Amy, el documental

“Amy”, largometraje de Asif Kapadian, rehúye afortunadamente todo sentimentalismo. Es una aproximación un tanto distante a la carrera de Amy, a su ascenso, coronación y desplome final. El documental nos hace ver además cómo ese desplome resulta inevitable y asoma ya inexorablemente desde el principio. Documental distante pues se trata de no caer en dengues ñoños o en fútiles encomios e impostadas apologías a posteriori de la artista. Distancia, sin embargo, no significa necesariamente frialdad; la película despide y transmite calor humano, bestialmente humano en ocasiones. Contempla y trata a Amy Winehouse con cordial admiración, compensando así el desasosiego en aumento que el espectador va sintiendo a medida que asiste a la progresiva degradación de la artista. Las letras de determinadas canciones van dando la pauta de esa triste evolución.

Este documental, en definitiva, podría definirse como la crónica afectuosa, y nunca cursi, de un muy doloroso naufragio.

Amy Winehouse no nace en un ambiente musical ni por asomo; por “raza” nada tampoco la aproxima al jazz, dada su condición de judía londinense; no sigue estudios musicales ni toma clases de canto. Ella se inicia en el arte escuchando los discos de los grandes del jazz y por sí sola va desarrollando un portentoso talento vocal, una capacidad poética muy narcisista y desgarrada, así como un gran sentido del ritmo que volcará en sus personales composiciones. Amy es una self-made woman. Incontestablemente. Es sorprendente ver en un vídeo casero, en que una adolescente Amy y sus amigos festejan un cumpleaños, cómo, alrededor de la tarta, mientras se canta el un tanto anodino y plano “Happy birthday”, la jovencísima Amy juega con la canción, dándole unas insospechadas y poderosas inflexiones jazzísticas.

Amy comienza a dar sus primeros conciertos y graba su primer disco, “Frank”. Un disco de jazz. Amy puede entonces realizar su sueño de emancipación, algo con lo que soñaba, nos dice, desde los trece años de edad. En el barrio de Candem comparte apartamento con una amiga. Independencia, pereza y consumo masivo de maría.

Amy tiene todos los mimbres para triunfar comercialmente y además para ser muy valorada por los entendidos. Como una obra de Shakespeare, Amy se dirige a todos sin excepción y todos sin excepción la han de apreciar, desde la adolescente que suspira por una famosa con quien identificarse, dada su extravagancia y apariencias rebeldes, hasta el más sesudo crítico de jazz, pasando por el amante del buen pop, del buen soul y de la buena música negra.

Sin embargo, a su talento lo va a combatir, ¡y con qué fuerza!, su propia personalidad. El peor enemigo de Amy es ella misma.

Su padre fue el gran ausente. Tenía una amante y durante el día no hacía acto de presencia en la casa familiar. Tan sólo llevaba a Amy al colegio y luego volvía al lecho conyugal muy tarde, cuando Amy dormía ya. Durante muchos años, hasta que el señor Winehouse se decidiera al fin a abandonar a su familia, se prolongó la mascarada. Amy sufrió enormemente por esta ausencia, tanto por la semi-ausencia primera como por la definitiva, después. Amy, en todos los hombres que irá conociendo, va buscando al padre que le faltó desde el principio y que luego huyó. La postura de Amy frente al hombre, será la de dependencia y deseo de protección, tal y como se expresa en “Stronger than me”, en que Amy reprocha a su novio la debilidad y el hecho de que sea ella quien haya de “ejercer de hombre” o de “marido”. Subyace el menosprecio; tanto que Amy le llegará a preguntar, incorrectamente, “are you gay?”

En un momento determinado, al principio de la relación amorosa más larga de Amy -tanto que acabó en boda-, su pareja, Blake, le reprocha su promiscuidad. En efecto, Amy quiere encontrar en sus novios al padre que la esquivó. Necesita un hombre que le ofrezca amor incondicional, seguridad, amparo, defensa, guardia y custodia. Mas como no lo encuentra, Amy se ve condenada a desechar y a seguir buscando. Sí, también ella, como Diógenes el cínico, podría pasear por las calles (de Londres en su caso), a plena luz del día, con un candil en la mano “buscando un hombre”.

En la búsqueda, Amy irá dejando jirones de su alma y de su cuerpo en cada zarza masculina en que se detenga. “Love is a losing game”.

El padre de Amy. Vuelve a asomarse a la vida de su hija cuando ésta adquiere celebridad. La hija como tal, como persona sufriente, sigue sin interesarle. La artista de éxito, eso ya es otro cantar… El señor Winehouse va a aprovecharse descaradamente de la nueva situación de la hija, no ya tanto económicamente como sobre todo psícológicamente. Su vacua,  vaporosa e inconsistente personalidad va a vivir vicariamente de los éxitos de la hija, instalándose en su vida y desbaratándola una vez más. Tanta es su irresponsabilidad que desaconsejará a Amy ingresar en una clínica donde llevar a cabo su limpieza y desintoxicación (“my daddy thinks I´m fine”. “Rehab”).  Amy, infantilizándose, le pedirá su opinión sentándose en sus rodillas. El señor Winehouse es una de estas personas que pululan y pueblan los programas televisivos actuales de cotilleo, que viven de parasitar las vidas ajenas y se nutren de escándalos. Mister Winehouse necesita que Amy siga siendo excéntricamente especial, dé que hablar por sus extravagancias,  sus despropósitos y sus problemas. Su inmadura insustancialidad le imposibilita orientar adecuadamente a la hija tanto en lo personal como en lo artístico. Para él su hija es un medio de satisfacer su pueril necesidad de que se le nombre, de que se le pregunte por su parecer, de opinar, de ofrecer su versión de los hechos y, en definitiva, de que se hable de él, de ser algo y alguien. Si su ausencia pretérita generó permanente congoja en Amy, su presencia ulterior abundará en la desgraciada degradación de la hija. Nefasto señor. Nefasta su influencia.

Prueba irrefutable de todo lo anterior son las imágenes en que Amy descansa por unos días en la isla caribeña de Santa Lucía, confiando en anclar su desintoxicación. El padre se desplaza también a la isla (suponemos que con el dinero de su hija), pero no solo, no como padre, sino con un equipo de grabación profesional con que acosar a Amy durante su estancia. Lamentable. Se trata de lo que podríamos llamar un padre-paparazzo.

En un momento determinado de esa estancia, cuando lo que requiere, y quiere además, la propia Amy, es tranquilidad y anonimato, el padre azuza a unos turistas británicos para que se hagan la foto con ella. Amy cede con reticencias y desgana. El padre se lo reprocha luego. Amy replica que su propia reacción, el haber posado a regañadientes, ni los afecta ni los incomoda pues su único objetivo es la foto, denunciando así la indiferencia de esos turistas frente a la persona que hay tras la celebridad ya que el único móvil de la foto de marras es ceder a la compulsión de aproximarse, posar y aparecer junto al famoso sancionando así una obligada conducta comercial, banal y somerísima que acaba deshumanizando tanto a la celebridad o ídolo como al fiel co-oficiante de la foto. En realidad la defensa de Amy es un reproche inconsciente a su progenitor, ¿no es cierto?

Parece que tanto cualitativa como cuantitativamente ese Blake que acabará por convertirse en su marido, fue el hombre más importante en la vida de Amy. No se entiende muy bien cuál es su ocupación, pero se nos aparece como un ser bastante frívolo, muy pagado de sí mismo y fanfarrón, que se precia de ser un conquistador. La pareja, primero, y el matrimonio, después, no pueden ser más destructivos, aunque sólo sea porque su consumo de alcohol y drogas no sólo vaya en aumento, sino además y sobre todo porque al cabo de un tiempo  Blake inicia a Amy en el consumo de heroína y ello representa una pronunciadísima y muy deslizante cuesta abajo que es prácticamente imposible remontar luego. Cuando, tras algunas indecisiones, ingresan ambos en la misma clínica (lo cual, como muy bien señala en la película una especialista, es una auténtica insensatez) para llevar a cabo una terapia de desintoxicación, como al parecer, al cabo de un tiempo, han culminado con éxito el proceso, para festejarlo, se dan un antológico atracón de estupefacientes…

Amy, tan temperamental en el escenario y tan bravía en sus composiciones, es, en lo vital, sumamente frágil y se nos muestra siempre desvalida y carente de ideas propias y sanas. Amy hará cuanto haga y diga el hombre amado, sustituto del padre que hizo dejación de sus deberes y de su amor para con su hija. Amy idealiza al padre proyectándolo en el amante, disociando inconscientemente todo sentimiento agresivo y de rabia frente a él por su incuria y su abandono. Esta disociación, esta alienación de la cólera reprimida en el subconsciente, como no puede desaparecer, se manifiesta sibilina y subrepticiamente en forma de síntomas y de conductas desajustadas -bulimia, alcoholismo, drogadicción, etc.- que convierten la vida en un calvario. Porque el padre queda idealizado y ascendido a una suerte de olimpo de consideración respetuosa y amor, porque el cuarto mandamiento impera en todos nosotros desde la noche de los tiempos, desde que el hombre se convierte en animal de cultura, inconscientemente Amy reorienta la agresión hacia él contra sí misma. La necesidad de hacer daño, atacar y odiar se vuelve auto-agresión y auto-lesión.

