Golpe de mano
Tras la denominada “masacre de Toulouse”, en la que -supuestamente- Mohamed Merah, un “terrorista” francés de origen argelino, asesinó a siete personas, el Presidente francés, Nicolas Sarkozy anunciaba el endurecimiento del Código Penal para permitir que los usuarios habituales de páginas web filoterroristas sean condenados. La medida es equivalente a la ley francesa que castiga con multas de hasta 30.000 euros y dos años de cárcel a usuarios de sitios web que alojen pornografía infantil.
El momento elegido para anunciar la medida no es casual: una reforma de esa envergadura exige que los motivos sean proporcionales. Pensemos que, para que el Estado conozca el número de veces que un usuario ha visitado cierta página web, éste debe “monitorizar” la actividad de los ciudadanos en la Red. Los instrumentos para hacerlo serán unos u otros, pero el resultado es que nuestra actividad online será objeto de seguimiento. Y ¿quién no está dispuesto a ceder un poco de privacidad, si con ello se evitan asesinatos en masa?
El pasado domingo, el Sunday Times anunciaba que Gran Bretaña aprobará una ley que permitirá “monitorizar” en tiempo real las llamadas telefónicas, los correos electrónicos, los mensajes en redes sociales y las visitas a páginas web de todos los usuarios de Internet, con el fin de evitar delitos. Google, sin ir más lejos, se ha escandalizado ante la medida, por lo que implica de ataque a la intimidad.
Y es que, técnicamente, resulta posible hacer estas cosas. No piensen que para ello se precisa una legión de espías conectados a nuestras líneas telefónicas: basta con algunas aplicaciones informáticas. Gmail, por ejemplo, analiza los contenidos de nuestros correos electrónicos y nos ofrece automáticamente publicidad relacionada con ellos. De ahí a establecer un sistema policial de vigilancia, en función del contenido de nuestros mensajes, hay un solo paso: el legal.
En España aún no se han implantado medidas equivalentes, aunque se está avanzando en ese sentido. La Ley Sinde no penaliza al usuario de páginas web delictivas, pero lo que sí hace es culpar a los propietarios de páginas web del contenido enlazado con ellas. Es decir que, si en uno de nuestros artículos, por ejemplo, enlazamos un vídeo que pueda considerarse ilegal -porque incumpla los derechos de autor, porque difame a alguien, porque haga apología de la violencia, o por cualquier otro motivo-, estaríamos incurriendo en un delito, aunque ese vídeo no haya sido producido, ni alojado, ni subido a Internet por nosotros, y aunque no estemos de acuerdo con su contenido y lo incluyamos como mera cita.
Tener “mano izquierda” significa poseer la habilidad o astucia para resolver situaciones difíciles. Sarkozy ha demostrado mucha “mano izquierda” en tanto en cuanto frente a una crisis nacional, como la masacre de Toulouse, ha conseguido no sólo no pagar el precio político de la supuesta “liquidación“ de Merah (se decía que podría tener un pasado en el servicio secreto), sino también aprobar una ley que nos llevará a la cárcel por visitar páginas web ilegales, es decir, por descargar películas pirata. En términos militares, a esto se le llama un “golpe de mano”.
La sauna
(Sobre la huelga general del 29 de marzo, las elecciones asturianas del 25, el movimiento 15M, Garzón, las políticas vigentes, Dios, el mundo, el hombre… Es decir, sobre fenómenos metafísicos).
El pueblo está crispado. El mejor indicador es la cháchara que se mantiene en esos lugares semipúblicos donde la gente se reúne durante un rato para hacer algo. Las peluquerías son el ejemplo clásico, pero hay otro ejemplo mejor y mucho más poético: las saunas. Aunque las “instrucciones para un correcto uso de la sauna” recomiendan no hablar en su interior -porque se cargan las vías respiratorias- es raro que los usuarios guarden silencio; y por algo será.
Nos referimos aquí a las saunas municipales -a esas que son casi gratuitas- y no a las opulentas saunas de balnearios, spa y talasocentros, que son muy diferentes, no porque haga más calor en su interior -que no lo hace: 90 grados en las municipales es una buena cota-, sino porque el visitante allí es ocasional. En las saunas municipales, en cambio, los usuarios somos habituales, nos conocemos, aunque sea de vista. Y qué vista.
