«Ocho apellidos vascos» a la luz de El Roto, Mingote… y Sabino Arana

«Envenena la sangre de otros, en tanto que conserva incontaminada la suya propia… Esto lo sabe el judío muy bien y practica por eso sistemáticamente este modo de «desarmar» a la clase dirigente de sus adversarios de raza… Para disimular sus manejos y adormecer a sus víctimas, no cesa de hablar de la igualdad de todos los hombres, sin diferencia de raza ni color. Los imbéciles se dejan persuadir»

«La pérdida de la pureza de la sangre destruye para siempre la felicidad interior: degrada al hombre definitivamente y son fatales sus consecuencias físicas y morales»

«¡UN ESTADO GERMÁNICO DE LA NACIÓN ALEMANA!»

(Adolfo Hitler, «Mein Kampf»)

 

«Etnográficamente hay diferencia entre ser español y ser euskeriano; la raza euskeriana es sustancialmente distinta a la raza española»

«¡Cuándo llegarán todos los bizkainos a mirar como enemigos suyos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!»

«¡Ya lo sabéis, Euzkeldunes, para amar el Euzkera tenéis que odiar a España!»

(Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco)

 

A) Sin que pueda recordar los términos exactos, en su catecismo nacionalista, Sabino Arana pregunta cómo se reconoce al vasco (lo que él designa como «vizcaíno» o «bizkaitarra») o quién es realmente vasco. La respuesta es que vasco es aquél que tiene los cuatro apellidos vascos, haciéndose así eco y constituyéndose en epígono de la limpieza de sangre del cristiano viejo español («… y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos…», declara Sancho Panza en el capítulo VIII, segunda parte del Quijote). España, Portugal e Hispanoamérica son, si no yerro, los únicos en que al nombre de pila acompañan los dos apellidos, paterno y materno (invirtiendo el orden en Portugal y Brasil); como la condición o identidad o «esencia» judía se transmite matrilinealmente, era importante conocer también el de la progenitora. Y así, hoy en día, aunque ya de manera inocua, mantenemos aquella ignominia que, digo, ya no lo es y que incluso es realmente práctica puesto que en nuestro país -y especialmente en el antiguo reino de Castilla-, a diferencia de otros, los nombres familiares se repiten demasiado y el disponer de dos nos individualiza mejor.

Había que identificar, para marcarlo, denigrarlo, explotarlo, expulsarlo y, si fuera menester, abatirlo, al intruso, al extraño a la raza. Así, el Roto en su viñeta de El País de 12 de octubre de 1999 dibuja una especie de Guzmán el Bueno que se exclama perplejo: «Hace años, en España, celebrábamos el día de la Raza… ¡Como si fuéramos vascos!»

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En su viñeta del martes 2 de febrero de 1999 aparecen dos paisanos con boina. Al fondo un áspero paisaje castellano-viejo o alavés. Dice uno de ellos: «Pronto a los no nacionalistas nos llamarán antisociales». Contesta el otro: «Y nos pondrán una estrella».

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Afirma sabino Arana: «Es preciso aislarnos de los maketos». («Bizkaitarra», nº 19) y «Nosotros, los vascos, evitemos el mortal contagio … de los venidos de fuera». («La Patria», nº 39)

Así pues, si los cuatro apellidos vascos garantizan la esencia y la pureza, ¿qué no será cuando pueda uno ufanarse de nada menos que del doble, esto es de ocho? Exageración: recurso cómico por excelencia. Hay quien se lo ha reprochado a la película, pero es que Martínez Lázaro y su equipo no han elaborado un documental.

El título, ya de por sí, es todo un acierto y promete sarcasmo y diversión. Queda además muy bien sustentado por el cartel con los colores de la ikurriña y humanizado, lejos de toda abstracción, por los cuatro retratos de los cuatro protagonistas, en el que se adivina que el señor del rectángulo superior izquierdo (Koldo, interpretado por Karra Elejalde) no puede ser más que nacionalista por lo hosco, sañudo, receloso y ulcerado, a lo Arzalluz o a lo Egibar, de su gesto. La muchacha del rectángulo superior derecho (Amaia interpretada por Clara Lago) ostenta flequillo banderizo, «como peinado de un hachazo» o consecuencia del «mordisco de un burro», como lo describirá en la película Rafa, el galán de ella enamorado; sin embargo su gesto dubitativo y ansioso presagian un conflicto interno, un dilema, una contradicción en definitiva que anuncian comicidad. La señora del rectángulo inferior izquierdo (la sedicente Anne interpretada por Carmen Machi) y el muchacho de rectángulo inferior izquierdo (Rafa-Antxon interpretado por Dani Rovira) expresan, contrastando con el piso de arriba, alegría y mucha guasa.

cartel

Cuando Rafa llega a las Vascongadas, en expresión propia, esto es cuando es todavía Rafa tout court, antes de que Amaia le persuada a que finja ser su ex-novio y ex-prometido Antxon para no defraudar y tener engañado a su padre, Koldo el arrantzale (pescador), aquél, Rafa, sevillano por los cuatro costados, intuye enseguida que para sobrevivir, ya que no puede alcanzar la invisibilidad, ha de contrahacer el vasco-vasco. Es cuanto expresa El Roto (El País, 8 de octubre de 1999) en aquella viñeta en que una mujer coloca en la coronilla de un señor que se dispone a salir a la calle un plumero, mientras le dice: «¡No salgas sin plumas, no sea que piensen que no eres de la tribu!»

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Más cáustica aún aquella otra viñeta (El País, 23 de marzo del 2001) en que un individuo de una cierta edad y con boina, tendido en un suelo erizado de púas y con una como fábrica chiriquiana -por más aumentar el clima de desazón e inquietud- al fondo, dice: «Para sobrevivir en el País Vasco, hay que saber hacerse el muerto».

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Y así, Rafa, una vez en el calabozo, rodeado de jóvenes pro-etarras de catadura patibularia («Gran número de ellos -se refiere, claro está a los españoles o maquetos- parece testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis en sus rostros la expresión de la inteligencia humana ni de virtud alguna; su mirada sólo revela idiotismo y brutalidad». Sabino Arana en «Bizkaitarra», nº 27), para disimular, para «hacerse el muerto», como tan bien expresa El Roto, y no pasar a ser muerto de verdad, fingirá ser un etarra, Iñaki Metralletas, pero que se ha disfrazado de sevillano para mejor llevar a cabo su cometido terrorista. Y, a continuación, adoptará el acento vasco (Dice Arana: «Oídle hablar a un bizkaíno, y escucharéis la más eufórica, moral y culta de las lenguas; oídle a un español y si sólo le oís rebuznar, podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias». «Bizkaitarra», nº 29 -sabido es que el vascuence es la única lengua en que no caben palabrotas ni blasfemias-) e inventará una nueva identidad. Cuando uno lee los apellidos de los etarras, no deja de sorprender el grandísimo número de apellidos maketos que ostentan, en ocasiones mezclados con uno genuinamente vasco, esto es vasco-vasco, y en otras ocasiones contradiciendo ambos el catecismo araniano. Que la Eta acepte a maquetos en sus filas es, ciertamente, un progreso frente al rabioso racismo de Sabino Arana y también, por ejemplo, frente a un nacional-socialismo alemán que nunca aceptaría entre sus filas a un muchacho de «raza inferior», por muy útiles que le resultaran, como a la Eta -bastante más práctica-, para amedrentar, expulsar y matar. Porque Hitler, cabeza cuadrada, no se avino a conferir determinado poder a los ucranianos, por considerarlos inferiores en su condición de eslavos, durante la ocupación alemana del país, redujo sus posibilidades de sujetar a Rusia más tarde; un etarra o un nacionalista vasco, siempre pragmáticos, no le hubieran hecho ascos a una colaboración de este tipo si de ello se siguieran beneficios. Esto es cierto e indudable, y no estoy ironizando, pero no debe hacernos perder de vista que si es así es porque tristemente se ha persuadido a esos jóvenes -y no tan jóvenes- que el único remedio para no ser parias, sospechosos o futuros asesinados, es borrar sus orígenes familiares, abominar de ellos y ser más papista que el Papa. «El roce de nuestro pueblo con el español causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de la inteligencia, debilidad y corrupción de corazón» (Sabino Arana, «Baserritarra», nº 11)

Ahora bien, ¿hay algo más desolador que un descastado?

Que me entierren con espuelas
y el barbuquejo en la barba,
que siempre fue mal nacido
quien renegó de su casta…
(Fernando Villalón, «Romances del 800»)

Por otra parte, difícil sería mantener la pureza de sangre terrorista. Actualmente tan sólo uno de cada cinco vascos tiene los dos apellidos vascos (El País,  5 de julio de 1998,»Juntos y revueltos», artículo de Francisco Peregil)

B) En la película la transformación física de Rafa se lleva a cabo cuando Amaia ha de presentarlo a su padre; entonces Rafa habrá de renunciar, con desgarro de corazón, a su gomina,  a su polo y a su rebeca para cortarse el pelo a lo tiñoso, perforarse la oreja para ostentar un piercing y vestir camiseta sin mangas y pantalones vaqueros avejentados. El Roto, en su viñeta de El País del 25 de septiembre de 1998, presenta, bajo una lámpara circular de quirófano, a un cirujano que, tirando de una cara cadavérica, como de atlas de anatomía, y tocada de boina, dice: «A los que no parezcan muy vascos se les hará gratis la cirugía étnica».

