El arte, un legado común europeo

“Cada vez que las facultades humanas alcanzan su plenitud, necesariamente se expresan mediante el arte.”

John Ruskin

Corren tiempos difíciles para Europa, la crisis económica afecta a todos los aspectos de nuestra vida, incluso a nuestros valores y a nuestra cultura ¿Está en juego la identidad de Europa?

Reflexionemos sobre cómo el arte, la cultura, contribuyó a definir la identidad de todo un continente. Los artistas e intelectuales supieron traspasar fronteras y además consiguieron ejercer una gran influencia y la ejercen todavía.

La pluralidad de naciones que hoy forman la comunidad europea son resultado de un largo proceso histórico, un sacrificio plagado de enfrentamientos y acercamientos, a veces con un nivel de destrucción sin precedentes. Hoy las diferencias siguen estando presentes.

Cuando citamos el nombre de Europa, rápidamente lo asociamos con el ideal de cultura. Más concretamente en las artes, la creatividad europea ejerció un verdadero dominio. Su papel ha sido fundamental y tuvo un punto de partida: las ciudades del norte de Italia y los Países Bajos. Las ciudades experimentaron un gran desarrollo, las comunidades se dedicaron a enriquecerse con el comercio y la industria y a la par se dedicaron al desarrollo intelectual.

Ésta era la clave de su dinamismo, la capacidad para ejercer dominio, son verdaderos centros de civilización, siempre partiendo del mundo clásico. El mundo antiguo proyectándose en el mundo moderno.

La ciudad se convirtió en un espacio para el desarrollo intelectual, imprimiendo un carácter universalista. En la urbe estarán las mayores oportunidades para intelectuales y artistas. Las nuevas clases sociales desarrollaron el humanismo, protagonizaron la evolución científica, pero también la representatividad y el carácter liberal que no solo se trasladará al mundo artístico, sino también al mundo sociopolítico.

El Renacimiento está en las raíces de Europa. Basándose en el retorno a la Antigüedad, nos preparaba para el futuro. Se gestaron los ideales propios de la modernidad, el individuo se concebirá como un ciudadano, consciente, sujeto político, como centro del universo, con nuevos valores, con un gran espíritu aventurero, emprendedor y creador. El nuevo ciudadano europeo se convertirá en el protagonista de la historia, un sujeto activo, dinámico, que se convertirá en espectador del mundo que le rodea.

El hombre y el artista se hicieron viajeros, contemplando el verdadero espectáculo de la naturaleza.

Europa sabrá transmitir a la humanidad esa idea de las artes como patrimonio de cultura, como espacio para el enriquecimiento de los individuos. La visión, el desarrollo de la mente y del oído lograron el enriquecimiento de las artes, incluidas la literatura y la música.

¿El arte? El arte nos sigue iluminando y descubriéndonos los signos, los mensajes, a veces invisibles de una realidad que nos rodea. Nos ha dado una patria  común en la que vivir para poder gozar. No podemos dudar que ha tenido un papel en la construcción de Europa, pero tiene que ser dentro de un marco unitario, crítico, abierto a las diferencias, permitiéndonos conocer el pasado, para vivir el presente y caminar hacia el futuro. Un patrimonio común que puede renovar nuestro espíritu y hacer de nuestra vida algo mejor.

Europa es la conjunción de múltiples culturas, es la definición de hoy; los más modernos acuden al clasicismo constantemente, artistas como Miguel Ángel o Cézanne nos transmiten un verdadero espíritu unificador. Picasso y sus Meninas velazqueñas. Warhol y Hopper son verdaderos renacentistas.

Sin la pintura italiana o flamenca ¿hubiera sido posible la pintura española? Los pintores solo tienen una patria: la pintura y el gusto.

La creación de los museos en Europa generó espacios donde se intercambian ideas, donde podemos apreciar las diferentes formas generadas por los artistas. El Louvre o el Prado son grandes depósitos de la sabiduría europea, son instituciones internacionales que permiten admirar la grandeza de un artista como Velázquez, sea en Nueva York o en Pekín.