Como en Roma, hace un par de milenios, las conversaciones en las saunas, entre hombres libres, versan eminentemente sobre deportes (gladiadores-futbolistas), y sobre eso a lo que entonces se llamaba la Res Publica, es decir, “la cosa pública”, el Estado. Que si el Sporting, que si crisis, que si desempleo, que si corrupción, que mira Urdangarín -y mira la infanta, que se va de rositas-, y mira el Barça, que eso no se hace, y más recortes, y más corrupción (casos hay de sobra) y Garzón y la cama que le han preparado y ¿te acuerdas de Manolo?, pues le han echado a la calle, con 50 años, tres hijos y la hipoteca, y vamos a tener que emigrar, dígotelo yo, mira mi hijo, en Alemania está.
Como se verá, la cosa no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos precristianos: estamos de acuerdo en el sudor y en los apuros, pero de poco sirve. Por mucho que sudemos, seguimos envejeciendo y por mucho que nos apuremos, la cosa pública sigue apretando. Y ahoga, sí.
La impotencia reina en la sauna, también cuando se habla de estos temas. Es igual que cuando se habla de los elementos, de la lluvia, de la nieve, del calor que hace aquí, joder, uno no espera resolverlos, por mucho que proteste. Son milenios de lamentaciones vanas y ya vamos aprendiendo. El próximo día 29, por ejemplo, la huelga general ha sido convocada. No servirá para nada, los de la sauna lo sabemos. Saldremos con buenas intenciones, con pancartas, con razón, nos harán fotos, vídeos para la tele -a ver si me veo-, y al día siguiente, todo igual. Da lo mismo que nos manifestemos, que acampemos en la plaza de la Escandalera, que votemos a unos u otros, en blanco, que no votemos, o que nos partamos el lomo a trabajar; que estudiemos dos carreras (tres idiomas y un Master), que aceptemos sueldos miserables… da igual, no importa. De nada vale.
Por ejemplo, tenemos este libro. Ha sido redactado por economistas, politólogos -por expertos, vaya-, y propone cambios concretos que se podrían adoptar -que se deberían adoptar- para superar la crisis y mejorar la vida de la población. No habla de recortes, ni de despidos, sino más bien de responsabilidades y de estructuras. Pues bien, este libro, esta propuesta pacífica y bien fundada, no sirve para nada. Valdría más publicarlo en edición impresa, en tabloide a poder ser, y buzonearlo. Así, a lo mejor conseguíamos que el mandamás de turno, en su momento de mayor inspiración (y no daremos más detalles al respecto), echara un vistazo a las propuestas de estos sesudos compatriotas y las asimilara como propias. Ni ley Sinde, ni SOPA, ni SGAE: seguro que los autores del manual estarían encantados de ser plagiados, con tal de que alguien se decidiera a arreglar el entuerto.
Estaba cerrada, el domingo pasado, la sauna. Decía el cartel que por problemas técnicos. Esperemos que los recortes no lleguen hasta ahí, porque -ojo- nunca se sabe de lo que es capaz uno cuando le despojan del pequeño espacio en el que habita, aunque sea eventualmente y con un puñado de -no menos eventuales- amigos sudorosos. Acabarían por llamar a los antidisturbios valencianos que, con esos, cualquiera dice nada.
Gestión, guillotina
La diferencia entre una buena gestión y una mala son los resultados.
Desempleo y crisis
Con más del 20% de su población activa en paro -y creciendo-, España encuentra en el desempleo su problema más grave y más urgente. Es necesario resolverlo ya.
No ya sólo porque la situación de las familias es crítica -al borde de la bancarrota-, sino porque los impuestos que sostienen al Estado -los impuestos que se usan para pagar las pensiones y los subsidios por desempleo- provienen de los trabajadores. La fórmula es fácil: más trabajadores = más dinero recaudado.
Si cada vez menos gente “mete dinero en la hucha” y más lo saca, la situación se vuelve insostenible. Y esto es de cajón.