Por otra parte, el comportamiento de Blake respecto a Amy reproduce el del padre. Blake la tiene seducida, hechizada y la va llevando por donde quiere y siempre por caminos torcidos que no son en realidad más que callejones sin salida. Dead end streets. Y si empleo el inglés no es por esnobismo, sino porque en esa lengua está el término “dead“. Death. Son trochas de muerte. Blake está con Amy porque Amy es famosa y poderosa; goza de ese poder fáctico que la estrella ejerce en la sociedad aunque no se lo proponga, así como de ese poder de fascinación en las masas. Blake, también, está con ella por un dinero que le está llegando a espuertas y que les otorga una vida de regalo y un poder adquisitivo ilimitado, sobre todo por lo que hace a la compra y al consumo de drogas. Cuando Blake es enviado a prisión y Amy inicia un romance con otro hombre, la reacción de Blake es inequívocamente egoísta, la de una persona que nunca amó realmente a su pareja. Se duele por la infidelidad de Amy, pero no intenta nada por remediar la situación desfavorable para él, por persuadir y convencer a la desafecta y ganársela de nuevo. No, pues su orgullo puede más que el afecto. Ante la cámara Blake declara tácitamente su definitivo repudio de Amy, afirmando presuntuosamente que él es guapo, joven y que va al gimnasio, representando ello una manera implícita e inequívoca de desprecio a Amy, situándola en sus antípodas, por fea y torpe, por avejentada prematuramente, por enferma y podre. Y es que, claro, ya no puede seguir manipulándola y extrayendo beneficios de ella. El padre sí persistirá pues podrá siempre seguir manejándola y aprovecharse de ella.

Amy, el documental, es el relato de una degradación, como queda dicho en las primeras líneas de este texto. Relacionando esta degradación con su prestación artística dentro del marco de unas coordenadas cartesianas en que el eje de abscisas discurre de cero a diez, siendo cero el mínimo y diez el máximo, y el eje de ordenadas va desde el año 1988 en que Amy iniciara su carrera hasta el 2011, año de su famosa espantá, a lo Rafael el Gallo, en Belgrado que sella su final artístico y es heraldo de su desaparición, que se produciría poco tiempo después, obtendríamos el siguiente gráfico aproximativo, sin ánimo de precisión absoluta.

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Como se puede apreciar, en un momento determinado, prestación artística y degradación física y moral coincidirán en lo más alto por un breve espacio de tiempo, precipitándose inmediatamente después, e inexorablemente, la prestación artística.

Tras la lectura psicologista del documental, aventuremos ahora otra en clave más sociológica.

Amy es cantante de jazz. Sin embargo, su segundo disco, el que la catapulta a la fama, sin traicionar esas raíces y ese espíritu, y siendo como es por otra parte una obra maestra en su conjunto, presenta unos rasgos más pop e incluso más comerciales, muy dignamente comerciales, y populares por quedar al alcance de todos los públicos.

Tony Bennett declara en el documental que el cantante de jazz actúa en salas relativamente pequeñas y ante públicos que nunca son multitudinarios. Y que ante éstos se azora por falta de una mínima intimidad y de un mínimo recogimiento.

En Amy se va a dar la circunstancia de que, comenzando a trabajar en pequeños locales, el éxito enorme de “Back to black” la convierte en estrella de la música juvenil y la obliga a afrontar los públicos de los macro-conciertos, esto es siendo como es ella una artista de jazz, se verá obligada, por la evolución de los hechos y las necesidades irrefragables del negocio del espectáculo, a comportarse profesionalmente y a trabajar en la misma línea de una Madonna o una Beyoncé, o una Rihanna. Enorme contradicción. Y enorme desazón también. Sí, porque Amy no coreografía sus canciones -es cantante y no es además pseudo-bailarina-; su voz -que Tony Bennett equipara a las de Elia Fitzgerald y Billie Holiday-, descomunal, nada tiene que ver con la ratonera de Madonna, la inaudible de gatita melosa de Kilye Minogue o la ñoñamente mocosa e infantil de Rihanna; sus desgarradas letras son lacerantes, ¡cuán alejadas de las edulcoradas o comercialmente sexuales (ese “sesso come obbligo” que denunciara Pasolini) de las trivialmente rutilantes stars del sistema!

¿Y qué decir de los públicos masificados? Gente que acude muy “colocada”, que muchas veces ni escucha y desde luego que no atiende a matiz alguno de interpretación por parte de los artistas, que exige quedar deslumbrado por decibelios insostenibles, luces cegadoras, rayo laser, efectos especiales y unas coreografías procaces que culminen en algún gesto soez por parte del ídolo como cima del desmadre y de una supuesta agresión y rebelión radical contra el establishment social y moral, pero que no es en definitiva más que humo, rutina, convencional servidumbre, acto romo que ni siquiera llega a arañar. Se trata de ese público que suspira por las discotecas ibicencas Amnesia o Ushuaïa, manipulable, maleable en manos de la buena mercadotecnia, infantil, infantilizado y acrítico. Y ello a tal punto que se pregunta uno qué pinta el talento de Amy en ese mundo falaz que encarna, por ejemplo, Madonna.

Hay más; y es que el sufrimiento de Amy y su degradación, incluso en su ambivalencia, sí que, profunda, auténtica y sinceramente, ponen en tela de juicio no ya sólo el mundo del espectáculo tal y como se concibe actualmente, sino la propia existencia. Amy doliente y doliéndose es cuestionamiento religioso, antropológico y filosófico.

Causa estupor y vergüenza ver a Amy participar en la gala de los Grammy del 2008, en la que arrasó y en la que tan bien interpretó, habiendo de compartir escenario social y habiendo de rivalizar para la obtención de los premios con una Beyoncé, una Rihanna o un Timberlake. Sólo faltaba ya que también estuvieran allí Shakira, Paulina Rubio y Ricky Martin con su “un pasito p´alante, María, un pasito p´atrás”.

Es bien triste la descontextualización denigrante de los verdaderos artistas. En el arte, como en todo, hay géneros y hay categorías y aunque, como muy bien denuncia Albert Boadella “se va al Reina Sofía como quien va al Prado”, las jerarquías y las priorizaciones, asentadas sobre el buen criterio y la selección documentada, debieran imperar siempre. De no proceder de esta forma, la cultura queda gravemente amenazada y todo vale y, además, todo vale igual.

Es muy triste asimismo ver cómo aquella jovencita que declara en el documental que ni la música ni las letras del momento le dicen nada, que le resultan insulsas y que por ello decide ella misma escribir sus propios textos tan personales y componer sus propias músicas, acabe siendo una pieza más del star system y del consumo de masas.

Creo firmemente que esta fuerte contradicción hubo de sumir a Amy en la perplejidad. Su malestar, incluso estupefacción, ante una situación que era irreversible, el comprobar que ya nada podría hacer por reconducir su vida artística por los cauces que le eran naturales, su impresión vital de artificialidad, ese verse condenada por formar parte ahora de un sistema y un engranaje que lo fagocita todo, incluso el riesgo de acabar convertida en una más, tan despersonalizada, chabacana y banalmente repetitiva como las otras, como las chicas típicas de los Grammy, tuvo que abocarla a la desesperanza, alimentando su alcoholismo y su drogadicción, esto es su destrucción. Por otra parte, para escapar a esta situación que traicionaba su auténtica esencia de artista, sólo cabía el suicidio. Sólo la muerte podría echar abajo las puertas condenadas y reventar las ventanas herméticamente cerradas; sólo ella podía traer el aire fresco que se iba haciendo cada vez más escaso y que Amy tanto necesitaba para no agostarse… o para agostarse definitivamente.

En relación con lo anterior, cabe llevar a cabo también una lectura mediática de la vida de Amy, tal y como queda reflejada en la película. Desde el momento en que vende discos como churros, triunfa en los Grammy, etc., Amy queda expuesta al amarillismo tipo “The Sun” y a la ruindad trivializada de las redes sociales, esto es entra de lleno como protagonista en el mundo del escándalo. Y así una Amy cada vez más “tirada”, que va dando tumbos tanto en sentido literal como figurado, que se desploma física y vitalmente, que es arrestada por tenencia y consumo de drogas y también, para que no falte de nada, por agresión, que es “empapelada” por la justicia, cuyo marido ingresa en la cárcel, que, con todo listo y con la expectación al máximo, no da finalmente el concierto porque su lengua es de trapo y no le rigen las piernas… ¡qué filón, señores! Ya tenemos el perfecto bufón grotesco de quien reírnos y hacer chistes en los muy mal llamados “monólogos” tipo la “Paramount” o “El club de la comedia”, en las entregas de premios (tal y como muestra en ambos casos el documental), en las redes sociales con alma de portera de la más baja ralea moral donde se exhiben cuchufletas degradantes del estilo de aquel concejal de Madrid cuyo nombre he olvidado. Se la compara en el “monólogo” a un “escuálido caballo” y el público se desternilla. En la entrega de ya no sé qué premio que se le ha otorgado, el presentador dice que se lo comuniquen “cuando se despierte”, suscitando las risas, y, tras una pausa, añade en alusión a la misma Amy Winehouse: “¡qué esponja!”. Los asistentes se tronchan de risa.

Amy, esa portentosa cantante, esa letrista de desgarrado naturalismo equiparable en su espíritu y su desnuda sinceridad al de una Édith Piaf o al de las coplas más descarnadas del cante jondo, queda reducida a permanente objeto de mofa y escarnio. Amy como Rigoletto. Con la diferencia de que éste sabe ser malvado y morder haciendo mucho daño (“Io, la lingua; lui, il pugnale”), mientras que Amy es una auténtica infeliz, una cándida, desamparada e inerme, sin capacidad alguna de reacción. Sus largas uñas ni arañan siquiera (antes se quebrarían) y sus tatuajes de malota (“you know that I´m no good”) no ponen espanto ni en un niño de teta.