Europa es Europa desde que optó por la comunicación y la información, es un conjunto de concomitancias fruto de los siglos de acercamiento y alejamiento. Siempre está corrigiéndose a sí misma y pretende hacerlo con los demás. La cultura, el arte, han conformado Europa, sus glorias, sus miserias, lo sublime y lo ridículo, y  su aburguesamiento.

Hoy los políticos intentan reconstruir Europa, pero olvidan la originalidad y atienden más a la oficialidad y a lo económico, se equivocan.

Ya no hay genialidad, el arte como expresión del continente ha entrado en crisis. Lo que hace un artista español lo está repitiendo un sueco exactamente igual.

Europa se tiene que reinventar, no se debe plagiar, se debe glorificar, Europa debe buscar la perfección, sin arredrarse; debe seguir buscándose a sí misma.

Es cierto que hoy nos domina la globalización, el lenguaje universal de las redes informáticas. Esta revolución ha permitido hacer cualquier cosa, es un emblema de poder, verdadero signo de la mentalidad del poder de un país, esto es la globalización y Europa debe engancharse. Mientras el arte chino se ha convertido en novedoso y lleno de frescura, la influencia del mundo occidental es clara y patente.

“Somos europeos porque es la única manera sensata e inspirada de ser hombre”

Autorretrato de Gauguin

Autorretrato de Durero

Los sueños olvidados

Hay una secuencia en la película que resulta terrible. Puede pasar desapercibida, pero sigue siendo terrible. No tiene nada que ver con el discurso principal de este precioso documental, que nos habla sobre una cueva del Sur de Francia, donde están contenidas las pinturas rupestres más antiguas -y quizás más bellas- de todo el Arte prehistórico. La terrible secuencia habla sin embargo de la vulnerabilidad del ser humano:

Lo llamaremos «el perfumista», es uno de los entrevistados en el documental. El perfumista nos explica su sistema para descubrir cuevas sepultadas. No se fija en el terreno, ni se vale de sofisticadas máquinas, sino que olisquea aquí y allá, en busca de aromas que puedan indicar que hay una gruta bajo las rocas. Este perfumista es un señor mayor, retirado, poco acostumbrado a las cámaras y también poco amigo de ellas. El perfumista, en un momento de su intervención, se queda sin palabras, mudo. Parece que sintiera que no tiene nada importante que decir. Es la humildad la que le embarga. Con sus gestos, implora que se aparte aquel artefacto de su cara, aquel testigo de su vulnerabilidad. Es el minuto 55 de la película. Herzog mantiene el plano, hasta el final.

Porque estas cosas pasan. Porque Werner Herzog busca lo humano por encima de todo, sin maquillaje, en ésa, su sencillez tan compleja. Gracias a él, descubrimos que uno de los investigadores, que ahora trabaja en la cueva, fue malabarista de circo. Descubrimos la historia detrás de la historia -detrás de la Prehistoria, si se nos permite el calambur-. La película de Herzog no habla de unas pinturas rupestres.

La identidad

Porque, aunque amanse a las fieras, la música es algo bastante humano. El Arte.

Si viajáramos por el Espacio, a otro planeta, y encontráramos allí a un ser vivo tocando la flauta (no importa que no se parezca a nosotros: puede tener forma de, no sé, de tulipán), pensaríamos que algo tenemos en común con él, ¿verdad? Algo poderoso. ¡Tocar la flauta implica tantas cosas! La sensibilidad artística, el deseo de expresarse, la técnica… Si sabes tocar la flauta, podemos congeniar.

Pues ese vínculo es precisamente el que busca -y encuentra- Herzog, con unos seres que vivieron en la Tierra hace 30 milenios. Y 30.000 años es mucho tiempo, no nos engañemos (pensemos en los últimos 50).

Los cavernícolas tocaban la flauta. Pentatónica, para más señas. Y pintaban. Y lo que pintaban era magnífico.

El legado

Y ahora seguimos empeñados en dejar testimonio de nuestro paso por la vida, como ellos. Cazamos mejor, es cierto (de hecho, cazamos tan bien, que casi se nos han acabado los animales), pero nuestro anhelo de perpetuidad permanece idéntico.