Arcas vacías
El político que en 2011 haya llegado -recién elegido- a su despacho en el Ayuntamiento, en la Consejería, o en el Ministerio, y haya encontrado las arcas vacías, se habrá echado las manos a la cabeza. ¿Qué hago yo ahora? -se habrá preguntado-. ¿Cómo salgo de ésta?
Si el político en cuestión es medianamente inteligente, se preguntará: “¿De dónde proviene el dinero que llena mis arcas?” La respuesta es clara: “De los impuestos que pagan los trabajadores”. “¿Y qué hago yo para ingresar más dinero?”. ¡Pues conseguir más trabajadores!
Gestionar
El político inteligente se pondría, entonces, manos a la obra. Las prioridades son obvias. Primero, conseguir que todos los empleados mantengan su empleo. Segundo, emplear a los desempleados.
Estas medidas, unidas a algunas modificaciones fiscales, como por ejemplo igualar los impuestos que paga la población activa (alrededor del 40% del salario) a los impuestos que pagan los que viven de los rendimientos de su dinero (alrededor del 20% de los rendimientos), aumentarían la recaudación y “llenarían la hucha”.
Guillotinar
Un político con pocas luces no haría lo que acabamos de describir. Asustado, pensaría: “si tengo poco dinero en la hucha, voy a ahorrar todo lo que pueda”. Y se pondría a recortar gastos, olvidando de dónde provienen sus ingresos. “¿Necesito investigación científica?” -se diría-. “No es momento de investigar, recortaré en investigación”. “¿Necesito arreglar las carreteras? No es buen momento, recortaré en obras públicas”. Y así seguiría, con los museos, los colegios, los hospitales…
A cada paso de su camino, este político reduciría -junto con sus gastos- decenas, centenares de puestos de trabajo. Y por tanto, reduciría sus fuentes de ingresos. Y cada vez tendría que recortar más… “¿Necesito agua?”… “¿Necesito patatas?”…
Un ejemplo
Esta mañana, los trabajadores de la Unidad de Gestión del Parque Tecnológico de Asturias anunciaban el cierre de dicha Unidad a partir del 1 de febrero de 2012, y su consiguiente despido. Estos trabajadores se encargan de fomentar la relación entre las empresas e instituciones del Parque, con otras empresas e instituciones. Se dedican a labores de promoción regional, nacional e internacional, organizan actividades formativas, encuentros, conferencias… Son unos excelentes trabajadores, capaces de conseguir mucho con muy poco, capaces de implicar a diversas empresas en objetivos comunes y sus resultados, con los datos en la mano, son óptimos.
La Unidad de Gestión del Parque, en suma, genera mucha riqueza.
Con su cierre, no sólo se envía a dos personas a engrosar la lista de desempleados -con las consecuencias que ello entraña para sus familias y para el erario público-, sino que además se pierde un elemento vital para otras muchas empresas -muchos trabajadores-, que se verán directa o indirectamente afectadas.
Y es que ya nos lo enseñó la Revolución Francesa: la guillotina, mal dirigida, no es una buena herramienta de gestión.
Respeto
Imaginemos que a un director de Cine -Almodóvar, Bollaín, Kubrick, cualquiera- una productora le encarga hacer una película, sobre un tema en concreto. Esta productora le proporciona los fondos necesarios, los contactos necesarios y la libertad necesaria para que, sin apartarse del tema, el director elija el tratamiento más adecuado.
Imaginemos a este director aceptando el reto. Reúne a su equipo y se encomienda a la realización de la película. Como buen creador, en todo momento tiene una idea en mente de cómo le gustaría que fuera la obra y se aproxima a ella paso a paso, en esa búsqueda tan frecuente y característica en el Arte.
Imaginemos que ese director -Bergman, Antonioni, cualquiera- se propone realizar una película de una hora y media de duración y para esa hora y media, rueda más de veinte horas de material en bruto. Cuando se disponga a montar la película, tendrá que descartar un 93 por ciento de lo rodado. Sólo él sabrá qué descartar, porque sólo él sabe qué busca.
