempre e industrializado, esto es cortado siempre por el mismo beocio patrón y reproducido en una cadena taylorista de montaje.

Un amigo mío, aquejado de crónica bilis negra, un melancólico, un depresivo, al levantarse cada mañana, quizá tras una noche encamada pero insomne, se decía antes de asearse, harón, y partir hacia la diaria condena del triste trabajo: “Un día más a ponerse la máscara.” Acabó por suicidarse. Silenista genuino. ¡La máscara! La palabra persona es máscara en latín. Per sonare, pues la máscara antigua, por su boca embudada, contribuía a mejor proyectar la voz.

Amy, tú ya te has desprendido de la máscara. Ya no suenas. Ya no cantas. Y ya no te drogas. Ya puedes decir como en tu canción “Wake up alone”: at least I´m not drinking. Definitivamente.

Profesor es quien tiene alumnos. Maestro, entre otras cosas, quien tiene discípulos. Sileno, buen maestro y maestro tuyo, se sonríe y te sonríe, Amy.

Mariano Aguirre
Actor, dramaturgo, productor teatral y director de “La Troupe del Cretino”.