Una de sus amigas describe la casa donde Amy vive poco antes de morir como la de un okupa: suciedad por doquier, absoluto desorden, hedor… y ello a pesar de que, según se dice, Amy Winehouse llega a cobrar un millón de dólares por actuación. Sin embargo, si Amy logra recomponerse, subirá al escenario y allí esplenderá. Amy parece ilustrar el relato de Jean Genet titulado “El funámbulo”, que representa toda una alegoría del artista y en especial del malditismo. “No se es artista sin una gran desgracia”. El funámbulo vive una vida miserable y torpe, su habitáculo es una zahúrda, cría piojos y miseria, es un criminal, un rechazado, un “desviante”, un lobo estepario, casi una suerte de licántropo, mas ello es la condición para que luego, transformado en oficiante luminoso durante la actuación, pueda elevar al público, desde su talento innato y desde su manejo de las emociones (“No vienes a divertir al público, sino a fascinarlo”), hasta ese mundo privilegiado ajeno a las terrenales y corruptibles coordenadas del tiempo y del espacio.

De ecos rimbaldianos, la tesis de Genet es que, desde el Infierno, ese “oscuro bosque”, el artista resurgirá en la actuación como auténtico maestro de su arte.

Todo ello es muy bello, ciertamente, románticamente bello, mas uno llega a preguntarse si es inevitable, si no existen otras fórmulas y si ese malditismo no es, en el fondo, una convención que responde a un estereotipo. “El suelo te hará tropezar”, le dice Genet al funámbulo, quien sólo puede brillar y respirar en las alturas, sobre su encumbrado alambre, contraponiendo así la tosca y áspera realidad al artificio superior del arte. Con Baudelaire se podría afirmar que Amy, como todo poeta, es un albatros cuya envergadura le permite volar muy alto, aun por encima de las tormentas, pero lo imposibilita para caminar en la tierra. Los marineros que lo han capturado, zafios y groseros como son, burlándose, lo torturan. Y, dando traspiés, el albatros, tan majestuoso él en el aire, se torna grotesco pajarraco. “El poeta se asemeja al príncipe de las alturas / Que desafía a las tempestades y se ríe del arquero; / Exiliado en el  suelo,  presa de los abucheos, / Sus alas de gigante le impiden caminar”.  De lo anterior parece deducirse que no hay otras opciones, que Amy obedece a un requerimiento psíquico y cultural que la supera y al que no puede sustraerse.

Sí, en definitiva, malditismo, ese molde para el artista desde el romanticismo, el post-romanticismo y la bohemia, en el que encaja también a la perfección el llamado “Club 27”, ese grupo de artistas que desaparecieron a esa temprana edad de los veintisiete años: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y, por último, la propia Amy Winehouse.

Vida breve. Muerte en la cima de la energía vital cuando se es bello aún. El ideal griego de muerte. “Cuando a Patroclo vieron muerto, / tan joven, fuerte y audaz” (Kavafis, “Los caballos de Aquiles”). Morir a tiempo “antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre”.

La farmacia

De la industria farmacéutica se ha hablado ya bastante. Se ha dicho de ella que está mal montada porque, de la enfermedad, hace negocio: a más enfermos, más beneficios; y es cierto. Se ha dicho también con frecuencia que no se ocupa de investigar sino en productos rentables, como los cosméticos, en detrimento de medicamentos que de verdad constituyen la salvación para millones de personas. Y es cierto. Se ha señalado asimismo que dicha industria fija los precios de las medicinas, no basándose en costes de producción, sino en las leyes de la oferta y la demanda, en primer término, y en desproporcionados royalties derivados de sus patentes, en último. Y también es cierto. Y concluyen por tanto -estas voces que proscriben a la industria farmacéutica y tildan a sus empresarios de asesinos- que se trata de un negocio dirigido por el diablo. Y esto ya no es tan cierto.

Los empresarios, casi de cualquier ramo que provengan, no son más que agentes en un escenario mucho más amplio que los límites de su propia patronal, un escenario regulado -no lo olvidemos- por el cuerpo de instituciones civiles que conforman la sociedad y -más allá- por ese cuerpo simbólico que constituye la cultura, esa que todos compartimos.

Y no olvidemos tampoco que, al menos sobre el papel, en Europa el pueblo es soberano y decide sobre el funcionamiento de su dinámica social, incluyendo aquí a empresarios de toda procedencia.

Por tanto, en las democracias europeas, el empresario hace -al menos sobre el papel- lo que las instituciones dictan. Dirán que lobbies y demás grupos de presión controlan en definitiva el devenir de las políticas, y en parte es cierto, pero el pueblo soberano, representado en sus instituciones, tiene legitimidad -no lo negarán- y también una cierta capacidad para reorientarlas.

La farmacéutica del barrio no es ningún monstruo. Ella despacha las medicinas que los doctores recetan e intenta, día a día, ganarse el pan ayudando, atendiendo, a personas cuyas dolencias en su mayoría conoce, por su cotidiano trato con ellas. Al igual que ella, podemos imaginar a centenares de miles de trabajadores ganándose el pan en algún trabajo relacionado con la industria farmacéutica y tampoco verlos como a monstruos. Tomar la “industria farmacéutica” como un todo compacto y tildar a sus profesionales de “inmorales” y “asesinos” supone una gran injusticia que no debemos compartir. Tampoco el dueño de un laboratorio que fabrique crema anti-arrugas tiene por qué ser el demonio.

Otra cosa es que los empresarios incumplan las leyes, o que los recursos públicos se dilapiden en beneficio de unos pocos… Estaríamos ya ante otro fenómeno distinto, desgraciadamente frecuente y común a otros sectores: la prevaricación. Y la prevaricación, al menos sobre el papel, está penada.

I+D+iotas

Un idiota es, por definición, aquél que no se preocupa por los asuntos públicos. Y por idiotas nos han tomado los prevaricadores del gremio farmacéutico, los cuales, al parecer, son muchos. Pero, afortunadamente, la sociedad civil no está precisamente compuesta por idiotas, sino más bien todo lo contrario: aquí, cuando pasa algo en el foro, cuando nos meten la mano en el bolsillo, o intentan torearnos, nos enteramos todos. Quizás nos hagamos los locos, o no movamos un dedo para resolverlo pero, en general, nos falta tiempo para percibir y señalar la injusticia.

Hoy os traemos un documental que es precisamente eso y emerge directamente de la sociedad civil, de las personas que la sustentan, reunidas para denunciar el expolio de recursos públicos. Pues así debe ser entendido el aprovechamiento individual, en exclusiva, de aquello que es de todos. Como por ejemplo -y esto se dice en el documental- las medicinas creadas con dinero público. Producida por una fundación sin ánimo de lucro, “Investigación médica: Houston, tenemos un problema” es una película, lo veréis, muy austera en su realización, diríase casi franciscana, pero que pone el acento en lo verdaderamente esencial, en aquellos temas que, por dejación y también autocensura, apenas se tratan en los medios de comunicación. Universidades públicas al servicio de intereses privados, más que miopía, ceguera cultural hacia un “tercer mundo” agonizante, especulación desaforada de los brokers con el precio de los medicamentos, fortunas amasadas a costa de la salud del pobre… la lista es larga y bien nutrida.

Podría achacársele, al documental, que no incorpore mucha más documentación que las declaraciones de sus entrevistados y también que tampoco incluya la voz contraria, la de aquellos que encarnan el statu quo. Pero, al fin y al cabo, lo que defienden sus realizadores es bien legítimo: un acceso universal a los medicamentos, una orientación de la investigación pública hacia intereses públicos… Y por tanto, se trata de una iniciativa a reseñar. Porque es inteligente. Porque es pura. Y porque es necesaria.

Ver documental “Investigación médica: Houston, tenemos un problema”

Diezmados

“Disparad sobre nosotros, el enemigo está dentro”.

Con esa heroica frase, el coronel Pinilla, allá por 1936, ordenaba a su propio ejército que le matara. Sí, como lo leéis, el coronel pidió a sus barcos por radio que les bombardearan a él y a sus hombres, pues acababa de perder contra los republicanos el cuartel que defendía en Gijón.

“El enemigo está dentro…”

Los barcos no le hicieron caso y el coronel murió igualmente, aunque no por “fuego amigo”, sino a manos de sus enemigos los republicanos, pero la cita viene al pelo para hablaros de eso que queremos hablaros hoy: de lo que se supone que deben hacer los amigos y de lo que, en cambio, hacen los enemigos.

El Gobierno es nuestro amigo

Esta frase debemos repetirla en DOKULT varias veces al día, por la mañana, para creérnosla, porque, de lo contrario, podríamos caer en la tentación de pensar que el Gobierno es, paradójicamente, nuestro más letal enemigo.

La nuestra, lo sabéis, es una pequeñísima empresa creada por dos profesionales de los medios de comunicación, hermanos para más señas. Dichos hermanos pusieron en juego, hace casi ocho años ya, no sólo su patrimonio personal y profesional, sino todas sus esperanzas e ilusiones, bajo la creencia de que, si uno se esfuerza, si defiende aquello que es correcto y justo, si es constante y disciplinado, metódico, trabajador y valiente, puede conseguir lo que se proponga. Y no vamos a decir lo contrario ahora, pues seguimos confiando en esos principios. Pero sí os alertaremos de las mayores amenazas que se ciernen contra alguien que comparta esta mentalidad.

Y para ello, a modo de ejemplo, os relataremos cuál ha sido nuestro periplo al obtener una ayuda pública -la primera y única que nos han concedido-, pero permitidnos primero que mencionemos algunos obstáculos estructurales con los que debemos lidiar a diario.