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Declara Sabino Arana: «Nosotros, los vascos, evitemos el mortal contagio, mantengamos firme la fe de nuestros antepasados y la seria religiosidad que nos distingue, y purifiquemos nuestras costumbres, antes tan sanas y ejemplares, hoy tan infestadas y a punto de corromperse por la influencia de los venidos de fuera». («La Patria», nº 39)

Mordaz, el Roto, en su viñeta del 23 de septiembre de 1998 en El País, ilustra el aserto sabiniano como sigue: en un desolado paisaje invernal, como de campas alavesas, tres individuos montaraces y primarios, simiescos a lo Gutiérrez Solana, y con aire desafiante, de aspecto vagamente carlista, ocupan en plano general la derecha del dibujo; uno de ellos, a caballo, enarbola una ikurriña mientras que otro de los dos de a pie, sujeta no se sabe muy bien si un sable o un palo. A la izquierda, un cartel reza: «Reserva nacionalista de razas autóctonas».

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Porque, por ejemplo, tomándole prestado a Iñaki Arteta el título de su documental, ciñéndonos a uno entre mil, Zamarreño no quiso mimetizarse ni se hizo el muerto como le aconsejaba el instinto de supervivencia consustancial a toda persona, acabó ejemplificando con su parietal esa lección de anatomía comparada que nos brinda El Roto en su viñeta de El País: a la izquierda aparece de espaldas un cráneo incólume. Reza la leyenda: «Cráneo vasco». A la derecha aparece otro idéntico, pero perforado, El texto que le corresponde es ahora: «Cráneo no vasco».

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Cuando en una de las primeras secuencias de la película, Rafa, desplazándose en autobús rumbo a la tierra de Amaia para declararle su amor y llevársela a Sevilla, y ya en las postrimerías del viaje, dejando las tierras del sol, penetra en un túnel, al fondo del cual se columbra una fenomenal tormenta, propia de una película de terror, y de muy mal agüero,  como si del divertidísimo y a la par escalofriante túnel del horror de las ferias de nuestra infancia se tratase, a la vez que se percibe un cartel que da la bienvenida al País Vasco, el espectador entiende que, desde ese momento, se va a jugar con lo doloroso y sangrante para hacer befa de ello y, en definitiva, catarsis; pero de catarsis se hablará más tarde. Lo que sí interesa resaltar ahora es que, cómica, la película pone el dedo en la llaga y no será, ciertamente, la última vez. En efecto la burocratización autonómica, en España, se ha desarrollado como un cáncer de los más funestos. En todas las mentes está la reciente muerte de la niñita de la Puebla de Arganzón, en el Condado de Treviño, y las palabras del senador nacionalista Olabarría al respecto, según las cuales la criatura no habría muerto de estar integrado el condado de Treviño en Euskadi. Igualmente absurdo e increíble, si bien no trágico esta vez, este post-it que conservo como muestra de la irracionalidad de las actuales Taifas hispánicas: «No se visan recetas de otra comunidad. Debe acudir a su médico de cabecera en Madrid», 9 de diciembre del 2005 – Comunidad de Madrid. Consejería de Sanidad y Consumo, etc.

Puede uno recurrir ahora a la viñeta de Mingote, en el ABC del 17 de febrero del 2012, para ilustrar cuanto se ha afirmado al respecto. En ella se ve cómo una pareja motorizada atraviesa un puente sobre un río, dejando atrás unas tierras mesetarias. El pie reza así: «El ansia viajera y la curiosidad por lo exótico nos impulsan a cruzar por el puente hasta la otra autonomía: otras leyes, otros reglamentos, otra documentación, otras autorizaciones, otro parlamento…

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Rafa es ya, por obra y gracia del amor, por contentar a Amaia en la farsa que quiere llevar a cabo ante su padre, un vasquísimo vasco. Se van a suceder entonces los tópicos regionales como desencadenantes de hilaridad. Defendamos el tópico. Es elemento fundamental en lo cómico. Defendamos el tópico regional y nacional. Tópicos, y muy divertidos cuando no desternillantes, son, en Shakespeare, el capitán irlandés Mc Morris, un paleto fanfarrón, así como -¡no podían faltar tampoco!- los capitanes escocés y galés, siendo elemento clave de su comicidad sus respectivos acentos («Henry V»); cautivador en su ridícula desmesura es el «fantastical Spaniard», don Adriano de Armado, cuyo nombre es todo un programa y una mofa hiriente a España, nación enemiga por excelencia («Love´s labour´s lost»); encandila también Monsieur Parolles, cuyo nombre ya denuncia la verborrea gala, en su frivolidad y sus falaces argumentaciones hedonistas («All´s well that ends well»); epidérmicamente tópico e hilarante el fingido turco de El Burgués Gentilhombre de Molière, así como los obtusos otomanos en Mozart; magníficos en su delirante jactancia los capitanes españoles de la Commedia dell´Arte… Claro que sí, ¡tópicos! Quien critique a una comedia, sea ésta más o menos satírica, por recurrir al tópico, se equivoca. El tópico es tradición, cultura pues, y es conocimiento e intuición populares.

Veamos algunos de estos tópicos, en los vascos primero y en los andaluces, después. En los vascos encontraremos en primer lugar la frialdad afectiva. A este respecto recuerdo que la señora Goicoechea, de Azcoitia, en la provincia de Guipúzcoa, me refirió cómo, habiendo emigrado uno de sus familiares al estado de Utah, en los EEUU, donde se encuentran, dedicados al pastoreo, tantos descendientes de vascos, al llegar allí, envió un telegrama a su madre con el siguiente texto: «Llegué bien» y ya nunca más volvió a escribir. Así, en la película, han de ocurrir mil y una peripecias para que al final padre e hija, vascos, se abracen y ella llore en el hombro del progenitor. Cuando el sedicente Antxon conoce a su futuro suegro, le da un caluroso abrazo, lo cual genera temor en Amaia a que se descubra el ardid y en Koldo, el padre, una cierta sospecha e incomodidad. Un vasco es más comedido. Además, según la película, por muy extremo que se sea políticamente, en cuestiones sexuales, el vasco se alinearía con la más pura ortodoxia católica en lo referente a la exigencia de virginidad previa al matrimonio.

«Si hubieran estudiado una miaja de geografía política y hubiesen tenido una pizca de sentido común, sabrían que al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez, y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces les chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese bailar al uso maketo, como es hacerlo abrazado a la pareja, para restaurar en su lugar el baile nacional de Euskeria. (Sabino Arana: «Baserritarra», nº 11). «Con esa invasión maketa… la impiedad, todo género de inmoralidad, la blasfemia, el crimen, el libre pensamiento, la incredulidad, el socialismo, el anarquismo, todo es obra suya». (Sabino Arana: «Bizkaitarra», nº 19)

El vasco no es delicado; su ternura se expresa a la manera de los osos, como cuando Koldo golpea el hombro de Antxon-Rafa, con riesgo de dislocárselo. La vasca es arisca, zahareña, erizada. Antxon-Rafa, irónicamente, cuando ya comienza a estar realmente estomagado de la farsa a que le obliga el amor, pues entre otras cosas no obtiene nada a cambio, dirá que lo que más le atrae en Amaia es «su dulzura».

La comida. El vasco come pantagruélicamente. Come y bebe y nunca parece quedar ahíto. Tanto es así que Rafa no dará crédito al menú, muy largo y muy ancho, del restaurante donde Koldo les invita, a él y a Amaia, y que al final, tras la cena, la indigestión le obligará a arrojar todo cuanto devoró. Koldo y Amaia, sin embargo, ¡como el que lava! y mira que es delgadita la muchacha.

A propósito de la inveterada glotonería vasca, cabe traer a colación la viñeta de El Roto en El País del 6 de junio del 2000 en que un mofletudo hombretón, mientras lee el diario titulado «Euskadi», se desayuna con unas enormes porras con forma de tibias.

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Tópico es también pensar que vasco es sinónimo de excelente cocinero y que en todo vasco -y vasca-, hay un Arzak. Citemos aquí la viñeta de El Roto, publicada en El País con fecha de 22 de septiembre del 2000, en que se presenta un libro de cocina con el perfil de Arzalluz tocado de un gorro de cocinero y que lleva por título: «Cocinar con desperdicios»; bajo el perfil se lee: » Arzakllus & otros»

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Frente a la frialdad vasca, se nos muestra a un sevillano Rafa, caluroso, muy simpático, gracioso y guasón, que, en cuestiones amorosas, gusta de ir al grano y de no dilatar la consecución del placer pues, como un Giacomo Casanova, vive para el placer, y, por otra parte, sus experiencias amorosas están hechas de relaciones efímeras y fáciles. Al parecer, como la vasquita le sale respondona, por ser ello algo inédito e incomprensible para él, Rafa, por contraste, quedará prendado de ella hasta las cachas. Me viene a la memoria esa canción de los sesenta en que los Sirex cantaban : «Con todas las muchachas soy tremendo. / Las beso cuando quiero / y estoy contento. / Si alguna se resiste, / no lo comprendo / y ésa eres tú…. Eres más tremenda que yo», versión española de «Sono tremendo» de Rocky Roberts. El andaluz, español oriental, es ante todo hedonista.

Frente al feísmo del radical vasco, la elegancia gomosa del sureño, afeminada para Sabino Arana: «El bizkaíno es de andar apuesto y varonil; el español o no sabe andar o, si es apuesto, es tipo femenino» («Bizkaitarra nº 29).