Imaginemos a este director al concluir el rodaje: satisfecho por su trabajo, mucho más cerca de su objetivo y con una idea precisa de aquello que quiere conservar y de aquello que quiere descartar. Sabe que ha conseguido reunir todos los elementos y que sólo falta ensamblarlos.
Imaginemos que, llegados a este punto, se producen algunos cambios en la productora, ajenos por completo a Amenábar, Hitchcock -cualquiera- y se toma la decisión de prescindir del director y de todo su equipo.
Imaginemos que la productora posee los derechos sobre el material rodado y que desea seguir adelante con el proyecto, sin el director, para lo que contrata a un editor/montador que nada sabe de la película y recién egresado de la escuela. O peor, un editor que ni siquiera ha ido a la escuela.
Imaginemos a ese montador inexperto eligiendo, de entre las tomas rodadas por Spielberg, Wenders -cualquiera-, sus preferidas. Imaginemos que decide, en lugar de montar una película, montar cinco o seis cortometrajes, a su antojo. Imaginemos el resultado. Imaginemos la cara del director al ver el resultado.
Imaginemos que, en lugar de una película, se trata de un documental. Y que, en lugar de tratarse de Julio Medem, Scorsese, o Lars Von Trier, se trata de nosotros.
En mayo de este año, grabamos 18 horas de entrevistas, imágenes y sonidos para un documental que nos fue encargado. Acabamos de ser testigos de la publicación de fragmentos mal escogidos y peor editados de ese material. Al menos, el editor ha tenido la delicadeza de no citar nuestros nombres en la obra final.
Tu quoque, fili mi
“También tú, hijo mío”. Éstas fueron las últimas palabras de Julio César, dirigidas a Bruto, justamente antes de morir apuñalado a sus manos y a las de otros senadores que reivindicaban la República.
Ayer, una noticia coronaba todas las portadas de los diarios. Urdangarín, imputado por corrupción.
“También tú, hijo mío”…
Marco Junio Bruto, algunos años antes, había sido perdonado por César (por motivos que no vienen al caso), nombrado Gobernador de la Galia y nominado para Pretor. Su traición hacia él, hacia su Rey, hacia su padre casi (la madre de Bruto era la amante de César), ha quedado grabada en las páginas de la Historia como el paradigma de la bellaquería. Y no es para menos.
Precisamente ahora
Las arcas públicas están vacías. Una tasa de desempleo del 20 por ciento (cinco millones de parados) es suficiente para hacer tambalearse a cualquier país. La deuda española crece y cabe la posibilidad de que no podamos afrontarla. La gran mayoría de la población subsiste con sueldos que apenas cubren sus necesidades básicas y los políticos anuncian y aplican recortes en prácticamente todos los servicios públicos: Sanidad, Educación, Servicios Sociales… Los funcionarios han sufrido rebajas en sus salarios; no hay trimestre sin ERE; y sectores económicos completos han asistido a su propio derrumbe. La fuga de cerebros ya no es “fuga”, sino “estampida”. Así que la situación, en suma, no podría ser peor.
También tú
Y los casos de corrupción inundan las páginas de los periódicos. De hecho, ya apenas queda sitio en el mapa de España de la corrupción. Se trata de una práctica tan habitual que nadie parece extrañarse.
Queda, al menos, la sensación de que los jueces están haciendo bien su trabajo, que actúan con independencia y rigor, independientemente del puesto que ocupe el corrupto en cuestión. No obstante, igual que sucede con las cucarachas, por cada corrupto que sale a la luz, cientos aguardan en la sombra. Robando a manos llenas, sin ser vistos, a cara de perro.
Hijo mío
Pero Urdangarín… Urdangarín no, por favor. Que robe el yerno del Rey no tiene perdón. Si la figura de la Monarquía ya sólo tiene valor testimonial -simbólico- porque la Familia Real ni gobierna, ni legisla, ni juzga, lo mínimo que se puede pedir es que no robe. A España le cuesta aproximadamente ocho millones y medio de euros al año mantener este símbolo y los paisanos hacemos la vista gorda todo lo que podemos. Porque sí, porque nos interesa que la Familia Real sea tan pulcra y perfecta como a todos nos gustaría ser. Porque ha de ser la familia que esté más cerca de Dios -de la pureza- y la Patria que encarna no puede -no debe- ser menos sagrada.