La multa

“La multa” es el nombre que, entre nosotros -y siempre cariñosamente, pues con cariño se ha de tratar a los amigos- recibe la cuota de Autónomos. Una multa de unos 4.000 euros por persona al año, que se dice pronto. Y no importa si tu empresa carece de clientes, si tiene unos pocos, si cobras un euro al mes, o si apenas te puedes permitir comprar café en el supermercado: la multa, la tienes que pagar.

Ésta es una reivindicación constante de los pequeños empresarios (“si no gano, obviamente, no puedo pagar”), no es nada nuevo, pero conviene poner, una vez más, la cuestión sobre la mesa, para que el lector haga la cuenta y trate de imaginar la angustia que supone desembolsar decenas de miles de euros, mes a mes, año tras año, cuando no se tienen.

El diezmo

Como sabéis, el diezmo era el impuesto que recaudaban la iglesia y otros estamentos públicos antiguamente, que equivalía a una décima parte de los frutos obtenidos por el contribuyente. Un diez por ciento de las ganancias.

Pues bien, hoy el diezmo se ha multiplicado por dos. Veréis… Si después de pagar “la multa”, el alquiler de la oficina, los gastos comunes (agua, luz, teléfono), desplazamientos, seguros, costes de producción, etc, si después de eso, te sobra algo de dinero, te toca pagar a Hacienda: como mínimo, el 20 por ciento de lo que te quede, es decir, un doble diezmo. Y después, de eso que queda, si es que queda, pues ya puedes cobrar tú para comer.

“El Gobierno es nuestro amigo…”

La ayuda

Y claro, tras este continuo esfuerzo de contribución al fondo común, uno confía en que el Gobierno, nuestro amigo, echará sus cuentas y repartirá equitativamente lo recaudado. Y lo hará bien, poniéndonos las cosas fáciles, asegurándose de que su ayuda de verdad sirve para algo.

Primer paso: Agosto de 2014. La convocatoria

Como somos unos chicos atentos y aplicados, en lugar de estar en la playa en agosto, estábamos trabajando, y por eso nos enteramos (a través del tweet que publicaba un alto mandatario gubernamental) de que se iban a convocar unas ayudas para la consolidación de empresas. Alegría, ilusión, esperanza. Rápidamente buscamos más información, para lo que nos dirigimos a diversos organismos que no nos saben responder a ciencia cierta, pues aún no se ha hecho oficial la iniciativa.

Cuando por fin se publican las bases, descubrimos que, para solicitar la ayuda, es preciso realizar un plan de consolidación empresarial y que ese plan sea aprobado por técnicos cualificados. “Es lógico” -pensamos- y nos ponemos manos a la obra. También hay que recabar todo tipo de documentación (certificados, más certificados y algún que otro certificado), solicitar presupuestos de todos los bienes que pretendes adquirir, etc. A ello.

Segundo paso: Septiembre de 2014. El crédito.

Una productora audiovisual (una que de verdad realice los vídeos que vende) necesita invertir en equipo técnico casi continuamente. La tecnología que usamos es muy cara y su obsolescencia es muy rápida, así que apenas ganamos para comprar maquinaria. Para eso y para pagar impuestos. Y por eso mismo, para una productora pequeña, saber qué tecnología comprar y cuándo comprarla es una decisión estratégica de primer nivel. Uno arriesga continuamente su patrimonio presente y futuro y el crédito debe usarse siempre con máxima cautela.

No queríamos endeudarnos.

Sin embargo, las bases de la convocatoria exigían que todos los equipos que pretendíamos adquirir estuvieran comprados y pagados antes de noviembre. Y claro, nosotros no teníamos ni la liquidez suficiente como para comprarlos ni la intención de hacerlo si no nos concedían la subvención.

Así que nuestro amigo el Gobierno nos volvía la espalda: nos estaba obligando a endeudarnos (¡a nosotros, a sus amigos!) antes de decidir si nos ayudaría o no. Amigo Gobierno, no nos hagas esto. Si nos vas a devolver una pequeña parte de esas decenas de miles de euros que, mes a mes, trimestre a trimestre, responsable e intachablemente, hemos ido aportando al erario público (¡gracias!), por lo menos dánosla antes de que vayamos a la tienda. Porque ir a comprar cámaras sin dinero en el bolsillo es un poco desagradable.

Y, sobre todo, amigo Gobierno, cuestión básica: ya que no nos vas a devolver el dinero en el momento adecuado, eso sí, dinos al menos si nos vas a devolver algo, porque ir a comprar sin saber si vas a poder pagar es… algo más que desagradable.

Esto no se le hace a los amigos.

Tercer paso: Noviembre de 2014. La justificación

Con todo y con eso, como entendíamos que era necesaria una inversión en maquinaria, y como no sólo somos responsables, sino también valientes, decidimos solicitar un crédito, para el cual hubo que movilizar otra tanta documentación. Pero, al fin, tras vueltas y más vueltas, sin saber aún si nuestro amigo nos ayudaría o no, pero con la esperanza por bandera, compramos el equipo.

Y sí, por fin nuestro amigo respondió, semanas después, diciendo que algo nos daría. Satisfacción, gozo; radiantes como estábamos, de júbilo y emoción, pensamos que el dinero llegaría tarde, pero bueno, lo peor había pasado, llegaría de manera inminente.

Claro, que aún teníamos que justificar esa compra, ya no con las facturas, sino también con una memoria explicativa, resguardos compulsados por nuestras entidades bancarias y quién sabe qué más. Si hasta nos cobraron 18 euros en nuestro banco (otro amigo que tenemos) por tramitarnos el dichoso certificado.

Cuando todo parecía en orden, la documentación en plazo y en regla… ¡Horror! No habíamos caído… En esos meses transcurridos, desde que concurrimos a la convocatoria hasta que conseguimos comprar el equipo, habían cambiado algunos precios y la cantidad no coincidía exactamente con la presupuestada, de manera que se requirió una revisión de las cuantías, que al final se cifró en la nada desdeñable suma de 100 euros, que restaron a lo que tenían previsto devolvernos, para lo que hubo que aceptar la revisión pericial y la enmienda parcial y venga papeles arriba y papeles abajo, y formularios, modelos, cartas y poemas, que hasta la guardesa de seguridad de la Consejería nos conoce por nuestro nombre.

Y a todo esto, paga el IVA de todo ese equipo, paga “la multa” mensual, paga el doble del diezmo trimestral y tal y tal y tal. Pero no te olvides de añadirle la cuota del crédito, que el banco es también nuestro amigo y necesita puntualmente nuestra aportación.

Cuarto paso: Mayo de 2015. ¿Amigo? … ¿Amigo?

La respuesta a esa pregunta es el sordo sonido de un grillo a lo lejos… Cri, cri… Cri, cri…

Mayo de 2015. En el recuerdo queda el arrojo que demostraron estos dos valientes, al empeñar su vida para poder hacer bien su trabajo. Quedan las suelas gastadas de restregarlas contra felpudos de entidades amigas. Queda la frente bien alta de orgullo, por haber atendido cada pago sin demora, vencido cada obstáculo, superado cada prueba.

Mayo de 2015, amigos, casi junio. Diez meses de trámites… Y el Gobierno no paga.

Y sabemos que, de lo que pague, cuando lo pague, tendremos que devolver un 20 por ciento, pues se ve que con lo que contribuimos no es suficiente.

Así que, cuando alguien nos pregunta que qué tal nos va, que cómo estamos, invariablemente respondemos… ¿Nosotros? Diezmados.

“Disparad sobre nosotros, el enemigo está dentro”.

Los pedorros

Presentamos “Los pedorros”, la última creación de nuestro amigo Mariano Aguirre de la Troupe del Cretino, en colaboración con Bárbara Ambite (Calas), Sara Gallego, Daniel López Gismero y Ángela Ríos. Se trata de una versión de un cuento tradicional africano, narrada a través de fotografías, dibujos y palabra hablada.

Pongan atención: sus pituitarias podrían resentirse.

“Debemos” y la buena casta

Debemos. Y debemos porque podemos y porque nos toca.

Debemos hablar de esa nueva generación que gobernará España dentro de poco. Se trata de personas que hablan muy claramente y que saben lo que dicen. Personas muy bien preparadas -muy versadas, mucho más que nuestros gobernantes actuales- que intentan aplicar lo que nos enseñaron sobre la Democracia en la escuela. Todo eso de los Derechos Humanos, del Estado Social y de la libertad bien entendida. Debemos hablar de ellos y debemos hablar bien, porque son muchas las voces que claman en su contra, sin razón.

Más allá de lo realizable o no de sus políticas, la perspectiva que arrojan el partido “Podemos” y su dirigente Pablo Iglesias, son ciertamente esperanzadoras, en tanto en cuanto marcan el camino de la moral justa y del sentido común. Y su relación con los medios es buen ejemplo de esto. Un político, en la era de Internet, no puede actuar como si estuviéramos bajo Franco. Bajo Franco, la información, los medios de información, eran pocos y estaban muy controlados; las voces contrarias eran silenciadas, nadie podía opinar públicamente, a no ser que transmitiera los mensajes del Régimen y los periodistas éramos correveidiles que apenas pintábamos nada. Pero esto ha cambiado.

Ahora, con mayor o menor eco, cualquier voz puede alzarse para opinar. El ciudadano tiene a su alcance más información de la que puede procesar y el conocimiento de la Humanidad avanza de manera exponencial. Sirva el siguiente gráfico desarrollado por “Tall & Cute” para hacernos una idea de dónde estamos.

atlas-del-conocimiento-mundial

Y es que esto avanza muy rápido, señores. Los tiempos nuevos son para personas nuevas, dicho esto con todo el respeto hacia nuestros mayores. Los esquemas mentales de la generación que ahora a regañadientes se jubila, ya no son válidos para el mundo actual. Es preciso, no sólo para gobernar, sino también para desenvolverse en el entorno laboral, incorporar la tecnología, entender las sociedades desde el punto de vista que arroja la Ciencia moderna, darse cuenta de que la actitud del cacique tradicional ya no se sustenta y actuar como verdaderos ciudadanos, no como súbditos.