A propósito de estos tópicos y, tras su confrontación o comparación, su posterior oposición, citemos el poema de Gabriel Celaya, que lleva por título «De Norte a Sur», escrito en 1960. En él replica a un poeta andaluz que le amonesta («admoniza», como escribe Celaya), aunque bastante cortésmente, la verdad, por practicar la poesía comprometida. El bate sureño presenta a los suyos como indolentes orientales que rinden culto a la belleza: «Nosotros, andaluces milenarios… Lo nuestro es sólo mirar que todo pasa y es inútil la prisa». Celaya carga entonces, en su airada respuesta, contra el hombre del Sur:

«¡Que los pájaros canten! ¡Que en el Sur, los tartesos
se tumben panza arriba
creyéndose de vuelta de todo, acariciando
una melancolía!»,
al que contrapone el hombre del Norte, el vasco:
«Los vascos somos hombres de verdad, no chorlitos
que hacen sus monerías».

Así, frente a la haronía, frivolidad y fatalismo andaluces, el vasco de hierro golpeando a porfía, esforzado siempre, obstinado, erizado, metido en su bandería:

«Los vascos somos serios. Serio es nuestro trabajo.
Seria es nuestra alegría…
declaro altanería … el rayo me rubrica… etc.

Como Rafa, en el calabozo, cautivó con sus bravatas a los otros detenidos, activistas de la kale borroka, no le cabrá otro remedio que tomar parte en una manifestación y además verse compelido a dirigirla y a improvisar, megáfono en mano, un pequeño discurso que encrespe a las masas, así como unos cuantos eslóganes que amedrenten a los españoles, surgiendo así ese memorable «¡Gora Euskadi manque pierda!» (Rafa es hincha del Betis). Escribe Sabino Arana: «Les aterra oír que a los maketos se les debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah la gente amiga de la paz!… Es la más digna del odio de los patriotas».

En su viñeta del 16 de marzo de 1999, en El País, el Roto dibuja un incendio propio de un infierno de pintura flamenca. Las llamas revientan las ventanas e invaden las calles; dos siluetas negras de agitadores se destacan contra ellas. Un cartel proclama: «Ámbito vasco de destrucción», remedando la reivindicación nacionalista del «ámbito vasco de decisión»

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La viñeta del 8 de mayo del 2001 nos muestra a un encapuchado que es a la vez un temible perro regañando los dientes y que ladra «La existencia de un conflicto se demuestra armándolo». En un segundo plano, a la izquierda, aparece un montículo sembrado de cruces de cementerio.

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Montículo también, pero éste formado de calaveras amontonadas, como si del osario franciscano de la iglesia romana de Santa María de la Concepción se tratara, auténtico túmulo macabro pues, el que dibuja el Roto en su viñeta de El País de 25 de enero de 1999. La calavera que corona el teso, dice: «Sólo somos matanza, nos falta un cráneo para constituir un genocidio»; a lo cual responde otra de las cabezas: «¡Otra vez será!»

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Uno de los golpes más graciosos de la película es el que toca la cuestión de la lengua, el vascuence. En la herriko taberna, se insta a Rafa-Antxon a ensayar en euskera, aunque sólo sea brevemente, la arenga que habrá de llevar a cabo en la inminente «manifa». El pobre Rafa no tiene ni idea.  Recordé aquella anécdota que me refirió también la señora Goicoechea: en los primeros años de la autonomía vasca, para cubrir no sé qué puesto en la administración, se preguntó a uno de los candidatos que qué palabras conocía en lengua vernácula, con su correspondiente traducción. El examinando dijo que «ongi etorri», que significaba «felpudo».

Antxon- Rafa no sabe cómo reaccionar. Zozobra. Amaia roza el deliquio. Ansiedad en grado sumo… ¿Se descubrirá la impostura? Todo parece entonces que comenzará a hacer agua, pero… ¡no!, que Rafa es un tío de recursos. Acierta a ver en la pared un cartel en vascuence. Lo lee entonces, aun desconociendo su significado. Todos quedan perplejos y le preguntan qué relación tiene el que esté prohibido fumar con la proclama independentista que se esperaba de él. Y aquí, también Rafa-Antxon, con su respuesta, sabrá nadar y guardar la ropa.

El Roto, en su viñeta del 9 de junio del 2001, muestra a un venerable romano destacado contra un acueducto. Dice: «¿Qué sentido encontráis en abandonar griegos y latines y proteger los bables?»

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A propósito de romanos y latines, cabe citar aquí de nuevo a Sabino Arana: «Nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de la esclavitud. No hay odio que sea proporcionado a la enorme injusticia que con nosotros ha consumado el hijo del romano». («Bizkaitarra», nº 16)

Sigamos con griegos, romanos y latines. En su viñeta del ABC del 29 de julio del 2011, Mingote, en una bellísima acuarela, bajo el título de «La semana nacionalista», nos muestra una cerca separando un mismo paisaje; a la derecha del muro divisorio pasea una pareja romántica que mira con curiosidad y un punto de asombro también al personaje que queda a la izquierda de la frontera: un aizcolari cortando a hachazos, no un árbol, sino una columna acanalada jónica. En el imaginario nacionalista se pretende siempre exaltar todo lo pre-romano, así como lo mitológico pre-cristiano, lo supuestamente genuino y autóctono, lo prehistórico y lo bárbaro, como lo prueba, por ejemplo, la exaltación pagano-romántico-wagnerista del germanismo nacional-socialista alemán.

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En su viñeta de El País del 17 de mayo del 2000, unos niñitos, siniestros y compungidos, que parecen huerfanitos de una película de terror, se encuentran bajo el dintel de una ikastola. A la izquierda reza un cartel: «Prohibido hablar en español y pensar en cualquier idioma. La dirección».

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No podían faltar los curas vascos. El padre Ignaxio es amigo de Koldo y, a instancias de éste, será quien haya de casar a Amaia con Rafa-Antxon. Antes de la boda, el buen padre tiene un coloquio con ambos, previo a la confesión a cada uno. En ella, a Rafa le resulta ya insostenible su impostura y revela al cura la verdad. Éste queda horrorizado, no ante la farsa que Rafa, conchabado y a instancias de Amaia, está perpetrando, sino ante el hecho de que no sea vasco y de que Amaia, con DOC, pueda unir su vida a él… ¡ante Dios y por su ministerio como sacerdote oficiante de la boda! Casi le da un telele. Posiblemente resuenen en su cabeza las palabras de Sabino Arana: «Ya hemos indicado, por otra parte, que el favorecer la irrupción de los maketos es fomentar la inmoralidad en nuestro país; porque si es cierto que las costumbres de nuestro Pueblo han degenerado notablemente en esta época, débese sin duda alguna a la espantosa invasión de los maketos, que traen consigo la blasfemia y la inmoralidad». («Bizkaitarra», nº 10). O estas otras: «Si fuese moralmente posible una Bizcaya foral y euzkeldun, pero con raza maketa, su realización sería la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo». («Bizkaitarra», nº 4), heraldos de las siguientes: «Conste que desde luego que de ese roce del maketo con el bizkaíno sólo brotan en este país irreligiosidad e inmoralidad». («Bizkaitarra», nº 6 bis)

De la falta de cristianismo de tanto sacerdote vasco, antes nacionalistas que cristianos, en definitiva de su contumaz celotismo,                                                                                                                                                                       se hace eco Mingote en la siguiente viñeta de ABC:

En otro momento de la película, durante una cena familiar en que Koldo se halla más que achispado, declara mascullando que eso de la independencia, con Franco, pues que sí, que él lo veía, pero que en los tiempos actuales… sí, pero todo menos retractarse explícitamente o instar al inminente yerno a deponer su actitud belicosa. Acude a la mente la viñeta de El Roto, de El país del 28 de junio de 1998, en la que Arzalluz, alzando el dedo índice (¿amenaza, afirmación, admonición a España?), dice: «La gente de ETA son unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta». La pertenencia, la adscripción, la sangre, por encima de la razón y de la caridad. (Arzalluz quizá, superando a otros destacados nacionalistas, sea el más despiadado de los políticos no terroristas de la historia reciente de España) Todo un programa político preclaro, ilustrado, ¿no es cierto?

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En cualquier caso, qué duda cabe que el PNV es maestro consumado en la ambigüedad jesuítica; tanto que eso de, por ejemplo, la «dirección de intención», que tan bien atacara Pascal en sus «Provinciales» pues es un medio de justificar los pecados al hallarles una intención pura, o que las monjas de «Boule de Suif» de Maupassant esgrimen ante la prostituta para persuadirla a acostarse con el rijoso prusiano y así poder proseguir su viaje la caravana repleta de buenos franceses -entre los cuales se cuentan ellas-, parece un invento del partido… Así lo expresa Mingote en ABC, por boca de Ibarretxe:

C) Se quiera o no, por muy poco que agrade, al País vasco se asocia indefectiblemente el terrorismo, cifrado en la ETA. Nuestros políticos, mayormente preocupados por la macro-economía, por ser mediáticos y por captar votos, y secundados por sus coros turiferarios de la prensa y los medios de comunicación, repiten siempre eso tan bonito de que el terrorismo no ha conseguido nada y que de nada, políticamente, ha servido, más que para enrarecer y dañar la convivencia con su reguero de muertos y heridos y hogares deshechos por el camino. Señores, ¡qué falacia! El terrorismo ha conseguido mucho, muchísimo y, si no todo, como pretende y tan magníficamente expresa la viñeta de El Roto de 30 de noviembre de 1998, está cerca de alcanzar la victoria total.