Bruto acabó suicidándose. Al estilo de Áyax, el héroe griego que -por engaño de los dioses- asesinó a sus prójimos: se lanzó contra su propia espada. Aunque el mal, por mucho honor que entrañara ese gesto, ya estaba hecho.
Felicidad Interior Bruta
Diez buenos años atrás (lo de “buenos” es porque quizás sean quince), un profesor de Economía en la Universidad dijo algo en lo que mis compañeros no repararon, pero que para mí fue la revelación más inquietante y esclarecedora de toda la carrera. Estaba explicando las políticas internacionales, la autorregulación del mercado y esas cosas. Afirmó que la política de la Unión Europea se basaba en igualar los precios en todos los países, con la seguridad de que los salarios se igualarían también, ellos solos, con el paso del tiempo. Yo pregunté lo obvio: ¿cuánto tiempo tardarán los salarios españoles en igualarse con los de los demás países europeos? Mi profesor respondió: “Con suerte, 30 años”. En ese momento, me di cuenta de que toda mi vida estaría marcada por la recesión económica.
El precio de los pisos en Bruselas es, a día de hoy, igual o inferior al precio de los pisos en Madrid. El salario mínimo interprofesional en Bélgica es de 1.331 euros al mes. En España, de 600.
Un par de años atrás, una nonagenaria tía-abuela mía me dijo: “los jóvenes de hoy lo tenéis muy mal”. Yo pensé que, si esta mujer, que había vivido la Guerra y la posguerra, la Dictadura, la Transición y lo que llevamos de Democracia, se compadecía de los jóvenes actuales, muy mal debía de estar la cosa. Me puso un ejemplo: “Fíjate, cuando mi marido y yo compramos nuestro piso, nos hipotecamos a cinco años. Y lo hicimos con mucho miedo, porque ¿quién podía saber lo que pasaría de ahí en cinco años?”.
El piso al que hacía referencia era relativamente amplio, céntrico, en Madrid. Hay que decir que no contaban con más ingresos que los de su marido, alfarero de profesión y que, además, criaron a varios hijos.
Las hipotecas actuales, caso de ser concedidas, se extienden durante 20, 30 o 40 años. Y para costearlas, no suele bastar con un sueldo –de abogado, de médico-, sino que ambos cónyuges deben aportar.
Un par de días atrás, el diario “El País” publicaba los resultados de un “juego” llamado “El mejor País”, en el que los lectores escribían las noticias que les gustaría leer. Destacaba un titular: “La Felicidad Interior Bruta, aceptada como índice de referencia socioeconómico internacional”.
Quizás los precios, los salarios, el desempleo y las demás hipotecas no sean buenos indicadores de la Felicidad Interior Bruta.
Pero mi intuición me dice que algo tienen que ver.
Innovar es de innovadores
Dicen que el pesimista es un optimista bien informado. Pero también dicen que el optimista tiene un proyecto y el pesimista, una excusa.
Innovar es una tarea difícil. Es preciso analizar el entorno, determinar necesidades y encontrar soluciones, ahí es nada. Y si, además de esto, se quiere ser íntegro, se intentará hacer el bien, tanto en las necesidades que se pretende satisfacer, como en las soluciones para satisfacerlas.
Recordemos, por ejemplo, en “El Padrino”, de Ford Coppola, que un cierto cantante famoso acude a Brando para pedirle un favor, puesto que tiene algunos negocios entre manos. Brando identifica su necesidad y pone la solución -efectiva, por cierto-, pero quizás no del modo más ético posible.
Es difícil, decíamos, innovar -y ser íntegro-, sobre todo en tiempos revueltos. Innovar implica destinar unos recursos a investigación que se podrían utilizar para la producción. Es decir, innovar es “pararse a pensar” y “pararse a pensar” es pararse. Innovar, además, es “emprender un camino” cuyo final se desconoce: nadie sabe cuánto tiempo va a ser necesario para encontrar una idea, así que, por todo esto, el innovador no es que sea un valiente -o un aventurero- sino que roza la temeridad.