Pablo Iglesias no será un santo, pero tampoco lo pretende. Es cierto que su figura taciturna, su faz barbilampiña, su manía de chascar la lengua cuando habla y la contundencia de su mensaje generan antipatía. Pero al menos no es una comadreja que se ande ocultando de la ciudadanía. Pablo Iglesias es ese tipo que no tiene miedo a decir lo que piensa, a exponerse, porque de verdad, honestamente, cree en ello.

Y por eso, conduce un programa de entrevistas que se llama “Otra vuelta de tuerka”, cuyas bases se ven representadas en una bella y oportuna paradoja que hoy os traemos: Iñaki Gabilondo, periodista de “buena casta”, entrevistado por dicho candidato a la Presidencia. Es decir, que estamos asistiendo a un fenómeno sin precedentes en nuestro país: un político entrevistando a un periodista.

Debemos pronunciarnos. Debemos porque es urgente que los cargos públicos sean personas con espíritu de servicio público. Porque el mapa de la corrupción en España es inaceptable (ver mapa en elmundo.es). Y porque es hora de que apliquemos todo lo bueno que aprendimos de nuestros mayores, todo lo que heredamos de la buena casta, al gobierno de nuestras propias vidas.

Ver entrevista de Pablo Iglesias a Iñaki Gabilondo

Ver entrevista de Jordi Évole a Pablo Iglesias

De la guerra

Todo apunta a que estamos en guerra y es que no hay dos sin tres.

Hoy os traemos un documental que arroja algo de luz sobre el fenómeno de la guerra en Oriente Medio y más concretamente, sobre la situación en Pakistán. Se trata de “El padrino del terror”, dirigido por Ghafoor Zamani, un periodista independiente radicado en Alemania y especializado en temas relacionados con el Magreb.

El documental se rueda cinco años atrás, por lo que no hay referencia en él al denominado “Estado Islámico” pero, a través de las sucesivas entrevistas que Zamani mantiene con distintos agentes sociales, consigue ofrecer una valiosa panorámica sobre la cultura de la “Guerra Santa”, germen de lo que ahora sucede, por ejemplo, en territorio francés.

Hay una declaración en la película que sorprende especialmente y no proviene precisamente de ningún líder militar, sino de un simple taxista. Al saber que nuestro periodista proviene de Alemania, este taxista no duda en alabar la política alemana con respecto a los judíos: la política de Hitler. Es decir que, para un sector de la población paquistaní, Hitler actuó correctamente al enviar a cientos de miles de personas a la cámara de gas.

El rodaje del documental se desarrolla además en un ambiente opresivo, propio de una película de espionaje. De hecho, uno de los colaboradores de Zamani muere asesinado al día siguiente de encontrarse con él.

La película estará disponible en la web de Televisión Española hasta el 25 de enero. Os recomendamos también que os acerquéis a la obra de este comprometido director quien, entre otros, ha dirigido el documental titulado “Fortaleza Europa: un continente cierra sus fronteras”. Cercano, ¿no?

Ver documental (mientras esté disponible en la web de RTVE)

Web oficial Infinito Films

Cornelius y Agripa. El poder de Roma

El humor es cosa seria y por eso queremos compartir con vosotros este vídeo realizado por nuestros amigos de la Troupe del Cretino. Se trata de una serie de gags cómicos protagonizados por dos personajes: Cornelius y Agripa, romanos ambos de pura cepa, pero de distintas partes del Imperio.

Ver en Youtube

El lahustic

Oíd, buenas gentes, oíd la triste nueva. Oíd, señores y damas; oíd, villanos y villanas; y vosotros también oíd, mesócratas de la clase media: oíd ahora los lais de la poetisa Marie de France y de entre todos, éste, sobre Maese Ruiseñor, sobre el amor y sobre la guerra.

Oíd nuestra enhorabuena, al cretino y a su troupe; a estas gráciles danzantas; a Jorge Roig y a Andrés López-Herce, recién egresados de la escuela. Oíd nuestra enhorabuena.

Y oíd ahora esta historia, sobre Maese Ruiseñor, sobre el amor. Y sobre la guerra.

La escribió Marie de France, 800 años antes de que vuestros abuelos nacieran.

Ver en Youtube

Desde Greenwich

Querido primo Mariano:

El ferrocarril elevado que me ha traído hasta Greenwich este sábado de agosto serpea a toda velocidad entre torres de cristal, corriendo contra el reloj mientras sobrevuela un paisaje anfibio. Y es que los modernos edificios del Canary Wharf, los más altos de Londres, se congregan en torno a antiguas dársenas del puerto, vastas plazas inundadas que parecen salidas de un dibujo futurista de Sant’Elia.

ILUSTRACIÓN GREENWICH

Te escribo esta postal desde un mundo encantado donde el tiempo parece detenido y los blancos edificios del antiguo hospital siguen escoltando en rigurosa simetría la blanca casa de la reina Ana, como impecables jugadores de cricket sobre la más confortable pradera que pueda uno imaginarse. En esta finca real, fuera de Londres, pudo ensayar el rey lo que otros reyes hacían con sus capitales en el continente. De hecho, el frente que los edificios gemelos de Wren presentan al río bien pudiera sugerir una perspectiva de San Petersburgo. En cambio, la reforma del Londres incendiado se quedó en los planos. ¡Buenos se pusieron los propietarios! La época barroca apenas dejó en la ciudad, por tanto, indicios de grandes ejes ni aparente planificación urbanística, de modo que hoy todo –un todo inabarcable- parece un sinuoso agregado sin centro donde prima lo particular sobre lo general, lo pequeño sobre lo grande.

No es raro leer en los propios autores ingleses, tan autodestructivos a veces, que Londres es feo. Ciertamente, su arquitectura monumental carece de los méritos de otras ciudades europeas. Por más que la catedral de San Pablo sea una estructura enorme y equilibrada, erigida en un emplazamiento que la realza –todo lo cual no es poco decir-, tiene una fachada que es un horror, un despropósito carente de vida, adornado de una adusta fealdad contradictoria con  la pureza de la rotonda neoclásica que sostiene la altísima cúpula, adonde se van todas las miradas. Góticos arbotantes desmienten la nobleza de su pretendido clasicismo –escamoteados, eso sí, vergonzantemente a la vista- para apuntalar la proeza arquitectónica que nunca soñaron romanos ni bizantinos. En la misma hipocresía incurrió Soufflot en el Panteón de París, pero como ahora los visitantes subimos a todas partes, previo pago, el gran truco queda a la vista. Sé que me dirás –y te doy la razón- que tal disimulo no empaña la épica de la cúpula de San Pablo emergiendo entre el humo de los incendios durante los bombardeos.

Imaginativas en la combinación de sus elementos, distintas todas ellas pero ninguna bella tampoco, son las agujas de las iglesias que se levantaron como polluelos en torno a la nueva catedral en la reconstruida City del siglo XVIII. Solo adornaban de lejos, como se puede ver en la vista del Canaletto, cuando sobresalían sobre el caserío.

Empequeñecidas y feítas, como su madre, góticas de tan empinadas a pesar de sus pórticos a la romana, hoy ya no las mira nadie.

Pero una ciudad para vivir y hacer poco tiene que ver con una veduta veneciana ni con una postal: polvo dorado envuelve a los jinetes que trotan al sol por las pistas de arena de Hyde Park por la mañana y por la tarde miles de musulmanes procedentes de los suburbios llenan aquellas praderas para protestar por las matanzas en Gaza; las terrazas del decimonónico y cuidadosamente policromado mercado de Leadenhall, una cruz cubierta como la Galleria Vittorio Emmanuele pero en pequeño y con un brazo torcido -¡qué diría Wren!-, se llenan justo a mediodía de profesionales y viajeros que comen y charlan relajadamente; los turistas y provincianos rebosan a todas horas las aceras de Oxford Street, atraídos ingenuamente por los almacenes que allí ofrecen todo para el ornato de sus cuerpos, vestidos, abalorios, maquillajes y complementos; los teatros se llenan de un público habitual, acostumbrado a disfrutar, que canta entusiásticamente cada una de las canciones cuando se trata de un musical; los empleados surgidos de ñoños adosados de la abuelita neo-tudor, neo-isabelinos, neo-georgianos, neo-normandos, eduardianos de las calles cercanas se apresuran muy temprano hacia el metro de Shepherd’s Bush, ellos trajeados y ellas con falda y blusa; desde que son gratuitos, la gente entran en tromba en los grandes museos, en el Británico y en la Galería Nacional, imponentes palacios neoclásicos que parecen asaltados cada día por las masas en el curso de una jornada revolucionaria; ello no impide que otros dejen correr las horas pacientemente en la cola alrededor de los fosos de la Torre de Londres -que es de pago-, que estos días aparecen como ensangrentados por las 800.000 amapolas de cerámica que han plantado en homenaje a cada uno de los caídos británicos en la Gran Guerra; no bien un tren escapa por el estrecho tubo del metro, otro ya está entrando a toda velocidad -¡qué envidia!-, simultáneo y sordo pulso subterráneo de una máquina de colosales resortes, repetido constantemente en casi 300 estaciones a lo largo de 400 kilómetros de vías; babélicas estructuras se siguen añadiendo en plena City ensoberbecida, donde los poderosos nietos dejan cada día más pequeños a los orgullosos abuelos del centro financiero del mundo que, tocados con anticuados frontones y cúpulas, aguantan todavía apoyados en sus cachabas corintias; más vale, Mariano, que no te pares a pensar en las hazañas que en este mismo momento pueden estar perpetrándose desde aquellos altos ventanales, donde acaso una afortunada maniobra especulativa derrame montañas de oro sobre un grupo de inversionistas y condene de golpe a veinte años y un día de indigencia a un país entero.