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Sí, ciertamente, nuestras sufridísimas fuerzas de seguridad, con la colaboración de Francia, han derrotado -creamos y esperemos que definitivamente- el terrorismo, pero la guerra política y social la estamos perdiendo.

Sabino Arana es epígono vasquista del delirio paranoide-racista del francés Gobineau, teorizador, en 1853, del ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas y estableciendo -científicamente, claro- la supremacía de la blanca y dentro de ésta, la germánica, por encima de celtas, eslavos, mediterráneos y, obviamente, judíos. Dentro de esa perspectiva han de inscribirse los errores, nunca malintencionados, del doctor Down, investigador del mongolismo, así como la teoría racial pangermanista de Chamberlain y, evidentemente, el racismo nacional-socialista del ministro hitleriano Rosemberg. No es creíble que el actual PNV y los de Josu Ternera sostengan, hoy en día, tamañas barbaridades, que han quedado arrinconadas en el Occidente en grupúsculos de extrema-derecha. Ya se ha dicho cómo el terrorismo vasco y los partidos nacionalistas vascos aceptan en sus filas apellidos maquetos. Y es que el Eje perdió la guerra y, con ello, se desvaneció la ilusión de raza dominadora, en una Alemania o en un Japón, pero ¿y si hubiera triunfado Hitler, como pareció ser en el inicio? A ese respecto recuérdese ese intento del primer lehendakari, José Antonio Aguirre, por crear un protectorado alemán en Euskadi, desgajado de España. Ya puede el PNV disimular, edulcorar, contextualizar, de forma comprensiva, socio-cronológicamente la paranoia sabiniana, que en su base teórica, como prueban hemerotecas y bibliografías, late el odio al español y la exaltación de la pureza racial vasca. «La fisionomía del bizkaíno es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta. El bizkaíno es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe. El bizkaíno es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier contratista de obras y sabréis que un bizkaíno hace en igual tiempo tanto como tres maketos juntos… El bizkaíno es laborioso; el español, perezoso y vago». («Bizkaitarra», nº 29)

En el País vasco, por parte de algunos, se ha fijado un objetivo: la independencia, y unos medios para obtenerla: la acción directa, esto es el terrorismo como eje central, apoyado por hostigamiento permanente a los distintos e invasores, extorsiones como medio de financiación, amedrentamiento, disturbios y violencia callejeras, asalto a las instituciones, penetración en las instituciones, adoctrinamiento de la infancia y juventud, envenamiento de la vida social mediante la creación de un clima de silencio mafioso, de temor, de delación, de recelo permanentes, etc. Es esto último lo que tan bien expresó Mingote en aquella célebre viñeta del ABC en que se ve, junto a un cadáver, a un niño llorando que dice: «Han matado a papá». Dos individuos le oyen y uno dice al otro: «Hay que ver, tan pequeño y ya chivato»

Por desistimiento crónico del Estado, ese objetivo y esos medios han ido cobrando mayor importancia y mayor apoyo social hasta el punto de que cabe una toma de poder y una secesión por la vía de las urnas. El terrorismo ha cumplido su cometido. El terrorismo ha servido.

Matar a uno, amedrentar a mil, reza un proverbio chino. Mediante el asesinato, ya sea selectivo, ya sea atentado indiscriminado, se genera el miedo, entre los miembros de una población, a ser la próxima víctima y entonces uno se achanta y no se pronuncia y opta, de forma pancista, por pasar desapercibido y hacerse invisible; o decide dejar la tierra, emigrar en busca de nuevos pagos donde su vida no corra peligro y donde exista la libertad de opinión real; o se adhiere al proyecto, con mayor o menor entusiasmo, pues es siempre más incómodo defender lo hostigado y lo que lleva las de perder que militar en el bando agresor, que esgrime la razón tiránica de la fuerza, como hace el lobo que bebe del mismo río que el corderito en la fábula de La Fontaine: «La raison du plus fort est toujours la meilleure… il faut que je me venge» («La razón del más fuerte es siempre la mejor… (dice el lobo:) «tengo que vengarme» y se come al corderito).  «Entre el cúmulo de terribles desgracias que afligen a nuestra amada Patria, ninguna tan terrible y aflictiva, juzgada en sí misma cada una de ellas, como el roce de sus hijos con los hijos de la nación española». («Baserritarra», nº 11) Así las cosas, habrá que evitar el roce o intentar ocultarlo por todos los medios, pues nos puede ir en ello la mismísima vida.

En la viñeta de El Roto (El País de 20 de octubre de 1999), un personaje barbudo y con turbante, de muy siniestra catadura, con unos templos griegos al fondo, dice: «Ya os dijimos que la democracia no funcionaría si votasen los esclavos y los maquetos». Los talibanes se han apropiado la democracia y pontifican ahora. Sabino Arana lo expresa así: «En pueblos tan degenerados como el maketo y maketizado, resulta el sufragio universal un verdadero crimen, un suicidio». («Bizkaitarra», nº 27)

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Y así, matando y poniendo en fuga, estableciendo un riguroso control mafioso de la omertà en el pueblo, van quedando tan sólo los que piensan lo que se ha de pensar, llegándose al triunfo electoral y a la conquista del poder municipal, primero, en las Diputaciones y provincias, después, y en toda la autonomía (las autonomías pues desde luego Navarra es tierra irredenta) luego hasta, pasando por la desobediencia civil, proclamar unilateralmente la independencia y confiar que, a la postre, poco a poco, las naciones, España incluida, vaya aceptando el nuevo estado de cosas, irreversible ya.

Las viñetas de El Roto ilustran el proceso:

1) 3o de septiembre de 1998: rechazo de la Constitución y de la nación común española: Arzalluz, como un hombre del saco, abre y muestra un gran talego. Dice: «No cabéis en la Constitución, pero no os preocupéis, que yo os llevaré en mi zurrón».

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2) 23 de octubre de 1998: se hace campaña psicológica reivindicando la pureza e incitando al recelo, cuando no al odio, contra los elementos extranjeros perturbadores y contra los traidores, que siendo nuestros, no piensan como nosotros: Un individuo lee un cartel que reza: «Defiéndete de los intrusos. Vota Cromagnon».

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3) 24 de octubre de 1998: la campaña política se apoya en la violencia para ser realmente efectiva: una pistola de marca «Cromañón» queda convertida en urna electoral. Recuérdese la necesidad, invocada por los etarras, de implantar la «socialización del sufrimiento».

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4) 1 de diciembre de 1999: «El muerto al hoyo y el vivo al voto», dice una gigantesca cabeza magrittiana sin cuerpo que causa una parecida desazón a la  del Coloso de Goya. Abajo, de espaldas, se encuentra una figura algo encorvada tocada de chapela. El muerto, el expulsado o el exiliado (o el timorato que, aun no convencido, vota con la mayoría) no cuentan pues no votan. Vota tan sólo el vivo, que es nacionalista y que por eso ha quedado vivo. ¡Hemos ganado! Y además por las urnas, democráticamente. Nuestra victoria es legítima.

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5) Si surge algún conato de oposición, cada vez más improbable y apagado, cada vez además menos numeroso, se vuelven a empuñar las armas un poquito, de forma disuasoria, para tirotear a unos cuantos, pocos esta vez, tan sólo para que baste, sin levantar ampollas en la opinión internacional y en las instituciones supranacionales(viñeta de 2 de diciembre de 1999).

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6) Ya está creado definitivamente el ámbito etarra, llamado «vasco», de decisión (viñeta de 8 de diciembre de 1999). Ha costado mucho, pero ha merecido la pena y, en cualquier caso, nos ha costado infinitamente menos que a los enemigos, a quienes hemos dado matarile o amargado la existencia en caso de haberlos dejado vivos. Ya gobernamos en los municipios. (recuérdese al respecto lo que supuso la Asamblea de Municipios Vascos, agitación secesionista desde la base de los gobiernos locales y cuya cerrazón y fanatismo tan bien describe el Roto en su viñeta de El País del 26 de enero de 1999)

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Ya gobernamos también en las diputaciones y en el parlamento autonómico, con mayorías inapelables. El censo ha quedado depurado de todo elemento de raza inferior, así como de traidores. ¿Que algunos no nos apoyan sinceramente? No importa pues, como a nadie le agrada ser perdedor, se subirán al carro de la apoteosis nacionalista  y el miedo, la propaganda oficial y la corriente de opinión harán el resto. Es el momento soñado de convocar ese referéndum por la independencia, ganado de antemano. Resplandecerá un «sí» abrumador.

«Ese camino del odio al maketismo es mucho más directo y seguro que el que llevan los que se dicen amantes de los Fueros, pero no sienten rencor hacia el invasor» (Sabino Arana: «Bizkaitarra», nº 22)

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En definitiva, que sólo votarán los nuestros, que es cuanto expresa Mingote en la viñeta en la que aparece Ibarretxe enarbolando una ikurriña y afirmando que: «El pueblo vasco ejercerá su derecho a decidir en cuanto yo ejerza mi derecho a decidir quiénes son el pueblo vasco y quiénes no».

7) No debemos olvidar tampoco que el terrorismo ha conseguido además obtener la comprensión de importantes sectores de la izquierda nacional y, en concreto, de todo un presidente del Gobierno, dispuesto a negociar en términos de igualdad con aquellos que quieren destruir la nación común, el mismo presidente que dice aquello de que «el concepto de nación es discutido y discutible» frente a unos nacionalistas para los cuales el concepto de su nación no sólo no se discute, sino que a aquél que lo discute se le neutraliza o se le quita de en medio. Nunca llegó tan alto el terrorismo ni se mostró tan satisfecho el terrorismo como con el «talante» pactista (reservado por otra parte a izquierdas y nacionalistas) de Zapatero, bajo cuyo mandato el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos se volatilizaron. «La negociación era para ellos (algunos socialistas como Zapatero), no tanto una solución pragmática o el fruto de su obsesión por la paz, sino el reflejo de la comprensión histórica de las razones del terrorismo antifranquista y ultranacionalista de ETA». (Edurne Uriarte, «Culpadas, difamadas, silenciadas», ABC-10 de abril del 2011).