Claro que el deseo de dejar nuestro legado no es la única motivación para pintar en las paredes de las grutas (léase lienzos, photoshops y capillas sixtinas). Lo hacían, ellos, según se dice, por motivos espirituales, para atraer la caza, para alejar la catástrofe. Y esto -ese «homo spiritualis»- sigue siendo insuficiente.

El juego

Porque no se entiende el Arte sin el juego. La música -interpretarla, bailarla, componerla- es divertida; el cavernícola era un ser juguetón, un «homo ludens»: pintaba.

Los sueños

Y soñaba. Y al despertar, olvidaba sus sueños. Y si no, los estampaba en la roca.

Herzog humano sueña, y nosotros con él.

Pero cuánto durarán nuestros sueños, Werner, antes de ser olvidados.

Rapados, rapados y Kubrick

En principio, raparse la cabeza es un gesto sin mucha implicación. Estamos los calvos -en general rapados-, están los calurosos («ahora para el veranito»), y también los que lo hacen por una cuestión de comodidad («peinarse es un coñazo»). Pero no vamos a hablar de ninguno de estos rapados, sino de los otros, de los que se rapan como seña de identidad.

Por antonomasia, el rapado es el militar. Aunque -según la normativa vigente en las Fuerzas Armadas españolas- a las mujeres se les permite llevar el pelo largo, el de los hombres debe ser corto (en ningún caso debe rozar ni montar las orejas). Motivos de higiene y de seguridad en el combate cuerpo a cuerpo son los más frecuentemente argüidos para la implantación de estas medidas. Sin embargo, hay otro motivo que no se menciona con tanta frecuencia, pero que es fundamental. Nos referimos a la uniformidad.

Los grupos sociales, a la vista está, construyen su identidad basándose en atuendos semejantes. Veamos algunos ejemplos.

Reunión del Rey de España con empresarios

Grupo punk

Médicos

El ejército cuida especialmente la uniformidad de la tropa, porque está demostrado (los humanos somos así, qué se le va a hacer) que un atuendo común es la base para la generación de vínculos grupales. Todos iguales, todos amigos.

La naranja mecánica

Stanley Kubrick vio todo esto -era un genio, el tío- y lo caricaturizó. Construyó -en «La naranja mecánica»- un grupúsculo llamativo de personajes y los vistió de manera semejante. Utilizó elementos que no hubieran sido fagocitados por otra «tribu urbana»: vestimentas blancas, sombreros hongos, botas, bastones, tirantes… coronados todos por un inquietante maquillaje en ojos y boca.

La naranja mecánica. Stanley Kubrick

Pero no se quedó ahí. Su caricatura llegó mucho más lejos, puesto que las señas de identidad de un grupo social no se refieren únicamente a la vestimenta. La música suele ser un rasgo determinante de pertenencia -o no-. Pensemos, por ejemplo, en la importancia de los himnos para los militares.

En este terreno, Kubrick utilizó a Beethoven, un músico con una fuerza arrolladora, pero que ya había pasado de moda. Un músico que ninguna «tribu urbana» -al menos, de estas características- abanderaba.

Y también profundizó en la caricatura de otras conductas sociales. El bar al que acudían los protagonistas, por ejemplo, blanco todo él, era su templo. La leche «supervitaminada» que allí bebían, era su néctar. El asalto, la violación, el asesinato, sus actividades preferidas.

Se ve claramente, gracias a Kubrick, que una «subcultura» puede analizarse comparando estos elementos (música, atuendo, conducta…) con los de otras subculturas. Probablemente, el individuo que mejor maneje los elementos de una subcultura ocupará una posición más elevada dentro de ese grupo social. Por ejemplo, The Beatles -que manejaban todos estos elementos con soltura, especialmente el elemento musical- fueron los adalides del movimiento «pop» (ocupaban el más alto escalafón de esa subcultura). Y ya se sabe, los que están arriba marcan tendencias.