Aquí, sobre la colina de Greenwich y con una semana a las espaldas, se me hace evidente que lo que trae algo de armonía a toda esta pintura desmesurada, donde los colores, por mezclados, se agrisan y pierden luz, son algunos toques generosos de verde. A mis pies, por ejemplo, cientos de grupos familiares o de amigos se despliegan holgadamente para el picnic sobre el enorme tapiz verde -¡ésta sí que es pradera, y no la de San Isidro!-, componiendo una gozosa vista dieciochesca en la que solo falta el balón empavesado de un mongolfiero ascendiendo hacia el cielo, mientras arriba el reloj del observatorio desengaña a quien quiera subir -el tiempo pasa, aunque ahí abajo no lo parezca- y proclama ante el mundo su diario decreto, que son las 12 GMT (Greenwich Mean Time). Nadie adivinaría desde este mirador la existencia de las grandes zonas verdes que dan calidad al lejano espacio urbano londinense que se asoma aguas arriba, empezando por Hyde Park, un trozo de la campiña inglesa que un día amanece rodeado por la ciudad –efecto acentuado porque a menudo es la preciosa campiña inglesa la que parece un parque-. El malencarado Palacio de Bukingham del sello que te voy a poner para tu colección no tiene más gracia ni otro realce que los tres parques que lo visten, igual que el Regent’s Park es el que justifica las magníficas residencias de su contorno, que dejan perder la mirada entre sus arboledas. Holland Park, al Oeste, tupido bosque de sombríos senderos, resulta más original en medio de una tradicional y apacible zona residencial. Por algo se han instalado ahí los Beckham.

Y además están los squares con su centro ocupado por un jardín cerrado con una verja. Los hay preciosos, con arbolado de gran porte dada su antigüedad, y el paseante se siente chasqueado, herido en su orgullo democrático por verse excluido de tales claustros, acostumbrado como está desde hace tantas generaciones a disfrutar de los parques reales que un día se nos  abrieron a todos. Como no faltan precisamente en Londres los parques públicos, no tenemos derecho a quejarnos, aunque uno se quede con las ganas de hacer como Hugh Grant y colarse para pasar la mañana allí emboscado, leyendo entre trinos de pájaros y aromas florales, y sonriéndose para sus adentros. Este cuadrado verde trasplantado a la ciudad, escoltado por los cuatro costados por la más recompuesta y gazmoña vecindad de casas victorianas, nos parece al fin y al cabo naturaleza que nos pertenece a todos como el aire, campo que no debe tener puertas, pero aquí cada vecino tiene su llave. ¿No es un poco como la historia tan repetida en la literatura inglesa de la señorita aristocrática y el rudo mozo de cuadra? Al final la señorita, por finísima que sea, es nada menos que una mujer, y hombre y mujer están hechos para entregarse sin respeto de barreras sociales ni de verjas. Especialmente atractivo, más que el monumental y tan palaciego de Bath, es el semicircular Royal Crescent de Kensington, blanco y elegante pero hogareño, e inevitablemente antipático el siempre vacío Belgrave, con sus embajadas pseudo-palladianas, pretencioso, estólido aristócrata.

Se reprocha a Londres que no tiene plazas, lo que no es cierto. La de Trafalgar funciona más o menos como la plaza mayor de los turistas, aunque sea tan destartalada. Algunos squares no ajardinados bullen de vida, como el de Leicester, animado además por la cola de quienes compran en el kiosco entradas para los teatros, o también el renacido Covent Garden, el antiguo mercado de verduras a espaldas de la Royal Italian Opera: lo sublime y lo ordinario, el canto spianato de un aria belliniana en boca de la prima donna y los desplantes desgarrados de la verdulera emitidos simultáneamente por  una deidad bifronte -privilegios de la gran ciudad-. La rehabilitación del Támesis y la gentrificación de la ribera sur han convertido sus puentes y orillas en agradables miradores, existen calles de innegable prestancia, como Regent’s Street o Whitehall, pero no le demos más vueltas, Mariano, la belleza de Londres, que la tiene, la pone su más apuesto invitado, el verde.

Roto en jirones perdidos en la nebulosa urbana, acaso este rústico y digno huésped añore el dulce país de donde fue arrancado. En vano: algo ha cambiado entretanto en aquellos lugares, por más que  conserven mucho de sus galas de antaño -¡hace tanto que se marchitó su alegría, la que solo puede dar la gente!-. Les pasó como a esa novia abandonada que envejecía junto a la mesa dispuesta para el banquete, ataviada todavía con el ajado vestido nupcial: no comparecido el novio, los invitados se fueron yendo y dejándola sola. Apenas queda hoy gente en la campiña: “¡Dios mío, qué feo es esto!”, hizo exclamar Hardy a Jude el Oscuro hace ya un siglo largo, ante el escenario de pobreza sin esperanza que le ofrecía el paisaje de Wessex, por lo demás digno de conmover los pinceles de un paisajista romántico. El campo es hoy bello pero triste.

En Londres hay caballos y Londres parece oler a caballo. ¿Tantos hay? Con la ambigüedad de esta urbe que levanta rascacielos a la vez que incorpora trozos de campo y entretiene escuadrones de caballería vestidos y adiestrados como para enfrentarse a Napoleón, uno no sabe si atribuir este olor a lo rural o a lo industrial. Es un tufo acre, como a mierda seca, como a cuero, como a vía férrea, como a abono, como a emisiones industriales, ¿tal vez a central térmica? Pero hoy día la industria se ha alejado y las centrales térmicas se convierten en salas de exposiciones, lo que, por cierto, recoge y quita de en medio bastantes horrores… Los turistas van y vienen a la Tate Modern por la pasarela de Norman Foster, que hace en pequeño el mismo papel de paseo-mirador del puente de Brooklyn. El museo se ha instalado en una central térmica que mira la catedral de San Pablo desde la otra orilla del Támesis, una enorme caja de ladrillo tostado con espacios adecuados para la más descomunal ‘instalación’ que uno pueda imaginar o para una de esas performances que tanto te gustan. Un engañabobos que funciona como elemento dinamizador y dignificador de la zona: la colección que atesora adolece de la indigencia habitual en los museos de arte reciente, aunque se ayude de exposiciones temporales anunciadas en letras gigantes.

Ahora está Malévich, el más radical y honrado de los vanguardistas, un santo fanático. Creyó en la transformación del mundo por el arte -lo cual está muy bien- y en que esa transformación futurista es más importante que el propio arte. Buscó la esencia simbólica de la pintura despreciando todos los peligros, como aquellos navegantes que se adentraron un día en el océano y perdieron de vista la costa. Navegó derecho al infinito, se fue desprendiendo de todo lastre hasta levantar el vuelo hacia el sol. Debió de llegar muy cerca porque al final de su viaje acabó alumbrando un cuadrado blanco sobre fondo blanco. Nada más. En adelante guardó los pinceles y se dedicó a escribir y a enseñar.  Su ejemplo debería movernos a reflexión.

Exiliada la industria, empujado el puerto aguas abajo más allá del meandro que tengo a la vista, todo se lo queda el comercio que, desde el más tirado al más caro, es aquí frecuentemente antiestético, cuando tan hospitalario y decorativo puede llegar a ser. Imagínate el mercado de Camden, muy visitado por los españoles, con unos tenderetes protegidos con plásticos y atestados de ropa como para vestir de una tacada, por su aspecto y cantidad, a todo un campo de refugiados, y con unos puestos mugrientos donde cocinan comida étnica recién transplantados de las aglomeraciones del tercer mundo. Pero si te tienta el otro extremo la cosa es mucho peor. Como te sé tan valiente me atrevo a proponerte que visites, aunque sea una vez en la vida -como quien hace un viaje a los infiernos-, los grandes almacenes Harrods. Dentro de su prolija carcasa modernista de ladrillo rojo hay un mundo de marmóreos y solemnes corredores tenuemente iluminados, que dan acceso a las tiendas de todas las grandes marcas internacionales. El colmo de este bazar de trapos y must  a la medida de los millonarios árabes es su escalera mecánica principal, el Egyptian Escalator, que asciende en  una penumbra como de mastaba de película de Indiana Jones, ofendiendo la vista con su profusa decoración de elementos arquitectónicos y motivos escultóricos ¡imitados del arte faraónico! Si todavía se tratara de un pastiche con ciento cincuenta años de antigüedad, pero no: esta emulación de Las Vegas constituye un atractivo recién estrenado.

Londres tiene tradición en esto del turismo de compras. Las familias de la clase media nos vemos obligadas hoy en día a consagrar buena parte del tiempo contratado a peregrinar, por ejemplo, hasta el estadio de Stamford Bridge, espartano y un poco a desmano como tantos estadios, para que el niño se pase una hora comprando en su macrotienda una camiseta del Chelsea –que solo podía ser azul y de su talla-, o a sacrificar el callejeo por el Soho para encerrarnos en la enorme exposición de caramelos de colores y cien mil artículos tontos ideados a propósito en m&m’s, que no es sino ¡un gran almacén de lacasitos! Con estos dos ejemplos te basta, que ya sabes de sobra cómo anda últimamente la clase media.