Haciéndose eco de tanta bajeza moral y de tanto despropósito «buenista», Mingote resume la situación en su viñeta de ABC el 6 de mayo del 2011, en que un guardia civil acaba de detener a un etarra encapuchado y le apunta con su pistola; el etarra, envalentonado por las circunstancias y la actitud del gobierno nacional, le espeta: «¡Usted no sabe con quién está hablando!».

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Pero ¡eso sí!, no ha conseguido nada el terrorismo… Miles son los casos concretos en que el terrorismo se salió con la suya, doblegó al Estado imponiendo lo que quería y defendía con las bombas y los disparos, en definitiva en que obtuvo y consiguió, satisfaciendo su voluntad: para empezar, que Guipúzcoa sea ahora «Gipuzkoa»; que no se instalara una central nuclear en suelo patrio (que los maquetos generen energía para nosotros); la imposibilidad y desvío consiguiente de autopistas programadas, previstas e iniciadas; la supresión del servicio militar obligatorio pues el Estado no puede hacer ya frente a una insumisión desbocada que le dejaba demasiado en evidencia, denunciando su debilidad y manifestando el hecho de que dentro de él se había enquistado y creado otro Estado que quería expulsarlo de sus dominios ; que el por entonces obispo de Bilbao, ese «tal Blázquez» en palabras de Arzalluz -pues no era vasco- y actualmente presidente de la Conferencia Episcopal Española, consultara a los sacerdotes de su diócesis, en un intento por adaptarse a las circunstancias y al «hecho diferencial vasco», si veían oportuno que asistiera a los funerales de las víctimas del terrorismo; que los diputados y concejales no nacionalistas, amén de empresarios, profesores, periodistas, deportistas, etc. hayan de llevar permanentemente escolta y se muevan por sus pueblos y ciudades como los conquistadores españoles en tierras ignotas y amenazantes, «la barba sobre el hombro» (que es cuanto denuncia Mingote en aquella viñeta en que un niño y una niña, escolares ambos, están hablando. Le dice la niñita al niñito: «Eso de que ahora todos los vascos vamos a ser iguales, ¿quiere decir que mi padre llevará como lo lleva el tuyo, un escolta para que no lo maten?»); y, porque la enumeración se haría interminable, un larguísimo etcétera.

Pero el terrorismo no consigue nada… No, ¡quia!, tan sólo, poco a poco, la ansiada secesión y ahora, además, ya de maneras democráticas, sin bombas y con el aval inatacable de las urnas.

La sedición, no sólo no va a encontrar auténtica oposición por parte del Estado, sino  además unas ciertas facilidades         , porque los políticos y medios de comunicación han asumido y hecho propios, legitimándolos así, los enunciados y dogmas nacionalistas cuya base y meta es el desprestigio, aislamiento y eliminación de España y que ésta y los españoles no sólo no deban ni puedan oponerse  a los planteamientos nacionalistas, sino ni tan sólo opinar sobre ellos y aceptarlos siempre y ceder y ceder y ceder ante ellos hasta que se consume su inanidad propia como españoles, paso previo a su desaparición. El vacío que deje España y los vacíos de los ciudadanos españoles irán siendo ocupados sistemática y organizativamente por Euskadi, Catalunya, etc. Es cuanto expresa Mingote en su viñeta en que el vasco y el catalán, sentados esperando su turno para la apertura inminente de la secesión, ven cómo, satisfecho, se les acerca el gibraltareño, preguntándoles quién da la vez.

Zapatero se prestó a ello con entusiasmo, contribuyendo activamente con su «talante». «El socialismo y el nacionalismo volvían a confluir tras aquella unidad antiterrorista del PP y del PSOE que dio lugar al Pacto antiterrorista y la Ley de Partidos, dos de los mayores logros políticos de la movilización social. Pero algunos socialistas como Zapatero, herederos de la izquierda antifranquista que apoyó a ETA, nunca creyeron, en realidad, en su derrota (de la ETA)». (Edurne Uriarte, «Culpadas, difamadas, silenciadas» ABC 10 de abril del 2011)

Que los terroristas llevan las de ganar ante las víctimas, queda perfectamente ilustrado por la viñeta de El Roto en El País del 9 de septiembre de 1999 en que una sombra, caminando por la calle y paralelamente a un coche de la policía, dice: «Esperemos que en el día del Juicio Final, los criminales no resuciten antes que sus víctimas»

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Efectivamente, el relato del pasado se tergiversa y se manipula la historia para consolidar la patraña del conflicto como consecuencia inevitable de la opresión de una nación sobre otra. Y el antiguo terrorista, liberado o amnistiado u obtenida su libertad por mor de la conquistada independencia, se consagra como héroe y, porque ha vencido y ostentará ya el poder para siempre, puede incluso mostrarse condescendiente con sus víctimas, que en realidad eran sus agresores y que le forzaron a él a defenderse matando. Ilustrativa es al respecto la viñeta de Mingote del ABC del 25 de noviembre del 2011, en que una pareja, sentada en una roca, contempla el Cantábrico; dice uno de ellos: «Hoy he coincidido en el ascensor con el que asesinó a mi padre. Me ha dicho que si prefiero subir por la escalera, lo comprenderá»; entre otros casos acude a la mente el de Pilar Elías, viuda de Ramón Baglietto, obligada a ver cómo el asesino de su marido instala una cristalería en los bajos del edificio en que ella vive, o más bien sobrevive a amenazas e intentos de que deje de molestar.

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¿De quién aprendería Zapatero ese arte envidiable que consiste en proyectar en el rival o enemigo las propias intenciones arteras y modificar  la percepción de las personas haciéndoles ver que es así, como él dice, esto es que lo que no es a todas luces, acaba por serlo, es. ¿De la sibilina y jesuítica hipocresía del PNV, quizás?… Dice Jon Juaristi, hablando del caldo gordo que el PNV hace a la ETA y al terrorismo: «… como el flamante cretino Josu Jon Imaz (no olvidaré las acusaciones de terrorismo que repartía entre los fundadores del Foro Ermua)… indeseables como el consejero Balza, el valedor de ETA…» (Jon Juaristi: «Contra el nacionalismo vasco», El País-22 de septiembre del 2000), si bien creo errado el término de «cretino» aplicado a Imaz, al cual conviene mejor  la expresión de, por mantenernos dentro de los límites de los buenos modales, «arteramente protervo» o «protervamente artero».

En la viñeta de El Roto del 1 de marzo del 2000, Arzalluz se dirige en un mitin a los fieles. Su micrófono es el hueso largo de, sin duda, un muerto.

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Cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco, cuando parecía que se tambaleaba la sinrazón, cuánto no se apresurarían y afanarían Ardanza y Setién, poder político y espiritual, para afeitarle los cuernos al toro de Ermua. «Que todo vuelva  a ser como antes», algo así dijo el por aquel entonces obispo de San Sebastián.

Lo que sí que dijo, desde luego, Iturgaiz, tras uno de tantos atentados, antes de ser secretario general del PP vasco, fue: «¡Nos están matando como a conejos!». Había que erradicar a la UCD primero, luego al PP y, por último, convencer mediante el miedo a los socialistas. En cuanto a las fuerzas de seguridad, había que ¡desmembrarlas!

En la viñeta de El Roto del País de 27 de septiembre de 1998, una señora, a quien falta una pierna, frente al televisor, con las manos en posición de oración, dice: «Yo, antes de ver los telediarios, siempre rezo por las víctimas».

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En la del 29 de noviembre de 1998, se ve a un hombre y una mujer de espaldas. Dice él: «¡Ojalá sea posible la liberación de los presos…»; a lo cual ella responde: «… y la resurrección de los muertos!»

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La ETA y los nacionalistas todos nos han hecho la vida imposible al resto de los españoles con sus atentados, con sus caprichos de nenes mimados y sanguinarios, carentes de escrúpulos, con su victimismo saca-perras, con sus mentiras, con su adoctrinamiento de la juventud y manipulación de la Historia, con su odio visceral y vesánico a España. «Ya lo sabéis, Euzkeldunes, para amar el Euzkera tenéis que odiar a España» («Bizkaitarra», nº 31)

Reveladora la viñeta de Mingote en ABC, del 18 de enero de 1997, en que un exaltado blande una antorcha mientras corre y vocifera «¡Libertad para Euskadi!». Bajo él, bajo tierra, dentro de un diminuto cubo que le impide erguirse, está Ortega Lara, sentado en el suelo sujetándose las rodillas y hundiendo la cara en los antebrazos. A la izquierda, un tocón como un muñón; a la derecha una culebra, la de la ETA, horadando la tierra como un gusano de pudridero.

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D) Siendo y estando así las cosas, puede decirse que esta sociedad nuestra necesitaba una auténtica catarsis como la que le brinda la película que aquí se comenta. Que en cuatro fines de semana, casi cuatro millones y medio de espectadores la hayan visto, que lleve recaudadas ya casi 25 millones en ese período de tiempo, que sea la película en español más taquillera de la historia y que, internacionalmente, se halle en el puesto quince de filmes más vistos (una hazaña teniendo en cuenta lo que son los mercados angloparlantes e hindú), sólo se explica por esta necesidad de limpieza y de purificación a través de la risa, frente al miedo que durante tantos años nos tuvo atenazados.