Aún así, en numerosas ocasiones, los esfuerzos por innovar encuentran recompensa. Y los beneficios de la innovación no sólo los aprovechan los propios innovadores, sino la sociedad en su conjunto. De hecho, la Historia nos habla de más de un innovador que, denostado por la sociedad de su tiempo, padeció el escarnio -e incluso la hoguera- en pro de un avance valioso para todos.
Parece que en la actualidad, no obstante, la innovación -el progreso- encuentra mejor acogida entre el público que en aquellos tiempos oscuros. Pero el imperativo de la rentabilidad pende sobre el innovador como sobre Damocles la espada. Quizás ahora no quememos a los agentes de la innovación porque quizás ya no sea necesario: es fácil que alguien les robe la idea, que el avance no sea rentable, que no encuentren tal avance, o que mueran de inanición por el camino.
Pero hay algo que garantiza que la innovación se va a seguir produciendo, por muy revueltos que estén los tiempos: el peculiar carácter del innovador. Al igual que el artista, el innovador no puede evitar ser creativo, su modo de vivir y de relacionarse con el mundo es crear. Y cualquier artista sabe -Van Gogh el primero- que una cosa es crear y otra muy distinta vender la creación.
El Presidente es pobre
Cuando uno piensa en los gobernantes imagina que sus patrimonios se contarán por millones de euros, que tendrán muchas casas, coches, Bonos del Tesoro y cosas así. Hoy se ha hecho público el patrimonio de los parlamentarios y las cifras decepcionan: no hay apenas millonarios entre nuestros dirigentes.
A excepción de Rubalcaba, Rajoy, Fraga y Bono, que sí sobrepasan el millón de euros, los demás poseen algunas cosillas y sobre todo muchas deudas. Casi todos están hipotecados, pagan planes de pensiones y sus sueldos, aunque no son bajos, tienen mucho que envidiar a los de algunos ejecutivos medios.
Un diputado raso cobra 2813 euros al mes, con catorce pagas, lo cual está muy bien. Rajoy cobra el doble, por complementos de su partido, tiene cuatro casas y tal.
Pero si algún patrimonio llama la atención es el del propio Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Según declara, cobra unos 5500 euros mensuales (14 pagas), y no tiene casa, sólo una parcela de 600 metros cuadrados en León, donde se está construyendo un chalet. Le corresponden unos 30000 euros de sus cuentas bancarias, que tiene a medias con su mujer, y poco más.
Uno dirá: “Bueno, 5500 euros al mes es mucho dinero”. Lo es, pero no hay que olvidar que un Presidente del Gobierno dura en el cargo cuatro u ocho años (rara vez aguanta más). Y lo que cuesta llegar hasta ahí. Además, se mueve en círculos distinguidos, en los que todo es carísimo. Sólo con pensar en la ropa que debe (de) utilizar para representarnos en el extranjero, el salario empieza a resultar bajo. Alimenta, viste y educa a dos hijas, paga las facturas, la hipoteca, los regalos de Navidad… No es tanto, no.
La duda que surge, automáticamente, como un pinchazo, es: “¿Por qué se pelean tanto por llegar a ese puesto?” Los millonarios parece que ya lo eran antes de ser dirigentes, así que no tiene sentido que luchen a brazo partido por conseguir los 5000 euros del Presidente, con lo cansado que debe de ser, además, gobernar un país. Y si no es por dinero, ¿entonces por qué?
Si analizamos el asunto desde la Psicología, a lo mejor llegamos a comprenderlo. Quizás sea narcisismo. Verse en la cúspide, sentirse poderoso. Como los corredores de Marathón, o los alpinistas, lo importante es llegar adonde no haya llegado nadie, vencer, triunfar.
O quizás sea vocación de servicio. Quieren mejorar las cosas, creen que pueden hacerlo.
Ambas opciones son desalentadoras. Porque si estamos gobernados por narcisistas, ¿qué futuro podemos esperar?