La ciudad que veo perfilarse a mi izquierda en el horizonte lo quiere todo. Insaciable, se apropia del espacio hasta donde no alcanza la vista, teje una red de caminos con que atrapar territorios cada vez más vastos hasta avasallar el país entero, llama y alista en sus filas a todos los desheredados, a los logreros y pretendientes, traba relaciones ultramarinas con otras ciudades hasta las mismas antípodas y con ellas compite -con ambiciones de metrópolis-, vende al mundo entero y compra cuando no roba, se apodera con rapacidad de las más codiciadas joyas que en el mundo existan. Cuando vengas no dejes, acaso aturdido en medio de esta permanente feria por la animación de sus calles, tentado por los que venden, distraído en el teatro, olvidado de todo ante una magnífica cerveza en un pub donde se interpreta –muy bien- música en directo, encantado de verte actor -simple comparsa-  en este decorado mítico cuyo telón reúne la torre del Parlamento y el puente de la Torre, la cúpula de San Pablo y la innecesaria cabina roja de teléfonos, no dejes de visitar, te digo, mejor que sus bazares, sus cuevas de Alí Babá.

Contienen tesoros como el de la Torre, apto para que los disfrute el mayor analfabeto porque allí se pueden admirar, después de cumplir dos horas de cola, las joyas de la Corona con el diamante más grande del mundo y otros muchos muy bien clasificados, la esmeralda más grande del mundo, aún más bella, coronas y cetros para gobernar varios continentes, pesadas mazas y candelabros preciosos y una historiada vajilla de oro macizo que incluye una pieza para mezclar el ponche tan grande como una bañera, con su cucharón ideal para dar de comer a Gargantúa.

Hay en Londres tesoros aún mejores. ¿Cómo no detenerse a cruzar la mirada con el desolado Diónisos, el único que conserva la cabeza entre las divinidades del frontón oriental del Partenón? Te helará la sangre. ¿Cómo no volver la vista hacia la leona herida por el rey asirio al sentir la vibración de su último rugido a tu espalda? ¿Cómo no animarse a descender los rápidos que visten el cuerpo ondulante de la Venus de Botticelli -Marte, que la acompaña, se ha quedado dormido por razones obvias-, maravillosa cascada de pliegues sutiles que tanto recuerda el peplo de la Dione recostada de Fidias? ¿Cómo renunciar a una breve audiencia privada o siquiera a ver pasar a caballo a Carlos I de Inglaterra, cuyos ojos siguen todavía vivos con su luz, su transparencia, su temblor  y su lágrima gracias a Van Dyck? Quédate un momento a espiar en esa mirada lo que fue la grandeza y la servidumbre de la dignidad real. ¿No habrás de espantarte con los discípulos de Emaús y con un Caravaggio metido a bambocciante avant-la-lettre, al reconocer a Cristo en carne y hueso en una taberna romana? –Zurbarán el grave: ¡qué paletito quedas al lado del italiano!-.

Cuando te veas ante la Madonna dei garofani -de Rafael, claro-, te vas a desarmar, te aniñarás y te convertirás, por más que la encuentres expuesta lejos del oratorio, cautiva y adocenada entre otros objetos de colección. Al que un día, cuando se ponía el sol, zarpó del Prado despedido por Claudio Lorena, le parece llegar a un puerto amigo aquí, en la National Gallery; cuando al desembarcar, curiosamente a la misma hora porque para algo compartimos el mismo meridiano, se cruza con Santa Úrsula, que se va no sé adónde. Encontrarás el mismo fresco azul del Tiziano con que La bacanal de los andrios iluminó siempre nuestra casa, envolviendo en esta orilla a Baco y a Ariadna. No acabaríamos… Si tienes tiempo se te abrirán, por añadidura, colecciones privadas y mansiones que son otros tantos placeres, como la Soane o la Wallace Collection, que se te va a parecer a sus primas, la neoyorkina Frick y la Camondo de París, las tres muy Rococo Revival a lo Goncourt.

Londres se ha ganado fama de ser una ciudad autodestructiva, dada a echar por tierra su patrimonio sin demasiados miramientos ante los apremios del desarrollo, un poco como Nueva York. Debe ser cierto, sobre todo en comparación con otras poblaciones del país. Dicen que ya se han reservado terrenos para la construcción de 200 rascacielos que pueden hacer de ella un nuevo Singapur, y que ni siquiera han de respetar la prohibición –no escrita, como se hace aquí con todo lo importante- de ocultar la cúpula de San Pablo: parece que llegó la hora y la ciudad no duda en seguir adelante. Uno ve grúas, barrios enteros recién estrenados, enormes centros comerciales de última generación al lado de otras dotaciones francamente vetustas, como la mayor parte del metro, que siguen en uso amortizándose sin complejos ni jubilaciones anticipadas a pesar de  su aspecto mostoso. Parece que se invierta bien y se crezca naturalmente, sacando todo el partido de lo que hay y pensando siempre en lo nuevo. Esto vale para lo público como para lo privado: ¿en qué otra ciudad del mundo desarrollado encuentra uno viviendas en pie y en uso, a la vez tan humildes y tan viejas? Y todo está habitado y remozado, aunque sea con una coquetería barata disfrazada de pintoresquismo: las traseras de Elsham Road, una bonita calle de Kensington, traseras donde se alinean los establos ahora reconvertidos en viviendas bajitas y repintadas, Russell Garden Mews, forman hoy un sonriente callejón como tantos otros.

Muchedumbre de procedencias diversas, el tejido social de Londres incluye la mayor concentración de millonarios del mundo, una numerosísima colonia detectable por su ostentoso parque automovilístico. Muchos, procedentes de Asia y del mundo árabe en especial, ven en esta ciudad y en ninguna otra la verdadera metrópolis donde quieren figurar. La gran ciudad a todos hace vecinos, a aristócratas y a inmigrantes pobres, a la clase media e incluso a la única reina europea que conserva el hierático boato de la monarquía. Las tapias que rodean por detrás los jardines de su palacio, con alambradas arriba, no son más elegantes que las de una cárcel.

A los reyes nunca les gustó vivir en sus capitales y con frecuencia se instalaron en una fortaleza separada del casco urbano, cuando no optaron directamente por hacerse una residencia alejada, rodeada de parques y servida por un simulacro de ciudad ideal a su medida. La ciudad real –real but not royal-, la de los negocios y los crímenes, la de la cultura y los motines, la que trae progreso al país y dinero a las arcas del Estado, tiene una vida propia e incontrolable. El espectáculo de Carlos I accediendo al cadalso desde una ventana de la italiana Banqueting House, para ser decapitado a la vista de los londinenses, lo dice todo. Hoy día la réplica se la da la interminable coreografía del relevo de la guardia bajo las ventanas de la reina que no gobierna: Dios la salve tras las tapias de su reducida ciudad prohibida y, si son necesarios, los fusiles de asalto de sus soldaditos de plomo.

El soldado que hace la guardia ante la garita es rojo y recrecido por un enorme morrión de granadero. En posición de firmes, mantiene una inmovilidad absoluta, como si de verdad fuera de plomo; pero cada cierto tiempo, de improviso, se anima como el muñequito de un carillón, se pone el fusil al hombro en tres tiempos sincopados, gira sobre sus talones y recorre veinte metros antes de volver sobre sus pasos, levantando mucho las rodillas y dando sonoros zapatazos, igual que haría un niño que juega a los soldados. En todo momento mantiene su mirada inconmoviblemente fija en el horizonte, cual estatua de faraón. Poco puede vigilar así, por mucho que lo hayan elegido entre los cuerpos de elite del ejército, pero ahora se trata de que sea el hombre quien imite al androide autómata. Cuando lo hacen muchos a la vez, desfilando y con música, resulta impresionante, pero uno solo…

El pobre centinela que está en la Torre de Londres, que es idéntico, se ve obligado a permitir, sin pestañear, que los turistas le rodeen para fotografiarse con él. Y lo mismo hacen los bobbies con chaleco antibalas que aguardan un ataque terrorista a las puertas del Parlamento, aunque a ellos sí se les permite moverse y hasta sonreír. ¿Puede haber mayor desnaturalización de lo que es una guardia? La consigna es la misma que la de los empleados de los parques temáticos: complacer al visitante. La ciudad no se avergüenza de fingirse una caricatura naíf de sí misma, hasta el punto de que no será raro que, con el tiempo, la familia real en pleno tenga que asomarse cada día, at twelve o’clock midday, a saludar al balcón revestida de pontifical.

Metrópolis más poderosa que su propio país, Londres parece conocer ella sola su rumbo y se la ve avanzar, ajena a las crisis de otros, a una velocidad de crucero sobrecogedora. Anterior al reino de Inglaterra y a su monarquía, superviviente a la desaparición del imperio colonial, como ciudad que es, Londres tiene vocación de perdurar sobre toda institución humana y se obstina en seguir marcando la hora del mundo. Desde lo alto de esta colina todavía podrás ver la cúpula de San Pablo si te animas y te das prisa. El reloj de Greenwich cabalga sobre su Meridiano, ordena a izquierda y derecha su corte de husos horarios, sus veinticuatro pares -doce a cada lado, señores de cada una de las veinticuatro horas del planeta-, mira hacia el norte y contempla cómo el cielo de este sábado, el cielo azul poblado de nubes de “una espléndida tarde de verano inglés” retratada por Constable, se va tornando cubista: sobre aquel horizonte bajo, familiar a los pintores de antaño, se amontona ahora la pujante geometría de reflejos y transparencias grises y azuladas del nuevo centro financiero, que amenaza con contagiar de su escalofriante fragmentación la entera bóveda celeste. ¡Greenwich, hora del planeta! Aunque desde acá no se pueda oír,  sabemos que allá lejos, en Westminster, el Big Ben estará pregonando para los londinenses los cuartos que dicta su señor con grave pompa, y que en millones de hogares de todo el mundo, un pretencioso reloj de péndulo repetirá su conocida cantinela como un eco.