El miedo es ambivalente; por una parte, es instrumento de supervivencia por cuanto que detecta el peligro y permite la reacción que conserva la integridad del individuo y del grupo; pero, por otra parte, es causa de angustia y cuando ésta se hace mayúscula, dificulta y pone en peligro esa misma supervivencia. Se trata pues de eliminar esa angustia y, como hablamos tanto de supervivencia como de angustia colectivas, la solución también habrá de ser colectiva. Nos dice Antonio Fava: «La representación de los temores lleva a la solución momentánea de las angustias, tanto privadas como colectivas, generadas por el propio temor» y añade: «La repetición y sistematización de las representaciones de los miedos generan un régimen de equilibrio entre «ineluctabilidad/continuo retorno» de los miedos y el «modo de gestionar/soportar» esos mismos miedos». Es así como nacen las artes escénicas. «Ocho apellidos vascos» tiende a la catarsis, a la superación de las angustias. Aunque refiriéndose al teatro cómico en general, cabe aplicarle a la película (cómica al fin y al cabo) este comentario de Fava: «libera de angustias con una eficacia y una rapidez ignotas a los otros géneros (tragedia, drama, épica, etc.)»

En las salas de proyección de nuestra película, se desencadena una risa que quiere sacudirse de encima, ¡por fin y para siempre!, el temor a los asesinos, el temor a defender España, el temor a decir la verdad. La risa es llave que abre al espectador las puertas de la libertad de opinión y de la libertad de conciencia, amordazadas hasta entonces por los asesinos, los matones y los beatíficos hipócritas. Qué bellas se nos aparecen estas palabras de Fava: «Il comico sbriciola letteralmente le paure scatenando la gioia della comunità espressa nella fragorosa risata liberatoria collettiva. L´attore comico (léase aquí, la comedia, esta película) non suscita emozioni né solleva problematiche ma: esponendole alla loro destruzione, le risolve. Lo spettatore che ride è rasserenato. È salvo» (Lo cómico desmiga literalmente los temores desencadenando la alegría de la comunidad expresada en la estrepitosa risa (carcajada) liberatoria colectiva. El actor cómico -léase aquí, la comedia, esta película- no suscita emociones ni eleva problemáticas sino que, exponiéndolas a su destrucción, las resuelve. El espectador que ríe queda serenado. Es salvo»· (todas las citas de Antonio Fava han sido tomadas de su libro «La maschera comica nella Commedia dell´Arte»).

El espectador español puede, al fin, reírse de lo vasco, del nacionalismo y del terrorismo, sin temor a que le tachen de reaccionario o de anti-vasco. ¡Si hasta parece un milagro: me río del vasco como de cualquier otra persona!

El espectador percibe inconscientemente la conquista, su conquista, y se siente feliz, sí, pues ha ido incluso más allá de lo meramente apotropaico, que es la conjura de una amenaza. Ha conquistado su libertad de ciudadano.

Éste, y no otros meramente coyunturales o incluso peregrinos, es el motivo del éxito de «Ocho apellidos vascos». Lo que ocurre es que los lodos de los rubores que nos asaltan a los españoles, y sobre todo a periodistas, pensadores, intelectuales y políticos, pesan mucho aún y el tabú nacionalista es, cuando menos, ponderoso. El propio director, Martínez Lázaro, a quien no hay sólo que felicitar sino además agradecer profundamente el regalo que nos ha hecho a los desgarrados españoles con su película, incurre en estos sonrojos: «… me gustaría ver si por parte de los españolistas más exaltados se admitiría una parodia así. Me da la sensación de que no». (entrevista en El País, de 6 de abril del 2014. Autor: Jesús Rey Montilla) ¡Ya salió aquello del españolismo!… Como nuestro director padece del ruborizante temor de que, por reírse del nacionalismo, le motejen de franquista, ha de recurrir a esa especie de nefasta «equidistancia». ¡Españolismo!… Pero si en España, por no haber, no hay ni patriotismo. A los no nacionalistas y a los maquetos los han arrojado a las tinieblas exteriores del fútbol cuando no les han pegado un tiro en la nuca. Creo que, aunque tan sólo en parte, Jon Juaristi  («Vasco-andaluza», en el ABC de 30 de marzo del 2014) acierte al afirmar a propósito de la película: «Es cierto que ha cosechado el favor de la inmensa mayoría que no está con las víctimas ni con Bildu, pero eso no supone coincidir con la moral de la democracia, sino con la amoralidad de la equidistancia, algo a lo que el cine español nos tiene acostumbrados en tu tratamiento del terrorismo etarra desde los orígenes mismos de la transición». Y digo en parte pues creo que atañe sobre todo a los creadores de opinión (artistas e intelectuales en general) y no tanto al espectador ingenuo. Si en el espectador se diera equidistancia -otra cosa es que nuestro compromiso cívico no sea siempre el que debiera ser-, la película no desataría tales carcajadas ni habría obtenido tamaño éxito.

Una última cuestión. Afirmaba Iñaki Arteta, autor entre otros del documental «Trece entre mil»,  mucho antes de la realización de esta película, que la herida del terrorismo sigue muy viva aún en el País Vasco y en el resto de España como para convertirla en comedia; que era algo que él, hoy por hoy, veía difícil de llevar a cabo. De la misma opinión es Jon Juaristi, tal y como expresa en el mismo artículo previamente citado: «La tragedia de ETA sigue formando parte del paisaje cotidiano del País Vasco, y se resiste a su transformación en comedia. El tiempo no ha empezado a desgastarla». Sin embargo, y quizá me equivoque, la realidad parece desmentir sus apreciaciones.

Añade Juaristi que «muy significativamente, la película de Martínez lázaro ha irritado tanto a las víctimas del terrorismo como a la izquierda abertzale por un mismo motivo -la visión cómica de la kale borroka-, aunque por razones distintas, evidentemente».  Con respecto a las víctimas, creo que han de hacerse a la idea de que no se trata de un documental, sino de una comedia tout court, esto es no es comedia satírica, y que por tanto no moraliza tanto ni condena tan abiertamente, sino que lo que persigue es crear situaciones de quid pro quo, circunstancias ridículas, enredos, que susciten la risa. Creo sinceramente que la película (otra cosa es lo que declare su autor toreando, según cree él conveniente, para la galería en la entrevista de El País) no es equidistante, sino de clara mofa de lo irracional, insensato, absurdo, injustificado, feo y mezquinamente tribal del nacionalismo y que esta clara mofa acaba por diluir esa primera oposición cómica de tópicos entre el andaluz y el vasco. Está claro que la película, afortunadamente, va mucho más allá. La película se va decantando y toma partido por la razón. Si no, no podría darse esa catarsis de la que se habló anteriormente y que me resulta innegable. No debe confundirnos el hecho de que, aunque el objetivo de la película cómica sea la purificación y por tanto se trate de un elevado objetivo, la obtención de esta catarsis se lleva a cabo en niveles psicológicos bajos mediante personajes y situaciones ridículas, pero ello no supone trivializar, por ejemplo, la violencia, sino rebajarla, desvestirla de su envoltorio y argumentaciones falaces, desmitificarla, mostrarla en su auténtica faceta absurda y profundamente ridícula, desposeerla de cuanto nos atemoriza.

En cualquier caso, esta comedia observa el precepto, cómico, de que, tras del caos in crescendo, la realidad y la vida vuelvan a sus cauces naturales: que triunfe la primavera, que triunfe el amor de todo obstáculo. En esta película, esa traba no viene dada por un pretendiente viejo que impida el emparejamiento de la juventud, sino por unos prejuicios -más que viejos, decrépitos-, los prejuicios nacionalistas, que son vencidos al final, anunciada ya esta victoria por la aceptación por parte de Koldo de tener nietecitos del Betis y culminada por la aparición de Amaia en Sevilla montada en un simón y jaleada por las sevillanas de los del Río. Amaia acaba, aunque mucho haya costado, por sacudirse las pieles viejas de Euskal Herria y del antiespañolismo, como una serpiente mudando de piel en primavera, y vestirse de libertad.

El balance pues, en mi opinión, es más que positivo. No obstante, creo que hay algo que lastra la película y que hace que, con el transcurso de los días, en lugar de aumentar su atractivo, su interés y su recuerdo, éstos vayan menguando. Creo que ello se deba a que su planteamiento, por lo que al guión se refiere, remite más a la teleserie que al auténtico cine y así se resienta posiblemente de una visión un tanto miope frente a la mirada de halcón o de águila del largometraje genuino y dé, además, en una cierta inconsistencia de los actores que atiendan quizá más al gag o golpe que a una auténtica construcción maciza del personaje, etc. Ya dijo Fellini que la televisión carece de estilo y nunca podrá poseerlo.

Contacto: Iñaki Arteta

Entrevista en audio al director de cine Iñaki Arteta, autor de documentales como «El infierno vasco» o «Trece entre mil», a propósito del terrorismo de ETA y sus consecuencias para las víctimas. Hablamos con él de su último proyecto de documental, «1980» y también de otros temas relacionados con el mundo audiovisual: la financiación colectiva, la función social de los documentales, nuevas vías de explotación comercial, etc.