The Beatles (1964)

The Beatles (1969)

Skinheads

Así llegamos al documental que nos ocupa. Se trata de una película dirigida por el franco-suizo Daniel Schweizer en 2003, que explica las características del movimiento «Skinhead» desde sus orígenes en los años 70 hasta nuestros días. Según dice, los skinheads nacieron como un grupo antirracista, integrador, de izquierdas. Conforme fue evolucionando, se fue escindiendo y surgieron tres ramas: los skinheads ultraderechistas («boneheads»); los SHARP, o skinheads antirracistas -fuertemente politizados hacia la ultraizquierda y enemistados a muerte contra los fascistas-; y los skinheads «apolíticos», o «dudosos», que adoptan la estética «skin», pero evitan vincularse a ideologías políticas.

Schweizer hace un gran trabajo de documentación, recorre buena parte de Europa, e incluso viaja a Estados Unidos y Canadá. Se reúne con miembros de las tres facciones, intentando trazar puentes en común, analizando similitudes y diferencias. Y así conforma una valiosa pieza informativa, que no solo habla de los skinheads, sino de las bases de toda tribu urbana, de todo grupo social: himnos, banderas, templos, conductas… Actitud.

Kubrick se adelantó -es cierto- y además, al caricaturizar, llegó más lejos. Pero Schweizer lo hace bien -hay que reconocerlo- y además, al entrevistar, llega más cerca.

 

Las conexiones uterinas

“Estoy conectada con mi útero y sé cuándo voy a sangrar”… Esta frase martillea mi cabeza con fuerza. ¿Qué significa eso de la conexión con el útero? ¿Soy menos mujer por no sentir esa conexión?

Algunas mujeres aseguran que la mala relación que tenemos con la menstruación es por culpa del hombre. ¡Cómo no! Que la menstruación es una renovación. Que el cuerpo se limpia con el sangrado menstrual. Que no hay que usar compresas, ni tampones, porque son creaciones del hombre para hacernos sentir inferiores. ¿Cómo? Hay que estar muy frustrada para decir estas cosas.

Yo soy mujer. Menstrúo y no me siento inferior al hombre en nada. Ningún hombre de mi entorno me ha hecho sentir diferente por menstruar. Sin embargo, reconozco que el tabú existe.

Simone de Beauvoir, en su libro “El segundo sexo”, recopiló una gran variedad de creencias en torno a la regla:

  • Paraliza las actividades sociales.
  • Agría la leche y las cremas.
  • Corta la mayonesa.
  • Avinagra el vino.
  • Impide la fermentación de la sidra.
  • Posee poderes maléficos.
  • Marchita las flores.
  • Si mantiene relaciones durante la menstruación, el varón se vuelve estéril.

Estos son algunos ejemplos de los mitos que rodean a la menstruación. Lo más sangrante es lo que dice la Biblia al respecto:

 “Quien toque a una mujer durante sus 7 días de impureza, será impuro”.

La Biblia también prohíbe todo contacto con mujeres que tengan el período. Así, condena tanto a hombres como a mujeres “a ser extirpados de entre su pueblo”. ¡Toma ya!

Las leyes de Manú (según el Hinduísmo, Manú es el antepasado de toda la humanidad), son aún mucho más severas:

“La sabiduría, la energía, la fuerza vital de un hombre que se acerque a una mujer con las excrecencias menstruales, perecen para siempre”.

¡Qué barbaridad!. Entre unos y otras, es para desquiciarse…

Volvamos a la recopilación de Beauvoir. Analicemos cada uno de los puntos:

  • Paraliza las actividades sociales. ¿Por qué? ¿Acaso el sangrado femenino salpica a todos los de alrededor? Ni que fuera un aspersor. Pero, si esto es cierto, seguro que la mano del hombre se esconde detrás.
  • Agría la leche y las cremas. ¿Por qué? ¿Hay alguna posibilidad de que gotas de sangre vayan a caer dentro de la botella de leche o en el cazo? En ese caso, se les daría color, ¿no? Pero, si es cierto, la culpa, sin duda alguna, es del hombre.
  • Corta la mayonesa. ¿Qué sentido tiene esto? Lo único que se me ocurre es que, debido al sangrado, la mujer esté débil y coja con menos fuerza y energía la varilla con la que hace la mayonesa. Pero lo más probable, es que el huevo (de gallina) esté frío (¿?). Pero, si se corta por la presencia de una mujer en plena regla, seguro que es por culpa del hombre (podría haberla hecho él).
  • Avinagra el vino. Hasta donde yo sé, la fermentación acética es la que avinagra el vino. Y -hasta donde yo sé- la bacteria Acetobacter (es la bacteria que transforma el alcohol en ácido acético), no forma parte de la menstruación de la mujer. Pero puedo estar equivocada. Y, si lo estoy, sin duda, es por culpa del hombre.
  • Posee poderes maléficos. Ya lo creo. Como que si no tienes la regla (en época fértil), en nueve meses tendrás un dolor de cabeza para el resto de tu vida. Y esto sí es por culpa del hombre, ¿no?
  • Marchita las flores. ¡Caray! Esto sí es maléfico de verdad. O eso, o que no has regado la planta y por eso se ha marchitado. La culpa, nuevamente, del hombre (debería haber estado atento).
  • Si mantiene relaciones durante la menstruación, el varón se vuelve estéril. Bueno, ¡esto es una mentira cochina! ¡El hombre no menstrúa! Eso lo sabe todo el mundo (incluidos varones). ¿Quién tiene la culpa? ¡Exacto! ¡El hombre!

Según la Biblia, tenemos una madre, Eva, salida, por supuesto, de la costilla de Adán. Segundona en el plano creacionista. Y, además, pecadora. Vamos, que según eso, todos somos unos hijos de puta. Además fue condenada a parir con dolor por librepensadora. María, la madre cristiana, ya estaba advertida y, lista ella, no pecó. Pero sí parió (¿con dolor?). Todo un misterio.

El llamado “feminismo de igualdad”, perdió su norte cuando creyó que lo peor del patriarcado era que las mujeres no pudiéramos acceder al trabajo remunerado, al derecho al voto, al poder político y económico. La emancipación de la mujer no sólo es económica. La liberación femenina -y masculina- es un camino hacia nuestro interior. A asumir, y no a negar, nuestra propia biología y nuestras emociones.

El ser humano necesita una madre sexual, feliz en su propio cuerpo, y capaz de sentir placer al concebirle, gestarle, parirle, amamantarle y abrazarle.

“Estoy conectada con mi útero…”

Mi problema es que tengo dos úteros. ¿Con cuál de ellos debería comunicarme? ¿Debería comunicarme con los dos? ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Con una conexión en red? Puede que mi conexión falle por la membrana que separa mis úteros. Aunque, si se diera, ¿cómo sabré cuándo la comunicación es con el derecho o con el izquierdo? Porque, claro, ellos -mis úteros- no saben su posición en mi cuerpo. Aunque, si lo supieran, me preguntarían ¿tu derecha o la mía? ¡Qué lío!

Y la culpa de esto la tiene, primero, mi padre que, como hombre, me hizo con dos úteros. Después, el ginecólogo que, asombrado, me dijo que tenía una anomalía. ¿Anomalía? ¡Qué coño! ¡Soy una privilegiada! Para anomalía tu cara, que un ojo mira a Sevilla y el otro a Cuenca.

Soy feliz con mis dos úteros, a pesar de no estar conectada a ellos. A pesar de que mi sangrado menstrual siempre me pilla fuera de casa y por sorpresa (a traición). No siento sobre mis órganos la pesada carga de siglos de rechazo al sangrado de la mujer. En definitiva, ni la Iglesia ni el hombre hacen que me sienta culpable por el hecho de sangrar cada 28 días (más o menos). Y mucho menos, unas mujeres que teniendo su útero “en red” marcan –ellas sí- esas diferencias que, siendo biológicas, parecen estigmas.

Nota:

En Facebook, hay un grupo (antes abierto, ahora cerrado), de mujeres que mantienen conexión con sus úteros. Éste es el enlace (que sepáis que la cruz que aparece está pintada con sangre de menstruación):

http://www.facebook.com/groups/elcaminorubi/

Peter Pan no es feliz

No es una enfermedad. La vida tampoco se ve amenazada. Pero otra cosa es la salud mental y, en ese terreno, supone algo más que una incomodidad.