Y si en realidad nuestros dirigentes están sacrificándose por nosotros, luchando por mejorar las cosas, haciendo todo lo posible, y nosotros, los dirigidos, desconfiamos por norma, los criticamos e insultamos, los botamos a la primera de cambio, ¿qué clase de desagradecidos estamos hechos?
Presidente, le pedimos disculpas (por si acaso). No se suba el sueldo, que no está el horno para bollos, pero disfrute de su casita en León, que bien ganada la tiene.
http://politica.elpais.com/politica/2011/09/08/actualidad/1315480603_632547.html
Aguirre, o la soberbia del profesorado
En tiempos de recesión económica, se adoptan medidas impopulares. Una de ellas es el recorte previsto en Educación por el Gobierno de la Comunidad de Madrid, cifrado en 80 millones de euros. Las consecuencias de este recorte implican el aumento de la jornada lectiva para los profesores y la no contratación de personal auxiliar. El sindicato Comisiones Obreras calcula que 2500 profesores serán dados de baja, aunque las fuentes oficiales niegan estas cifras.
Los profesores, en señal de protesta, llevan cinco días encerrados en la Consejería de Educación. Y amenazan con quedarse. Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid, les ha remitido una carta, en aras de prevenir la inminente huelga, fechada para el día 14 de septiembre. En dicha carta, Aguirre explica que se trata de combatir la debilidad de la economía, el desempleo, el cierre de empresas… Da sus razones. Pero los duendes de la imprenta le han jugado una mala pasada. Algunos errores ortográficos se han colado en la versión final y han puesto en entredicho la incuestionable corrección léxica de la Presidenta.
Los profesores, indignados, han corregido la carta como si se tratara de un examen de su alumnado, con bolígrafo rojo, y se la han devuelto, a modo de correctivo, para prevenir futuros errores. La Presidenta se ha defendido diciendo que la carta había sido manipulada.
El hecho es menor. En un mundo en que millones de personas mueren de hambre, en una comunidad en la que miles de personas pierden sus empleos, no importa mucho si Esperanza Aguirre comete o no faltas de ortografía. Y los procesadores de texto ya se ocupan de corregirlas automáticamente, por lo que la culpa de Aguirre se reduciría aún más, ya que se limitaría a no haber conectado esta utilidad informática. Por si esto fuera poco, sabiendo cómo funciona la Administración, es incluso probable que la carta no la haya redactado ella, sino algún miembro de su equipo, así que el pecado de Aguirre sería la confianza.
En cualquier caso, aunque el hecho es indiscutiblemente nimio, ilustra con claridad el estado actual de las relaciones personales e institucionales. El lenguaje es un código que hemos inventado para hablar al mundo, del mundo; para referirnos a él y ponernos de acuerdo. Es un código imperfecto, limitado, pero útil. Y en general, basta con querer entender para poder entender. El buen uso de las reglas ortográficas denota simplemente un profundo conocimiento del código, pero no por ello del mundo. A menudo se utiliza también como indicador -como indicio- de la (sub-) cultura a la que pertenece el individuo (“hablas mal: eres un inculto”), pero esto no es justo: se puede saber mucho del mundo y nada del código.
Los profesores están acostumbrados a velar por la corrección del código, es su trabajo. Y uno podría pensar que hoy lo han defendido celosamente, por el bien de todos pero, en este caso, no se trata de celo excesivo, sino de soberbia. Los profesores están en pie de guerra, y el descrédito del enemigo, el escarnio público, es una poderosa arma. Saben que perderán, que tendrán que trabajar más horas, arrimar el hombro, pero han visto la oportunidad de soltar una dentellada y la han aprovechado. Han querido llamar “analfabeta”, o “inculta”, a la Presidenta de la Comunidad de Madrid y lo han hecho a voz en grito. Han querido destacar sobre ella, aleccionarla como a un niño, brillar. Y ella ha tropezado, los ha acusado de falsificadores, se ha sentido herida en su estima, como habría hecho un niño.
Pero no era necesario. Porque no es tan importante el código como el mundo a que se refiere. Porque la recesión sigue ahí y algo tendremos que hacer para combatirla. Y porque discutir sobre el color de la guillotina no tiene mucho sentido, ya que no es un adorno en absoluto.