Web oficial 

1980

El director vasco Iñaki Arteta se ha embarcado en un nuevo proyecto de documental, que se titulará «1980» y versará sobre el año más sangriento de la banda terrorista ETA. Según Arteta, en el presente, tras  la disolución oficial de la banda, España corre el riesgo de «pasar página» sobre las cuatro décadas de terrorismo y resulta especialmente trascendente repasar episodios como estos, con 100 asesinatos, cientos de explosiones, decenas de secuestros, y todo en un solo año.

El proyecto de documental surgió tiempo atrás pero, según el director, hasta ahora ha sido imposible conseguir la financiación suficiente, por lo que recientemente su productora ha puesto en marcha el sistema conocido como «crowdfunding» o «financiación colectiva», es decir, ha habilitado una cuenta bancaria en la que cualquier persona comprometida con el proyecto puede realizar su aportación. A cambio, el director se compromete a incluir su nombre en los títulos de crédito y -para aportaciones mayores- incluso obtener una parte de los beneficios derivados de su comercialización.

Web oficial

Stéphane Hessel, el indignante

Su opúsculo “Indignez-vous” (Indignaos) está en el origen de los actuales movimientos de indignación social, acordes con una sociedad ultramediática, generadora y dependiente de noticias espectaculares y someras a la vez -condiciones ambas necesarias- y que tengan un impacto globalizante y globalizador, condición esta suficiente de por sí.

Stéphane Hessel denuncia cómo los grandes principios democráticos que brillaron tras la derrota de los totalitarismos fascistas (que no del comunista) y cuya máxima expresión se culminó con la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la que él mismo, como tanto gusta de recordar -y tiene motivos para sentirse orgulloso- tomó parte, se han ido desvirtuando progresivamente en una sociedad que ha ido sancionando, de facto y de espaldas a sus propios principios y proclamas retóricas, la desigualdad y la injusticia sociales. Hessel habla y analiza, con bastante liviandad por otra parte, desde una perspectiva humanista, cargada de buenas intenciones. Hasta aquí sus virtudes.

Pasando a los defectos, digamos que su visión es bastante simplista y su discurso, carente de unidad y de auténtica coherencia, se muestra falto de una auténtica visión de conjunto o de sentido de la historia. A este respecto su volátil explicación de Hegel y del progreso es menos que escolar, menos que de Telediario. Otro tanto ocurre con la explicación de su supuesta contrapartida, cifrada por él en Walter Benjamin: pobre y casi estrambótica, con un dibujo de Paul Klee de por medio, traído por los pelos.

Peor que todo ello es que de sus líneas emana un optimismo natural que recuerda demasiado al “optimismo antropológico”, insustancial y fantasmagórico, que bien conocemos por estos pagos.

Stéphane Hessel es indignante. Doblemente. En primer lugar porque su opúsculo ha creado indignados, esto es personas que muestran su indignación. En segundo lugar porque, cuando aborda la cuestión del terrorismo, sus argumentos habrán de crear en el lector desasosiego, primero, y luego, verdadera indignación. Se ha dicho que el movimiento indignado era, en el fondo, acrítico. Creo que sea crítico con parcialidad. Como el propio Hessel.

A raíz de una reciente visita suya a Gaza, condena la política israelí. Habría mucho que matizar, pero su postura es legítima en términos generales o absolutos. El problema, junto con nuestra duda o sospecha, surge cuando afirma: “Lo sé, Hamás, que había vencido en las últimas elecciones legislativas, no ha podido evitar el lanzamiento de cohetes contra ciudades israelíes, como respuesta…” “No ha podido evitar”…Merece un SIC con mayúsculas y sin paréntesis.

La mención de este conflicto y su rápida descripción le meten de lleno en harina. Tomando como referente a Sartre, afirma: “Y es aquí donde me sumo a lo expresado por Sartre: no se puede excusar a los terroristas que ponen bombas. Se les puede comprender.”

¿Qué esconden estas palabras? Hay varias posibilidades y desde luego la siguiente lista no es exhaustiva:

• Yo no pongo bombas, yo no mato; respeto la vida del prójimo… pero digo yo que por algo se pondrán bombas.

• Como no participo del problema, que lo veo de lejos, tan sólo opino y enjuicio, no actúo; ahora bien, quien esté allí, donde se cuece el conflicto, hace bien en poner bombas y asustar un poco.

• Yo mataría, pero me asustan las consecuencias de mi acto: cárcel, tortura, muerte propia, etc. y por tanto me abstengo de la acción directa.

• Podría matar, incluso debería, pero no lo hago por comodidad; no me compensa.

• Yo no voy a matar porque es muy desagradable, pero desde mi despacho, desde mi cátedra, desde mis artículos o libros, desde mis discursos, etc. voy a animar a que otros atenten por mí; tiraré la piedra dialéctica, pero esconderé la mano para que otros tiren la piedra real.

¡Cuántas veces no habremos escuchado eso de que “no comparto el terrorismo, pero lo comprendo”, a propósito de la OLP o de Hamás o de Hezbolá; o del IRA; o de “Sendero Luminoso”; o de la “Baader-Meinhoff” y las Brigadas Rojas; o de nuestra ETA… incluso.

La acción directa, el atentado, el terrorismo son lo propio, según nos enseña Ortega y Gasset, del totalitarismo y del hombre-masa, base social y consecuencia política de ese mismo totalitarismo. El hombre-masa no reflexiona, es violento y expeditivo; quiere resultados tangibles y los quiere y exige deprisa pues la paciencia requiere reflexión, respeto, estudio. El hombre-masa es radicalmente inmoral: no se pregunta por los medios; su fin, el fin compartido con los demás hombres-masa, es cuanto le afecta e importa.

Se gana o se pierde, mas siempre habría de ser en buena lid, con fair play, con deportividad, como diríamos ahora. Es la postura hidalga ante el rival, ante el enemigo, ante el problema, ante la división de opiniones, ante el conflicto, ante la guerra, ante cualquier lucha, sea de la índole que sea. Es la postura que reivindica el moral Montaigne, quien comentando cómo el romano Lucio Marcio venció a Perseo, rey de Macedonia, valiéndose de una treta, dice: “Los ancianos del Senado (romano), pues recordaban las costumbres de sus padres, denunciaron esa práctica como enemiga de las formas de antaño, que eran las de combatir desde la virtud, no desde la astucia, ni por sorpresa o mediante emboscadas nocturnas, ni por huídas fingidas o escaramuzas inopinadas, no trabando guerra más que después de declararla e incluso después de haber asignado hora y lugar de la batalla.” Moral del auténtico soldado frente a toda marrullería, siempre cobarde, siempre traición.

Montaigne, estoico, tan sólo concibe el ataque “en corto y por derecho”, por emplear la terminología taurina; atacar y defenderse de frente y con arrojo. Trasladando las palabras y las opiniones del pensador francés a nuestros tiempos, si ya la guerrilla es claramente censurable, ¿qué no diría del terrorismo? “La contrariedad y diversidad tensan y aprietan en uno mismo la conducta recta y la inflaman por el celo de la oposición y de la gloria”. La ética del estoico, la nobleza del hombre cabal y una auténtica estética, la conciencia del comportamiento bello, el sentido de lo bello. En la masa y en el hombre-masa, ni ética ni estética. Pero claro, Montaigne escribe en el siglo XVI; Ortega en pleno apogeo de totalitarismos comunista y fascista, y en los albores del nacional-socialista.

Los orígenes del terrorismo podrían cifrarse en los primeros atentados del nihilismo ruso, movimiento “endemoniado”, que es el título (“Los endemoniados”) que da Dostoievski a la estremecedora novela en que describe a esos sus protagonistas en sus actos y en su contexto social. Toma el relevo el anarquismo internacional pues hay que hacer tabula rasa del mundo antiguo para construir el nuevo y para ello hay que destruirlo todo previa e inevitablemente. Con los totalitarismos luego, el terrorismo se afina, tornándose sibilino y calculador. “Matar a uno para amedrentar a mil”, reza un proverbio chino. “Doctor Mabuse”, de Fritz Lang, es la traslación a la ficción del ascenso del nacionalsocialismo en la realidad. La multiplicación de atentados genera tanto temor en la población que ésta se entregará en cuerpo y alma al primero que le garantice la seguridad de sus vidas, en primera instancia, y a ser posible también de sus haciendas. Llegamos luego a los terrorismos nacionalistas y de “liberación” patriótica: palestino, irlandés. Mayo del 68 generará la banda Baader-Meinhoff alemana y las Brigadas Rojas italianas cuya alma mater será un profesor universitario. En España tenemos a la ETA. Surge también el terrorismo teocrático: todos los que no habiendo sido ajusticiados ya o no estén pudriéndose en las cárceles del país, por haber podido escapar a tiempo, todos los que con Jomeini derribaron al Sha, con intención de fundar una Persia democrática, serán eliminados uno a uno por la larga mano del Teherán teocrático e inquisidor. No olvidemos tampoco el espantoso terrorismo de extrema izquierda, generalmente de inspiración maoísta, en Hispanoamérica, que a su vez generará contraterrorismo no menos brutal por obra de paramilitares. Y dejando en pañales a todos, el fundamentalista islámico actual: Al Qaeda en primer lugar, talibanes, espontáneos afines y el checheno que no ha respetado ningún tabú de “inocentes” pues se ha cebado en enfermos y viejos (secuestrando y matando en un hospital), así como en niños (secuestrando y matando en una escuela).