Querría contarte algo de todo esto, Mariano, pero una postal no da para nada. No sé si voy a tener ni sitio para pegar el sello. Se me empieza a hacer tarde también. Antes que nada voy a aprovechar para ajustar la hora de mi reloj. Cuando te vea, lo primero que hemos de hacer es sincronizar nuestros relojes. Un abrazo muy fuerte.

Madres

Como mujer, no tengo país. Como mujer, no quiero país. Como mujer, mi país es el mundo entero.
Virginia Woolf “Tres guineas” (1938)

Mucho miedo da lo que está sucediendo en el mundo de los hombres. Últimamente, hemos creado el término “Estado Islámico” para referirnos no se sabe bien a qué, pero a algo que da mucho miedo. Y da miedo porque -sea lo que sea- es tiránico, es violento y es invasivo.

Los cinco bloques

Si nos fijamos en el siglo XX, veremos que la primera mitad estuvo marcada por las dos grandes guerras (la Primera Guerra Mundial, del 14 al 18, y la Segunda, del 36 al 45 -nótese que incluimos la Civil española-) y que las consecuencias de esas guerras marcaron a su vez la segunda mitad del siglo (con esa “Guerra Fría” entre la URSS y el bloque capitalista, con los conflictos en Palestina/Israel, etc.)

La guerra, aunque nos parezca algo lejano y ajeno, es una realidad que, cuando se produce -y ya lo creo que se produce- nos afecta a todos, especialmente a los pacíficos. Somos los pacíficos los primeros en morir, los peor castigados y los más indefensos. Somos nosotros quienes debemos evitarla y contrarrestarla y bloquear su resurgir y lo único que tenemos para ello es nuestra palabra, ahogada y débil, pero llena de verdad, de bondad y de Historia.

El bloque capitalista -Estados Unidos, Europa del Oeste…- se impuso al final sobre el otro gran bloque -soviético-socialista- y durante varias décadas, hemos asistido al auge de un imperio, con Washington-Hollywood a su cabeza y el consumismo por bandera. Pero esto tiene todos los visos de acabar. Las demás “potencias” han ido configurando su propia visión del mundo, uniéndose a éstas, separándose de aquéllas, definiéndose en suma, hasta formar otros cuatro bloques que no son -ni quieren ser- el capitalista. Nos referimos a Rusia, por una parte, China-India, por otra, el Magreb (recién bautizado como “Estado Islámico”), y el bloque hispano. El quinto bloque, por supuesto, sería el imperante anglo-germánico-helvético-capitalista. ¿Y África? Más adelante hablaremos de ella.

Caben muchas objeciones a esta división por bloques. No obstante, pedimos al lector que sea transigente, ya que este mapa, aunque simplista, resulta muy útil para explicar lo que está sucediendo en nuestras tristes vidas y lo que podría suceder en un futuro inmediato.

Cosmovisiones

Pero ¿qué distingue a unos bloques de otros? ¿Es una cuestión de territorio? La respuesta es no, no sólo. ¿De recursos, de dinero? Sí y no, es mucho más. ¿Se trata entonces de un choque de religiones? No, tampoco exclusivamente: Lo que se está poniendo en juego, en realidad, son distintas cosmovisiones, que es un concepto que va más allá del meramente religioso, económico o político. Los bloques encarnan distintas maneras de hacer las cosas, de tratar a las personas, de afrontar los retos, de conducirse. Y desde este punto de vista, la fortaleza de los bloques no está en sus fronteras políticas, en sus recursos económicos y ni siquiera en su arsenal armamentístico. Su fortaleza está en el número de personas afiliadas a esa cosmovisión. Ésa es la partida que se está jugando en el tablero global.

Tengamos en cuenta que cada uno de estos cinco grandes bloques aglutina en su seno a cientos de millones de personas: no es algo baladí. No podemos pensar que el bloque magrebí es totalmente uniforme y malo en términos absolutos. Ni que el bloque anglosajón sea totalmente bueno, ni mucho menos. Los individuos y los grupos tienen sus razones para adscribirse a uno u otro bloque y debemos pensar que son personas como nosotros, que tienen argumentos que les sirven, que les convencen o apremian, y que nuestra tarea -la de los hombres pacíficos- es la de armonizar unas visiones con otras, para impedir la guerra que se está gestando.

¿Pero qué cosmovisión encarna cada bloque? Esta pregunta sería objeto de un largo y profundo estudio que no emprenderemos, pero podemos dar algunas pinceladas que, si bien no conseguirán retratarlos, al menos sí los caricaturizarán.

El bloque magrebí, el “Estado Islámico”, quedaría representado por el público asesinato -la decapitación- de un periodista. Este gesto simboliza lo que sus miembros están dispuestos a hacer -su falta de respeto por la vida-, lo que opinan de la libertad de expresión y quién es para ellos su gran enemigo -el bloque anglosajón-.

El bloque anglosajón, por su parte, podríamos representarlo por un “drone” (avión no tripulado) bombardeando una escuela en Pakistán y por los grandes -y libres- medios de comunicación a nivel global diciendo que se trata de “daños colaterales”. Esta acción habla de cómo concibe Estados Unidos las relaciones internacionales (bombardeos por control remoto a 11.500 km. de distancia) y la libertad de información.

El bloque ruso se caricaturiza a sí mismo en una ley (aprobada casi por unanimidad) que prohíbe hablar de la homosexualidad, o publicar nada al respecto. Estamos ante el control férreo del pensamiento a través de la información.

El bloque chino podríamos ilustrarlo, también en esta línea, mediante la imagen de 30.000 censores de Internet organizados para controlar el acceso de la población a la gran red. Es lo que popularmente se conoce como “un trabajo de chinos”.

Y el bloque hispano, tristemente, se reconoce por la pereza y la corrupción, vestidas de caciquismo. Aquí, mientras no cueste trabajo, estamos dispuestos a casi todo.

La tolerancia

De modo que cada uno de estos bloques significan distintos modelos socioeconómicos y morales, por lo que nos es lícito revisarlos y decidir cuál defendemos, por cuál apostamos. No todas las opciones morales son tolerables -y de hecho, muchas son censurables, a la luz al menos de los Derechos Humanos-, pero un verdadero estado de bienestar, un modelo sostenible, debería tener en cuenta las particularidades de los individuos y respetarlas: ser tolerante. La caricatura anterior es eso, una caricatura, pero nos indica en qué se convertiría el mundo si triunfara en solitario alguno de estos bloques.

Otro indicador de la sostenibilidad de esos modelos es la posición de las mujeres en cada uno. ¿Qué es la mujer en la sociedad que propone el Estado Islámico? Es menos que nada, es algo que se oculta tras un “burka” y que no tiene ni voz ni voto ni derecho a existir. Ablación y lapidación por adulterio son algunos ejemplos.

Para los anglosajones, en cambio -si nos guiamos por la imagen de ellas que proyecta el cine y la publicidad-, la mujer es un objeto de deseo, un ansiógeno, que se exhibe y se idolatra en carteles y grandes pantallas y que, cuando al final se obtiene, se veja, se mancilla, se abusa de él. Muestra de ello es la prolífica pornografía estadounidense que inunda la Red y que ejemplifica a la perfección el tratamiento que las princesas reciben en la alcoba. ¿Que la mujer anglosajona trabaja y puede votar? Sí, afortunadamente, pero no es oro todo lo que reluce.

La soviética, la china, son abnegadas trabajadoras, en un régimen de abnegados trabajadores. Ahí, al menos, hay igualdad, aunque sea por lo bajo.

¿Y la hispana? La hispana es como la africana: la gran madre sobre la que todo se sustenta.

Madres

“Reza para que el diablo regrese al infierno” es el título de un documental dirigido por Gini Reticker en 2008 que narra cómo un movimiento de mujeres fue capaz de acabar con el régimen del terror de Charles Taylor en Liberia. Estaban hartas de ver cómo sus familias eran masacradas en nombre de una revolución que no era tal. Sus armas: canciones, sentadas pacíficas, huelgas sexuales y la amenaza de mostrar sus propios cuerpos desnudos (ver el cuerpo desnudo de la madre se considera una maldición en África).

“La historia no contada de los Estados Unidos” es una serie documental dirigida por Oliver Stone en 2012 que habla del desmadre de este Imperio decadente. Líderes en la sombra, grandes manipulaciones y una decidida apuesta por la preponderancia bélica -tan fálica- basada en la tecnología, son algunas de las incontestables conclusiones que arroja.

Así que ahora que el Estado Islámico reivindica un “califato” que llega hasta Finisterre, ahora que el bloque anglosajón está desempolvando su arsenal nuclear -Rota, prepárate-, ahora que los rusos cierran el grifo del petróleo y los chinos amenazan con vender los bonos estadounidenses, nosotros, los hispanos -que por mucho que se quiera, ni somos germánicos, ni ganas que tenemos-, deberíamos consultar a nuestras madres. Primero, para que nos cuenten quiénes somos -madres de Cataluña, os necesitamos-; segundo, para que pongan orden en la casa -dejad de romper farolas y cortar cabezas-; y tercero, para que nos muestren lo verdaderamente esencial, lo que debemos defender: un vaso de vino, esa buena paella y la familia. Y el demonio, que tiene hambre, que quiere entrar, se dejará vencer.

Ver documental “Reza para que el diablo regrese al infierno”*

Ver capítulo 10 de “La historia no contada de los Estados Unidos”*

*Mientras que estén disponibles en la web de RTVE (y después, seguro que los podéis encontrar en Youtube)