Un síndrome es un conjunto de síntomas que expresan una pauta social. El síndrome de Peter Pan es un complicado laberinto de causas y efectos. Estos hombres se entregan de una forma impetuosa, son narcisistas, se encierran dentro de sí mismos y sufren de una exaltación del ego que les convence de ser capaces de realizar cualquier cosa que su mente pueda imaginar.

La cruda realidad, el paso de los años, los convierte en inadaptados y van cambiando su “yo quiero” por un “yo debería”. Buscan la aceptación de los demás, como si fuera el único camino que tienen para encontrar la aceptación propia. Sus rabietas temperamentales se confunden con afirmaciones viriles. Entienden el amor como algo que se da por sentado –que se les debe-, sin aprender nunca a darlo como compensación. Saben fingir que son adultos pero, en realidad, su comportamiento es de niños consentidos.

Para superar su mal, ellos deben recorrer la distancia más larga: la que hay entre la boca y los oídos.

Ser un niño por acciones y un hombre por edad es algo triste. Porque el hombre quiere tu amor, pero el niño quiere tu compasión. El hombre necesita estar cerca, pero el niño teme que lo toquen. Si miras más allá de su orgullo, verás que es vulnerable y hasta podrás sentir su miedo.

Ilustraciones Trina Schart Hyman

Para poder ayudarle, hay que entender su complejidad. Hay que tratar de entender que es un hombre que sufre y que tiene dificultades para reconocerlo. Descubrir la ubicación de su espacio vital es tan confuso como comprender esta indicación: “tercer piso a la izquierda y después, todo recto hasta la noche”.

Ya sé, ya sé, las mujeres pueden identificar esta conducta en muchos de los hombres que conocen. Pero hay que ser muy cuidadoso a la hora de etiquetar a un hombre bajo este síndrome. Primero, porque se corre el riesgo de “negativos verdaderos” (el síndrome parece que se cumple, pero no) y segundo, porque se corre el riesgo de los “positivos falsos” (el síndrome parece que no está, pero sí).

Todo esto se puede complicar aún más, porque muchos hombres tienen uno o más de los síntomas del síndrome, sin sufrirlo en realidad. Un hombre sensible, con una gran imaginación y capaz de luchar por mantenerse joven, puede confundirse con un Peter Pan. Pero no olvidemos que estas cualidades son caminos hacia la serenidad inteligente. Sería como confundir a una persona inconsciente con una que está muerta.

Un hombre es víctima de este síndrome cuando éste le impide desarrollar relaciones con otras personas e interfiere en su funcionamiento diario.

Creo que todos conocemos la historia del despreocupado Peter Pan. Fue este personaje el que nos mostró lo maravilloso de la eterna juventud. Fue él quien enfureció al Capitán Garfio. Fue él quien, con sus juegos, rompió el corazón del Capitán, y por eso, fue lanzado, por la borda del barco, a las fauces del cocodrilo que se había tragado un reloj.

Él simboliza la esencia de la juventud. La alegría y la presencia de ánimo. Infatigable, nos tiende la mano de un eterno compañero de juegos. Cuando permitimos que él toque nuestros corazones, nuestras almas son alimentadas.

Hasta ahí, el maravilloso cuento de J.M. Barrie, nos toca la fibra y es como si Campanilla hubiera esparcido sobre nosotros su “polvo de hadas” y pudiéramos volar. Volar con la imaginación de un niño. Sentir la brisa acariciando nuestra piel. Volar hacia el país de Nunca Jamás, donde no existe el tiempo y todo se puede “arreglar” de forma sencilla. Porque hasta perseguir nuestra sombra resulta algo divertido.

Crecer es duro, y Peter Pan se resiste con rabia. Pero si miramos atentamente al personaje, descubriremos que, en realidad, Peter Pan es un joven muy triste. Su vida está repleta de contradicciones, conflictos y confusión. Porque sentirse atrapado entre el hombre que uno no quiere ser y el niño que ya no se puede seguir siendo, es duro, muy duro y triste.