Ahora bien, en una amplia perspectiva histórica, el más claro precedente del terrorismo como tal es el magnicidio, que existe desde que hay hombre y desde que hay poder. No en vano, para Freud, la culpa, el sentimiento de culpa, nace filogenéticamente con la muerte del macho dominante a manos de los otros machos, más jóvenes e inferiores en rango. En pleno siglo XVI, el prestigioso teólogo jesuita padre Mariana, en su obra “La institución de la dignidad real”, teoriza sobre el tiranicidio. Partiendo de la premisa de la libertad inalienable del pueblo y argumentando que el sistema monárquico es el mejor por ser el más conforme al gobierno de la naturaleza y aunque el asesinato sea siempre un crimen, postula que, a falta de otros medios, dejará de serlo e incluso pueda glorificarse si se da muerte a un rey injusto y violento, convertido en tirano pues que “los reyes son para la sociedad y no la sociedad para los reyes”. Y entonces, frente el monarca sublevado ante sus obligaciones, la sociedad no sólo tiene ya el derecho, sino el deber, de castigarle. Mediante la muerte incluso.

El padre Mariana es un intelectual. Vive en las alturas. Su constructo es teórico, su argumentación es la de la razón crítica. ¿Pensó él realmente, previó él que su obra pudiera dar pie a una materialización, al acto en sí? ¿Pudo prever Nietzsche que su superhombre, ente personal, íntimo, aguerrido, voluntad de poder frente a sí mismo, fuera tan mal y aviesamente malinterpretado por el nacionalsocialismo y convertido en mito racial y ultranacionalista, irracional, colectivo, voluntad de poder asesina y popular. (A este propósito puede ser muy ilustrativa la película de Hitchcock, “La soga”, en que dos estudiantes, de gran torpeza intelectual y fanatismo en definitiva, deciden eliminar a un compañero “inferior” para llevar a la práctica (asesina, claro) las ideas, asaz nietzscheanas y teóricas, de su profesor de facultad.) Las ideas de Mariana, privadas de su sustancia teórico-intelectual, arrancadas a su contexto universitario y teológico, llegan a oídos de seres vesánicos e intransigentes para quienes todo se reduce a que hay que matar para salvar a un pueblo amenazado -que, por otra parte, suele ser el elegido-, o una idea -siempre la justa-, o una religión -la única y verdadera-. Y así Jacques Clément asesinará a Enrique III de Francia y Ravaillac al buen cínico de Enrique IV. Para salvar al catolicismo. Tanto es así que el libro de Mariana se quemará públicamente en París pues se pensó que pudo haber sido causante y justificación de aquellos dos regicidios.

Sea como sea, y a pesar de todo, el jesuita padre Mariana es un intelectual como la copa de un pino.

Tornemos a Hessel: “No se puede apoyar a los terroristas… No es eficaz y el propio Sartre acabará por preguntarse al final de sus días por el sentido del terrorismo y acabará también por dudar de su razón de ser. Decirse que “la violencia no es eficaz” es mucho más importante que saber si se debe condenar o no a quienes la practican. El terrorismo no es eficaz.”

1967. Un año antes del célebre mayo del 68. Godard rueda “La chinoise”. Un grupúsculo maoísta ha de llevar a cabo un asesinato político. La protagonista se entrevista en un tren con un profesor de la facultad en la que estudió, ¿en alusión a Jean-Paul Sartre? La terrorista en ciernes quiere su opinión. El profesor le desaconseja el atentado porque lo considera ineficaz e incluso contraproducente para la revolución. No obstante lo llevará a cabo, pero lo que aquí interesa es que el profesor tan sólo considere el acto bajo el prisma práctico, esto es si sirve o no para la causa, que desde luego no se cuestiona por ser verdad irrebatible, la de la revolución, la del mundo nuevo. La perspectiva moral, la del padre Mariana, ni se vislumbra. No es pertinente. ¿Es lícito matar? ¿Habría una casuística del magnicidio? Eso son cosas de cura reaccionario. Sólo hay una moral y es la revolucionaria. Y es lícito pues eliminar todo obstáculo y esto sea como sea y al precio que sea. Sin sentimentalismos. (Cabe aquí sacar a colación la película de Marco Bellocchio, “Buongiorno, notte” (2003), que recrea el secuestro y posterior asesinato de Mariano Rumor, a cargo de las Brigadas Rojas. Los breves diálogos entre el político y sus captores evidencian no sólo la sensatez de aquél y la sinrazón de éstos, sino también cómo el político secuestrado representa realmente al pueblo, mientras que los raptores sólo se representan a sí mismos.)

Recuerdo que al principio de los años 80 nuestra ETA asesinó por equivocación a una persona. El M.C. (Movimiento Comunista), de inspiración maoísta, con una cierta implantación en el ambiente universitario de la época y que luego se integraría en el País Vasco en la trama de la ETA, lamentó la confusión. Eso fue todo. De lo cual se concluye que hubiera sido lícito matar a la persona indicada, es más, que fue lástima haber errado el tiro tan torpemente.

En una asamblea de mi facultad para tratar de no recuerdo ya qué agresión, ante la afirmación de uno de los allí presentes de que había que condenar los crímenes de ETA, el “moderador”, que era del M.C., afirmó “sin que se le moviera un pelo” que no se podían equiparar las agresiones del poder represivo con las llevadas a cabo contra los agentes de esa misma represión y que el pueblo tenía que hacer por defenderse.

Y basten ya los recuerdos personales.

Para el señor Hessel no es cuestión de condenar el terrorismo como tal y por lo que supone: asesinato, desprecio de la vida y de la libertad en general como valores absolutos, así como de la vida del prójimo en particular, amén de ser la más fehaciente muestra de intolerancia posible. No, El señor Hessel es maquiavélico: el fin justifica los medios. El terrorismo es ineficaz, no vale para la consecución de los objetivos marcados y por tanto debe dejar de practicarse; mas entonces, si fuera eficaz, nada debería impedir el ejercerlo. El recurso al terrorismo quedaría justificado.

Todo terrorismo, por totalitario, conduce inexorablemente a una dictadura. Quizá se trate entonces de llegar a ella con mayor efectividad. Quizá haya otras maneras mejores de generar pánico puntual que se convierta en temor generalizado luego; quizá haya otras maneras para pudrir moralmente a la sociedad. Ambos son medios que abocan a la tiranía, el fin último.

Que el terrorismo sea también intoxicación moral que nubla la capacidad de distinción entre el bien y el mal, tampoco es relevante. Lo que importa es ser prácticos. Por otra parte, quizá palabras y conceptos como bien y mal carezcan de glamour progresista, huelan demasiado a carca.

Al final del opúsculo, y contradiciéndose, Hessel afirma: “Ha sonado la hora de que la preocupación ética, de justicia… sea prevaleciente.”, pero son palabras que llegan tarde y que por ello suenan a falsedad. Por ello, cuando usted recalca que nada con violencia y en sus declaraciones a televisiones y prensa insiste en ello, amonestando a los jóvenes contra la tentación de la agresión, sus bienintencionadas palabras carecen de crédito, tanto moral como intelectual. Citemos a Benedicto XVI: “(las conductas terroristas son) patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética.” Obviamente, la religión sólo obliga al creyente en las cuestiones de la fe, pero la ética obliga a todos. El obviarlo resulta indignante.

Por otra parte, cómo puede afirmarse que el terrorismo no sea eficaz. No se lo achaco a mala fe, sino a peligrosa ingenuidad. El terrorismo claro que es eficaz. Muchísimo. Si no lo fuera, ya hubiera dejado de practicarse, sobre todo porque es costoso. No es el momento ni el lugar de refutar en la teoría y en la práctica, mediante casos concretos, la liviandad de la afirmación de Stéphane Hessel, pero permítanseme los dos breves ejemplos siguientes, de lo más pedestre y evidente, sin citar otros que requerirían interpretaciones y que no suscitarían quizá unanimidad. Allá van: El terrorismo etarra (amenazas, robos, bombas, secuestros y asesinatos) impidió la construcción y puesta en marcha de la central nuclear de Lemóniz; como también obligó a modificar el trazado inicialmente previsto de la autovía vasca. Basten estos irrebatibles botones de muestra.

Por cierto me extrañó no verle a usted con Gerry Adams, Pierre Joxe y el bueno de Koffi Annan en la conferencia por la paz que tuvo lugar en San Sebastián hace unas pocas semanas. Al fin y al cabo usted piensa que la condena (o no) de los terroristas por sus actos, es cuestión baladí. ¿Qué mejor contexto que aquél para manifestarlo? Y para invitar a Josu Ternera y sus muchachos a deponer las armas porque se han vuelto contraproducentes para la independencia de Euskal Herría ¡Qué ocasión para la gloria que perdió usted! Hubiera sido bello, en una conferencia de prensa posterior, oírle a usted disertar sobre la eficiencia de los medios. Debiera usted haberse dedicado a la economía o a los negocios.

Y ahora en serio, señor Hessel, muy en serio. Usted no es ningún terrorista. Usted realmente ansía el bien para toda la humanidad, pero al escribir ha sido usted víctima de falta de rigor y por ello su opúsculo se resiente, y mucho, de la carencia de dimensión ética verdadera. ¿No ve usted que en ese contexto, sus admirados y también muy admirados por mí y por millones de personas, el general De Gaulle y Jean Moulin, quedan mancillados, por establecer usted con ellos una filiación política o intelectual, dentro de ese contexto de amoralidad? E insisto: lo suyo es achacable a atolondramiento, no a maldad, pero en esto no se puede proceder frívolamente por querer seducir a los jóvenes.

Mariano Aguirre
Actor, dramaturgo, productor teatral y director de “La Troupe del Cretino”.