El neutralizante de los polvos mágicos es la realidad. Tratar de comprender a estos hombres y ayudarles a superar el síndrome es cosa de todos. Comenzando por las madres que -guiadas por el amor y sentido de protección- impiden el normal desarrollo de los hijos varones. Los convierten en inútiles cuando, sin mala intención, les impiden realizar tareas cotidianas. Frases como “ya tendrá tiempo de aprender que la vida es dura”, forman parte de la educación de muchos niños. Actitudes permisivas se han colado en muchas facetas de nuestra vida: literatura, filosofía educativa, comunicación… Ellas les han dado a nuestros padres la idea de que, al criar a los hijos, hay que evitar la autoridad y el castigo, y nunca implementar límites al espacio de crecimiento.

Al adoptar esta forma de educación se fomenta la irresponsabilidad. No estoy hablando de ser vago, sino de ser absolutamente irresponsable, donde el niño cree que las reglas no se le aplican. Cuando se llega a esos límites, donde la irresponsabilidad no es contraatacada, los niños dejan de aprender los necesarios hábitos de cuidarse ellos mismos.

El niño ha de aprender, desde su más tierna infancia, las cosas básicas, como el aseo personal, o a ser ordenado. De no hacerlo, se convertirá, sin duda, en un adulto perezoso que ha enterrado la confianza en sí mismo.

Los hombres víctimas de este síndrome están llenos de ansiedad. Ansiedad que aprendieron siendo niños. Y la aprendieron de sus padres. Porque la ansiedad es el resultado de la infelicidad. Padres que no supieron disimular su agónica tristeza provocada por la insatisfacción.

El padre disimula su dolor con una imagen de “hombre duro” que todo lo puede. Y la madre, a menudo, hace gala de la batalla contra el martirio, bajo el velo del sacrificio. La frase más típica de una madre así es “Solo quiero la felicidad de mis hijos” o “Todos nuestros esfuerzos son para que nuestros hijos tengan lo mejor”. El resultado de estos mensajes es que los hijos no aprendan a comunicarse bien con los adultos de referencia. Esto provoca un sentimiento de culpa. Este sentimiento produce ansiedad. Y esta ansiedad es como un ruido ensordecedor que impide al niño escuchar sus propias necesidades y verbalizarlas.

En muchos casos, los padres, erróneamente, fingen ser felices. Tienen miedo de enfrentar sus sentimientos con la verdad. Esto sucede porque se sienten desdichados. Así, ponen falsas sonrisas en sus caras y se fuerzan a salidas familiares fingiendo, nuevamente, satisfacción.

Aparentemente, son una familia bien adaptada y hasta parecen felices. Dan a sus hijos dinero en vez de tiempo. De esta guisa, los hijos aceptan la comida, la vivienda y la seguridad como algo que se da por sentado, y se concentran en la búsqueda de nuevas formas de placer. Después, al disponer de demasiado tiempo y muy poca seguridad en casa, buscan identidad en el grupo. Con demasiada frecuencia, buscan desesperadamente un lugar al que pertenecer.

En un estado que podríamos denominar de “pánico”, los niños son atraídos por los medios de publicidad que les aseguran que la clave del éxito es hacer lo mismo que hacen los demás. Como consecuencia, la presión a la que son sometidos, invade cada aspecto de sus vidas.

Si eres mujer y conoces a un hombre con este síndrome, no te rindas. Con amor y paciencia, él puede solucionarlo. Si eres madre, no conviertas a tu hijo en un Peter Pan, guíalo para que encuentre su propio espacio y llegue a ser un adulto responsable y comprometido con su felicidad. Ayúdale a desarrollar sus habilidades y nunca finjas ni tristeza ni alegría.

Si crees que eres Peter Pan, sal de la prisión de la soledad. Deja de mentirte a ti mismo. Y recuerda que ese mundo -ese que pertenece a tu infancia- se llama –y no en vano- el País de Nunca Jamás.